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De los canales de Ámsterdam, a la sumergida Patria

Por Carlos Duclos

 

“Desde que conduzco este taxi, hace varios años, jamás vi que la ciudad se inundara de esta manera en diez minutos”, dijo el conductor al autor de esta columna quien, saltando charcos para caer en otros charcos profundos, subió al automóvil de alquiler que, para más datos, tenía rastros aún de agua en sus alfombras. El vehículo se le había inundado totalmente. ¿La causa? A esta pregunta podría responderse con un… “la gran cantidad de agua caída en pocos minutos”, pero esta no es toda la verdad. La causa es la irresponsabilidad de algunos vecinos que arrojan desechos a la acera tapando las bocas de tormenta, y la falta de mantenimiento y limpieza de éstas por partes de las autoridades (en este caso municipales y provinciales). La causa son ausencia de obras. Todo lo demás son parches para justificar una realidad que si bien no puede ser salvada absolutamente, sí podría ser morigerada. Pero no, esto no ocurre porque las cosas no se hacen como se deberían hacer, y es posible que quepa el contundente… “las cosas que deberían hacerse no se hacen”.

Esta segunda columna del año, estimado lector, estaba destinada a una crónica sobre una historia triste y testimonial ocurrida en la ciudad de Ámsterdam, la ciudad de los canales, durante el  régimen Nazi. Esta segunda columna de este 2017 estaba destinada a Ana Frank, a la casa en la que permaneció escondida durante dos años para luego ser llevada al matadero. Pero Ana y la historia de la Casa de Atrás, no se merecen un escrito hecho desde la indignación y la pesadumbre por ver a una ciudad inundada, con vecinos con el agua hasta las rodillas, una imagen recurrente que no tiene fin y  que provoca molestias y perjuicios ¿Llovió cuantiosamente y esto provocó el problema? Sí ¿Se podría haber mitigado el efecto? Por supuesto ¿Cómo? con el adecuado mantenimiento de los desagües, con obras que conlleven la mayor fluidez del agua, el desagote. Pero no…

tapa-diario-notaMal que les pese a algunos funcionarios del orden local, provincial y nacional, debe decirse que las cosas no están bien, nada bien. Esta segunda columna del año que estaba dedicada a la adolescente que le cantó a la vida para recibir la muerte, no puede ser escrita desde cierto enojo por el presente nacional. No es posible ocultar la desazón que causa el advertir que las políticas económicas nacionales son como una copiosa e interminable lluvia de desaciertos, de medidas adoptadas para satisfacer las arcas fiscales o quien sabe qué cosas, menos para dejar conforme y satisfecho el enflaquecido bolsillo de los trabajadores, de los jubilados, de la clase media. Una lluvia implacable que anega las aspiraciones básicas del ser humano argentino.

A las declaraciones del ministro de Economía, Nicolás Dujovne, sobre que la economía está creciendo corresponde una aseveración mordaz: es cierto, en España.

 

Se equivocan aquellos que por resentimiento contra el pasado se deciden por justificar medidas que atentan hoy contra los más vulnerables y que a la larga terminarán siendo medidas contra ellos mismos.

Duele regresar a la Patria y encontrarse con paisajes sociales sombríos y afligentes; duele  que se tenga que apoyar a guatemala por no ver a guatepeor; duele esta mediocridad política en todas partes, que ama más al voto o a sus intereses que al ser humano. Duele que en lugar de canales de agua viva y políticas para el disfrute, en esta Patria haya ciudades inundadas y políticas para el ahogo y el desasosiego.

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