Rosario Sin Secretos: el día en que se descubrió el hurto más importante del puerto
Oro? Diamantes? Una obra de arte única e irrepetible? Algo posiblemente más valioso que todo eso desapareció entre el 26 de octubre de 1902 y el 5 de julio de 1939 en el puerto de la ciudad de Rosario a la que algunos llamaban “fenicia” y otros, “la Chicago Argentina”.
- Ciudad
- Por Graciela Molina
- Jul 5, 2025
Hoy se cumple un nuevo aniversario del día en que se descubrió el despojo y la desaparición de un pedazo escrito e inscripto en nuestra historia.
Ochenta y seis años han transcurrido de aquel día en el que dos ingenieros, el director de la empresa del Puerto, “monsieur” André Stevenin, y el representante de la Dirección de Navegación y Puertos, Manuel Sallovitz, descubrieron, sorprendidos, el faltante de algo que esperaban encontrar: el acta firmada el 26 de octubre de 1902 cuando, con la presencia del entonces presidente de la nación, general Julio Argentino Roca, se colocó la piedra basal en el Rosario, del primer y más importante puerto del interior del país.
Aquel 5 de julio de 1939 en el que se abrió la piedra fundamental que fuera solemnemente colocada, también estaban presentes, entre otros, el subprefecto de Zona, capitán de fragata Carlos F. Rufino; el inminente director del Museo Histórico, doctor Julio Marc, y uno de sus más conspicuos colaboradores, Wladimir C. Mikilievich.

El mismo e inefable hombre que desde la valiosa edición Nº 34 de su Revista de Historia de Rosario, nos contara lo acontecido un día como hoy y que gustosamente compartimos para estar atentos y evitar que estas situaciones vuelvan a ocurrir. ¿Cómo juntar y reconstruir esa, nuestra historia, si no nos convertimos todos y cada uno de sus protagonistas, en custodios de su existencia?
Ya Manuel Sallovitz había concretado su anhelado sueño de -luego de 16 años de tesonera y apasionada lucha y celebrando con otros muchos pioneros las primeras reuniones en la emblemática Biblioteca Argentina- crear el Consejo de Ingenieros de Rosario que arrancó siendo el Centro de Ingenieros, Arquitectos y Agrimensores Titulares. ¿Por qué lo hizo? Con espíritu gremialista y para contraponerse a otra entidad existente que habilitaba a constructores empíricos o maestros mayores de obra a hacerse cargo de la realización edilicia, con la anuencia de las autoridades municipales. El título profesional obtenido, aún mucho antes que llegara la Universidad Nacional de Rosario, era defendido ¡“a capa y espada”!
Hacía apenas menos de cinco años que se había sancionado la ley propuesta para la creación del Consejo de Ingenieros, constituyéndose -otro motivo de orgullo para los rosarinos- la primera ley que reglamentó en Argentina a los profesionales de la ingeniería y de la cual derivan todas las legislaciones nacionales y las de las diferentes provincias que regulan la especialidad en el país.
Así que, además de ser Cuna de la Bandera, de la Escarapela, de la F1 en el automovilismo mundial con el circuito internacional que se corría en el parque de la Independencia entre 1936 y 1966, del cine y de la primera Asociación Protectora de Animales de Sudamérica (el mismísimo y por entonces presidente Sarmiento se inspiró en la agrupación que nació en los salones del antiguo teatro Olimpo (siguiente foto) de calle Mitre y Urquiza -la esquina en la que asesinaron al abogado Francisco Netri, sí, el vocero legal de aquel revolucionario “Grito de Alcorta”-, cuando los rosarinos se oponían férreamente a las corridas de toros y a las riñas de gallos para elaborar la ley que lleva su nombre), también somos la Cuna de la legislación nacional de la ingeniería. ¡Punto para la rosarinidad que supimos conseguir!

