Rosario Sin Secretos: ¿y los mosaicos?, ¿y el carro?
En una ciudad tristemente acostumbrada a las demoliciones y a las ausencias, nos preguntamos por el legado del italiano que vino a hacer e hizo la América. En diversos rincones de la Patria chica aún quedan vestigios dispuestos a ser descubiertos.
- Ciudad
- Por Graciela Molina
- Abr 28, 2025
Enrico Dell’Acqua había nacido en 1851 en Abbiategrasso, localidad de Lombardía, a unos 20 kilómetros de Milán, Italia, y creció en Busto Arsizio, el pueblo de sus padres Francesco, de profesión contador, y Anna Provasoli, la hija del empresario textil Pietro Provasoli.
Allí, en la Piazza della Fiera, con su abuelo, es donde arrancó Enrico su pasión por el comercio. La misma que expandió por Argentina, Brasil, Chile, Perú y Uruguay, y le permitió instalar sucursales que llegaron hasta el progresista Rosario de principios del siglo pasado.
Una de ellas parece haber desaparecido pero encontramos las paredes de otras dos para bucear algo en esta historia vernácula. ¿Me acompañan?
En 1906, la revista Caras y Caretas (¡qué maravillosa creación la imprenta!), informaba sobre la ubicación de cada Casa Dell’Aqua: una en San Juan 1101, que hoy es el sitio donde está ubicada la esquina noroeste de la plaza Montenegro, alguna vez Pinasco, donde se levanta el centro cultural Fontanarrosa, alguna vez Rivadavia.
La otra estaba en San Martín 944, ámbito hoy dedicado a la tarea evangelizadora y que alguna vez fue el lugar donde se asentó el magnífico cine Capitol, de la mano del austríaco Max Glucksman, el creador de los noticieros Actualidades, pionero en documentales.
El año en que se inauguró el Capitol, 1927, justo un día como hoy, Enrico inauguraba en el Rosario su tercera gran casa, a imagen y semejanza de las construidas en importantes esquinas por su tocayo italiano, Enrico Macchi, en todo el país, con sucursales idénticas.
Esta la ubicó en la intersección de Rioja y Sarmiento, en diagonal a lo que hoy funge como sede de la Administración Nacional de la Seguridad Social, lo que todo conocemos familiarmente como ANSES. (Foto de Portada).
¿Quieren sabe qué hacía Enrico Dell’Acqua para instalar sus magníficas construcciones dedicadas a levantar un verdadero emporio e imperio textil? Lo mismo que su abuelo.
Solicitaba información a los párrocos, a los agentes fiscales y a las comisarías de cada pueblo y luego enviaba viajantes, y así sus tejidos llegaron a todo el mundo.
Verdaderos pioneros de la venta directa sin intermediación y del marketing. Enrico enfocó su atenta mirada comercial en Sudamérica donde vivían muchos coterráneos suyos, a quienes consideró potenciales clientes.
¡Y vaya que lo fueron! Y no sólo los italianos, sino todos los inmigrantes que desean tener y hacerse rápidamente de las novedades europeas.
Antes que Gath y Chávez y La Favorita, Casa Dell’Acqua le puso su sello inconfundible en su frontis con un mosaico de venecitas de artístico diseño en el que aparecían un carro y una grácil figura alada. Esa marca acompañó a varias generaciones, pero en Rosario, por algún motivo desapareció.
La del barrio Boedo, en Buenos Aires, aún se conserva y acapara la atención de cuanto turista acierta a pasar por el lugar.
Dice un artículo sobre ella publicado en un diario nacional: “En un cielo polícromo y entre nubes blancas, ocres, celestes y grises, las teselas forman una figura femenina alada, vestida de blanco, descalza y envuelta en un manto rosado, que lleva una guirnalda en su cabeza. Su mano derecha sostiene una antorcha encendida y la izquierda tres bridas celestes que sujetan a un caballo blanco parado de manos y a dos caballos castaños que tiran de una biga romana color dorado, adornada con una figura mitológica. Conduce el carruaje un joven cubierto por una túnica azul que apenas deja ver su desnudez; con su mano izquierda sostiene las riendas y con la derecha un látigo”.
Además de la hermosa alegoría, en todas las sucursales especialmente construidas para las grandes tiendas, se leía un cartel luminoso que parecía estar colgado del cielo, que estaba sostenido por dos parantes de metal. Esos sí se conservan aún en la esquina rosarina.
Enrico, que siempre se jactaba de trabajar entre 15 y 20 horas por día, al igual que los García de La Favorita, decía que una empresa “era como una gran familia, cuyos miembros son todos solidarios entre sí, todos interesados en el bienestar de la casa que representan” y que “todas las grandes empresas tienen como base la fe en el líder que dirige y la creencia de él en los empleados que ejecutan”.
Sin dudas, un sistema basado en la confianza y el apoyo mutuo. Como diría el Papa, “nadie se salva solo”.
Consciente de aquel refrán que dice “lo importante no es tanto saber, sino tener el contacto del que sabe”, Enrico supo rodearse de personajes influyentes y lo reconocían como el pionero por haber iniciado la importación del algodón italiano. Por ello recibió una Medalla de Oro del Ministerio de Industria y Comercio de su país “por el grandioso desarrollo que ha dado al comercio y la industria textil de América Latina”, y así lo reafirmó quien llegó a ser presidente de Italia, Luigi Einaudi en su libro “Un príncipe mercante: estudio sobre la expansión colonial italiana”.
Enrico se casó en 1875 con Ida Bossi, y tuvieron cuatro hijos. Un varón, que murió siendo niño, y tres mujeres, una de las cuales se casó con el senador y empresario Giuseppe Borletti, quien también fue presidente del Club de Fútbol Inter de Milán.





