JUEVES, 04 DE JUN.

Rosario Sin Secretos: algo nacía en estas tierras, alguien bailaba una zamba en el Chamical

Féminas y más féminas líderes siguen reescribiendo la historia en esta columna porque, en conclusión, hay que destacar que, tanto hombres como mujeres, por igual, han hecho Patria y Patrimonio cultural y educacional a lo largo de toda nuestra historia.

 

Se llamaba Rosario Vera Peñaloza.

Rosario como nosotros, Vera como nuestra provincia de la Vera Cruz y Peñaloza como Ángel Vicente, el Chacho, el caudillo y militar federal argentino y uno de los últimos en alzarse contra el centralismo porteño, del que era pariente y tenía en su ADN la misma pasión, ideales y convicción, sólo que con las armas de la pedagogía.

Murió un día como hoy, en Chamical, y en su memoria se ha declarado el 28 de mayo como Día Nacional de los Jardines de Infantes y Día de la Maestra Jardinera.

Si bien vivía en Buenos Aires, en la calle Independencia 2307, murió en la casa que alguna vez había pertenecido al prominente político, historiador, educador, filósofo, jurista y literato riojano, Joaquín V. González, aquel que sentenció en el discurso inaugural de la Biblioteca Argentina: “Conocer es amar. Ignorar es odiar”.

Había vuelto a su tierra natal por un homenaje que le hacían en vida -como debiera siempre ser-poniéndole su nombre a un jardín de infantes. Estaba muy feliz viendo sus sueños de educación cumplidos.

“En esa fiesta, Rosarito bailó una zamba” había dicho el doctor Jorge Vera Vallejo en una entrevista.

Dueña de una fortaleza inquebrantable, sólo el cáncer de útero pudo doblegarla.

Soltera y dedicada toda su vida a los niños desde que se recibió a los 15 años de maestra, de la mano de dos norteamericanas, Annette Haven y Bernice Avery Agar, cuando cumplió los 20 se fue a Paraná, en búsqueda del profesorado en la escuela pionera del normalismo.

Allí fue alumna de Sara Chamberlain, considerada “La Abuela de los Jardines de Infantes”, quien en 1861 había sido enfermera de la Comisión Sanitaria de los Estados Unidos (precursora de la Cruz Roja), cuando estalló la Guerra de Secesión.

En esa ocasión Sara conoció, se enamoró y casó con el capitán Charles Frierderick Eccleston, subteniente del Ejército de la Unión.
Sara era muy amiga tanto de la educadora Mary Peabody Mann como de su hermana, Elizabeth, reconocida por la difusión de las ideas de Friedrich Fröbel, fundador del kindergarden en los Estados Unidos, a quien llamaban “el pegadogo de Dios”.

La historia tiene sus designios y el mismo año en el que Sara enviudó, 1875, en el Rosario de la Santa Fe de la Vera Cruz, las maestras misioneras norteamericanas Louise Denning y Jennie Chapin daban su primer día de clases para niñas en el antiguo Colegio Americano ubicado en calle Entre Ríos entre San Lorenzo y Urquiza, la misma cuadra que, con el tiempo, albergó la grandiosa Ferretería y Pinturería Remonda Monserrat que, lejos de “ser un clavo”, “pintó lindo” el paisaje urbano del 1900 con las construcciones fabulosas y creativas del catalán Francisco Roca y Simó.

Ya nos ocuparemos de ellas en otra nota de Rosario Sin Secretos.

Ahora volvamos a Rosarito Vera Peñaloza, la mujer que dijo: “Creo en el Magisterio Argentino y en su obra; a ellos, los maestros, corresponde formar las generaciones capaces de mantener siempre encendida la lámpara votiva que dejaron a nuestro cuidado los que nos dieron Patria para que jamás se apague en el alma argentina y para que sea el faro que ilumine los senderos”.

Había nacido en la provincia cuya capital era la Ciudad de Todos los Santos de la Nueva Rioja, que así se llamaba entonces, el día de Navidad de 1873, y apenas tenía uno o dos años, según la fuente de información, cuando al Rosario llegaron las maestras norteamericanas Louise Denning y Jennie Chapin, algunas de las “teachers” traídas por gestión de Sarmiento, anotado y bautizado como Faustino Valentín, y que la historia nos dio a conocer como Domingo.

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El “padre del aula”, y autor de la primera hoja impresa, en Rosario de 1851, cuando era el vocero del Ejército Grande de Urquiza en otra Navidad que le cambió el nombre a la calle de las Mensajerías para pasarse a llamar 25 de Diciembre, no por la festividad católica sino por el pronunciamiento contra Juan Manuel de Rosas, el mismo que luego volvió a ese lugar en la nomenclatura para asentar sus reales, estaba fascinado por la entrevista que había mantenido en el país del norte con Horace Mann Stanley, cuando tras haber conocido su obra “Report of Educational Tour” fue a visitarlo a West Newton.

Ahora bien, después de leer tan larguísima frase, respire profundo y sepa que fue Mary Mann, su viuda, quien en 1869 promovió el viaje de 65 maestras para que viajaran a la Argentina a expandir sus conocimientos, por los cuales, el gobierno argentino les ofreció excelentes salarios (no como ahora que muchas trabajan en varios establecimientos y aun así no llegan a fin de mes), y también puso a su disposición las flamantes escuelas normales para que se organizaran y las dirigieran.

En efecto, Mary Peabody, la segunda esposa de Horace Mann Stanley, viudo de Charlote Messer que murió con apenas 23 años, fue quien ofició de traductora en el encuentro que tuvo su marido, el promotor de la educación pública en los Estados Unidos, con Sarmiento, y luego la que gestionó todos los resortes para que las maestras norteamericanas llegaran a la Argentina. Pero como en esa época no salían buques directos hacia aquí, primero debían ir a Liverpool, Inglaterra, para -desde allí-, embarcarse con destino a Buenos Aires y empezar a peregrinar miles de kilómetros hasta llegar a sus destinos.

El Colegio Americano, luego Centro Educativo Latinoamericano, que hoy está cumpliendo 150 años, y funciona desde 1909 en avenida Pellegrini 1352, fue el primero en Argentina y Sudamérica en brindar educación metodista, a instancias de la Sociedad de Mujeres de la Iglesia Metodista Episcopal norteamericana y con la entusiasta participación para lograrlo, desde Rosario, de los doctores Juan Francisco Monguillot y Pedro Rueda, y el pastor Thomas Wood, el mismo que dirigía el Colegio Nocturno Metodista donde se conocieron Isaac Newell y Anna Margarite Jockinsen quienes teniendo él 24 años y ella 18 se enamoraron, casaron y juntos crearon el Colegio Comercial Anglo Argentino, escuela para varones, que sería el germen de uno de los entrañables clubes rosarinos.

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