Para recordar el 80º aniversario de la colocación de la piedra fundamental del entonces más importante puerto cerealero de América del Sur, el Centro de Estudios Urbanos (CEUR), con el auspicio y la colaboración del Museo de la Ciudad, la Administración Puerto Rosario y el Departamento Paraná Inferior, había organizado, en el año 1982, un acto especial frente a la dársena de cabotaje.
En esta oportunidad, antes que la ceremonia culminara, el ya presidente de la Sociedad de Historia de Rosario, Wladimir Mikilievich, puntualizó que en 1936, tres años atrás de ocurrido el descubrimiento del faltante, el intendente Culaciati le había encomendado colaborar con el doctor Julio Marc en la organización del entonces Museo Científico, para buscar elementos de interés que permitieran construir y narrar, a través de los objetos y los documentos, la historia de la ciudad.
Hacía un año que había sido nombrado como director del Departamento de Demografía de la Dirección General de Estadísticas, demostrando Culaciati su inteligencia al rodearse de funcionarios con verdadero espíritu de investigación y vocación de contribuir al desarrollo urbano desde el lugar que les tocara actuar, dejando un importante legado para la comunidad y no pasando con más pena que gloria.
Ese fue el motivo por el cual el propio Mikilievich tuvo la oportunidad de presenciar las excavaciones realizadas en bastante profundidad con un guinche en los suelos arenosos, para extraer la piedra enterrada el 26 de octubre de 1902.
De esta manera, aquel 5 de julio de 1939, pudo observar el trabajo de la sierra que cortó los bulones que unían sus partes, no muy firmes ni resistentes, por cierto, confirmado esto por el propio cronista que estuvo presente y lo narró en su nota escrita en 1982.
Dentro de la piedra encontraron un cofre revestido de plomo que tampoco estaba muy hermético que digamos, y que llevaron a la planta alta del edificio ocupado por la Sociedad Anónima del Puerto de Rosario y que hoy contiene a las instalaciones de Telefé, alguna vez, nuestro ex LT84 Canal 5, “el canal de Rosario”, y sus repetidoras Canal 13 de Venado Tuerto, Canal 4 de Rufino y Canal 57 de Pergamino, y con el tiempo, Canal 68 de El Trébol.
¿Qué había dentro del cofre anegado? Tres ejemplares deteriorados de diarios matutinos locales fechados el 26 de octubre de 1902-¡convivían a principio del siglo pasado tres matutinos!-, una tarjeta que llevaba la firma del intendente Luis Lamas –“tercero”, podríamos agregar-; del jefe político Octavio Grandoli -¿sería el primer intendente de Rosario votado en forma directa por los vecinos, hermano del abanderado Cleto Mariano, que murió en la ignominiosa guerra de la Triple Alianza, abrazado a la Bandera argentina en Curupaytí, que se conserva, con su sangre, en el Museo Histórico?, ¿el que vivía cuando niño en calle Comercio donde hoy se encuentra, ya denominada Laprida, el Colegio Cristo Rey?, ¿el que estaba casado con Carmen Freyre Maciel, descendiente de Cosme, el primer abanderado que tuvo el honor de izar “la enseña que Belgrano nos legó, cuando, triste, la Patria esclavizada, con valor sus vínculos rompió”?
¿Sería este Octavio el mismo intendente que hizo construir la red de agua potable, dispuso el control de desperdicios, prohibió los criaderos de cerdo en el centro de la ciudad y fue el primero en pagarles el aguinaldo a los empleados municipales?
¿El que le encargó al arquitecto italiano Cayetano, o Gaetano para decirlo en su origen, Rezzara, la construcción del Palacio Municipal, inaugurado en 1898, trece años después que él mismo dejara de ejercer el cargo?
Es probable que haya sido suya la firma porque en 1913, once años después de colocada la piedra basal del puerto, Octavio Grandoli fue ministro de Gobierno, Justicia y Culto del gobernador Manuel Menchada, hasta su fallecimiento en 1914.
