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“Pude transformarme el día que acepté mi ceguera”

Germán Cipollone es no vidente, y su historia invita a concebir la vida sin prejuicios. Conclusión dialogo con él para conocer el camino de sus sueños.

Por Alejandro Maidana

Nos hemos acostumbrados a transitar la vida de una manera muy particular. Naturalizando aquellas noticias que sólo logran impacientarnos y minarnos el camino que debemos tomar para ir en búsqueda de la felicidad.

El ser humano es especialista en autoboicotearse, parece ser que para tomar ciertas decisiones que podría asegurarle el bienestar, debe esperar que las mismas sean aprobadas por el círculo íntimo.

El ulular permanente de aquellos que son especialistas  en hacernos bajar los brazos y plagarnos de inseguridades. Pero avanzamos, como podemos, pero siempre tratando de mirar hacia el único horizonte que puede brindarnos nuestra razón de transitar por estos arrabales del universo.

La historia de Germán Cipollone tiene como la gran mayoría, un cúmulo muy particular de sensaciones. Como a la gran mayoría lo atraviesa un ejército de pensamientos, aquellos que nos pueden hacer virar de un lugar a otro, casi de manera constante.

Pero claro, a este rosarino nacido, criado y abrazado por la zona sur de Rosario, el destino le tendría preparado un obstáculo al cual se encargaría de gambetear haciendo las veces de Nicolino Locche.

“Desde muy chiquito comencé con problemas en la vista, nunca vi de un ojo, y con el otro tuve una serie de problemas bastante severos”, así iniciaría su charla con Conclusión Germán Cipollone, el “tanque” para los amigos.

Nacer, crecer y perseguir  la inserción en una sociedad que para ese entonces no estaba abierta para albergar este tipo de dificultades.

“A los 9 años tuve mi primer desprendimiento de retina del ojo que aún me permitía contemplar algo. Estaba cursando el cuarto grado en la escuela 1160 República de Lituania, imaginate que para ese entonces, 40 años atrás, la sociedad no estaba preparada para incluir a un pibe con complicaciones en la visión”, indicó.

La sobreprotección resulta algo natural en toda familia que debe acompañar a un ser querido en su camino, sobre esto Germán fue muy claro, “mi familia siempre me sobreprotegió, me tocó crecer de esa manera, lo cual me terminó haciendo las cosas mucho más difícil. Recuerdo el sacrificio grande de mis maestras para tratar de guiarme, pero todo se hizo cuesta arriba y terminé de cursar mis estudios primarios como oyente”.

El concepto de la discapacidad tiempo atrás, estaba emparentado con el no poder. Los avances informáticos y las políticas inclusivas, han podido transformar de sobremanera un escenario que hoy, les brinda un abanico de posibilidades a todos aquellos que cuentan con capacidades diferentes.

“No tengo temor en decir que perdí tres años, hasta finalizar mi escuela primaria lo único que hacía era escuchar radio y sentarme en la puerta de mi casa. Los chicos de mi edad ya pensaban en donde iban a continuar los estudios secundarios, mientras que yo, plagado de inseguridades no sabía que iba a ser de mi vida el día de mañana”, expresó.

Pero claro, había que tomar una decisión, “le propongo a mi papá tomarme un año de descanso para pensar como seguir. En ese transcurso nos enteramos que una persona ciega había terminado los estudios secundarios en una escuela cercana a casa. Entonces nos llegamos hasta ahí y recibimos un nuevo golpe por parte de la realidad, si bien este muchacho había podido estudiar allí, el mismo estaba preparado, cosa que yo no”, relató.

Una nueva piedra en el camino cambiaría radicalmente su vida, “parece una locura, pero a los 17 años me pegan un piedrazo en el ojo que aún conservaba algo de visión y es allí donde quedo automáticamente ciego. Fue en ese momento donde me invadió un sentimiento que no había experimentado, la vergüenza. Las juntadas con amigos eran muy incomodas, ya que todos contaban algo y yo sólo me llamaba a silencio. Ahí fue cuando me dije, basta, de esta tengo que salir y comencé con terapia, algo que me ayudó muchísimo par poder aceptarme tal cual soy”.

El centro de rehabilitación braille fue su puerta para comenzar una nueva vida, “me decidí a comenzarlo y ahí puede experimentar una nueva sensación, llore como un niño, estaba aceptando ser ciego, algo a lo que me negaba permanentemente. Lo que para mi hoy es una anécdota, antes no lo era, yo me negaba a bajar del colectivo en mi barrio con el bastón blanco, porque estaba creído que mis vecinos pensaban que yo veía”.

Con mucho esfuerzo, ahínco y corazón, Germán finalizaría los estudios secundarios en un Eempa, pero se animó a ir por más, “debido a que la terapia me había hecho también, decido seguir con los estudios y embarcarme en la carrera de psicología en la facultad pública”.

El desafío de movilizarse solo atravesando la ciudad, una nueva meta que alcanzaría sin ningún problema más allá de los miedos lógicos, “yo cada vez que arreglaba para ir al centro con algún amigo, la noche anterior no la dormía. El miedo a perderme, de que me dejaron solo, me abrumaba. Pero estaba tan envalentonado que decidí irme solo el primer día de facultad, desestimando la posibilidad de que me lleve y me busque mi hermano, la idea de condicionar a alguien y transformarlo en un bastón humano nunca me agradó. Recuerdo que le dije a mi mamá, sino vuelvo a la noche, busquen en las comisarias. Esa noche no dormí, a la mañana mi hermano me cruza la calle, me tomo el 136 hasta Mitre y Mendoza, para después hacer lo mismo con la K. Llegue al aula magna donde había por lo menos 3.000 personas, llame por teléfono a mi familia y te aseguro que sentí que el mundo era mío”, enfatizó un exultante Germán Cipollone.

Desde ese momento la transformación fue completa, nada ni nadie freno el avance de un “tanque” por las calles rosarinas, “termine la carrera en tiempo y forma, recibiendo un ayuda muy grande de dos compañeras como Evelin y Julieta para que yo pueda recibirme. A partir de allí consigo trabajo en una empresa telefónica que me encuentra ligado a ella hace 18 años, me recibí de psicólogo, tengo mi consultorio, y como broche una mujer que me acompaña en mis días”.

“Sabes porque pude lograr esto, porque siempre me anime a soñar, antes soñaba que no podía, pero me anime a mutar esa sensación”, concluyó.

A Germán Cipollone no hay barrera que lo frene, sus pasos son tan firmes como la convicción que lo empujo a lograr todo lo que tiene. Debemos mencionar su fanatismo por Rosario Central, su incursión en el fútbol para ciegos, y su gran pasión por la música. Claro está  que si hubiéramos profundizado en esto último, la nota se hubiera transformado en una merecida novela.