MIéRCOLES, 21 DE OCT.

Una idea sobre la vida

Por Candi

En el atardecer del invierno neblinoso y gris, un ser humano minúsculo e inadvertido para el gran universo (no sé si era un hombre o una mujer, ¡qué importa eso!) miraba a través de la ventana de un viejo departamento de París. Paradójicamente, la rima de otro verano (Comptine d’un autre été) sonaba en un lejano piano y se infiltraba por su nostalgia incrustándosele en el corazón. Estaba perdido en un lejano horizonte que sólo existía en su recuerdo.

A veces, algunas almas en sus melancolías se consuelan en notas hechas de tristeza o en poemas nacidos de la angustia.  “¿Cómo se vuelve del pasado cuando el presente está roto en mil pedazos y el futuro es apenas una brutal palabra, hueca, desnuda, vacía de esperanza, sin ningún contenido?”, pensaba aquella gota del inmenso y misterioso océano, que ahora era no más que una figura envuelta por las sombras de la tarde y de la vida.

En un instante de fugaz reflexión recordó a Malraux: “La muerte sólo tiene importancia en la medida en que nos hace reflexionar sobre el valor de la vida”. Aquel pensamiento del escritor despertó  otras ideas. Se dijo, por ejemplo, que a veces para algunos nacer es como alistarse para ir a una guerra: “porque la vida es, ni más ni menos, que una batalla cotidiana hecha de triunfos y derrotas -murmuró- una guerra en la que el adversario puede ser el otro o uno mismo. “¡Hay tantos yo, después de todo, que debemos vencer!”, pensó. Y siguió: “¿Y qué es sino la vida sino aplastar las causas de esos golpes a veces inesperados, a veces no comprendidos?”

Entre la melodía y el crepúsculo, entre reflexiones y tristezas, y entre las notas de Le Moulin, de Tiersen, que ahora llegaban desde lejos, se preguntó: “¿qué hubiera querido M.?” Un largo y profundo silencio se hizo en la sala que sólo era delicadamente resquebrajado por la bella melodía. Al cabo de un rato se levantó la solapa de su abrigo, traspuso la puerta de su departamento, salió y mientras bajaba las escaleras pensó en las palabras de apertura que diría en la habitual charla que daba los viernes a sus alumnos. “¿La vida es una guerra, una batalla cotidiana?” No, aunque eso fuera cierto era inconsistente. Alcanzó la calle y empezó a caminar mientras pensaba.

Dobló por la rue Jean Jaurés y no más hacerlo se encontró con una escena que lo iluminó: un hombre abrazaba  a un joven que lloraba. Sólo escuchó las palabras del  adulto que decía: “no te preocupes, hijo, no te preocupes. Ya saldremos de esto”.

Cuando hizo la entrada al viejo claustro un grupo numeroso de estudiantes hizo silencio. No saludó; sólo comenzó diciendo: “mes amis, la vie est un engagement à l’amour » (amigos míos, la vida es un compromiso con el amor). Y no es nada más que eso.

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