A las firmas de Lamas y Grandoli, las acompañaba la rúbrica del doctor Domingo del Campo.
Del cofre también recogieron 5 medallas de cobre y 1 de plata con leyendas alusivas, una monedita de 20 centavos acuñada en 1898 y un ejemplar de la revista hebdomadaria “El Cronista” con textos y grabados referidos a la próxima inauguración de las obras y el programa de festejos previstos para la gran ocasión. ¡Qué importancia revisten en la historia los documentos escritos y rescatados del olvido como supo hacer, sin ser historiador académico, el inmenso Wladimir Mikilievich!
El mismo que 1957 reorganizó la Junta Municipal de Nomenclatura, otorgando nombres a más de 300 calles en Rosario que no lo poseían.
Aun así, aquella acta firmada por los protagonistas de 1902, cuya imagen fue incluida en el artículo publicado en 1916 “Ciudad de Rosario. Desde el Pago de los Arroyos hasta el Rosario de Santa Fe”, escrito por José Bertotto, pese a toda la esperanza puesta en la recuperación del cofre, nunca fue encontrada.
Todos los demás elementos colocados sobre una mesa, incluida la piedra, el cofre y su contenido, tras la lectura por ante escribano del documento labrado ese 5 de julio de 1939, fueron donados por la Sociedad Anónima del Puerto al Museo Histórico Provincial que se inauguraría tres días después.
La piedra basal del Puerto pasó a ocupar el lugar exterior, en el parque de la Independencia que Lamas inaugurara el mismo año que fuera colocada esa piedra. Fue ubicada donde antes estaba el meteorito “El Mataco”, así llamado en honor a la etnia aborigen (ab-origen significa desde el origen) que habitaba la zona, caído hace más de 4.000 años a raíz de la explosión de una masa proveniente del Cinturón de Asteroides que orbita entre Marte y Júpiter en el Campo del Cielo.

Una porción de este territorio, ubicado entre Santiago del Estero y el Chaco, lo ocupaba la Estancia propiedad del Dr. Bartolomé Vasallo, el médico cirujano, hacendado y filántropo entrerriano que vivió en 1º de Mayo y Córdoba, espléndida y suntuosa mansión que donó a la Municipalidad, con cargo, para que se convirtiera en Museo –al igual que lo hizo Firma Mayor al morir su esposo Odilo Estevez-, pero que devino en sede del Concejo (alguna vez denominado “Honorable” porque quienes lo integraban originalmente lo hacían ad honorem).
Allí, en el denominado Palacio Vasallo, desarrollan su trabajo 28 ediles elegidos por la ciudadanía en un sistema muy parecido a las criticadas y “desaparecidas” listas sábanas en las que se votaba a un candidato y cuando más sufragios obtenía más se sumaban quienes lo acompañaban, muchas veces desconocidos para los electores, y también trabajan los asesores que cada uno suma, y tenemos que agregar al personal administrativo o de planta que viene quedando de las anteriores gestiones políticas.
Son los mismos concejales electos quienes tienen la oportunidad, el honor y el privilegio de ser la voz representativa del pueblo y de redactar las ordenanzas que rigen y ordenan el accionar de todos los vecinos de la ciudad.
Vasallo también donó, hacia 1941, el meteorito descubierto en su estancia en 1937 que pesa cerca de mil kilos, exactamente 998, al Museo creado por Julio Marc.
Volviendo al puerto y al acta que nunca apareció, hoy tenemos que buscar la piedra basal dentro del Parque de la Independencia, mientras que el cofre se mantiene en reserva, según nos informó el director del Museo Histórico Provincial, Arq. Pablo Montini.

¿Dónde se unen el meteorito caído del cielo y el puerto de Rosario? En el lugar en el que ambos coincidieron alguna vez.
Primero, hasta 1990, época en la que se decidió introducirlo al espléndido edificio construido por Ángel Guido en la ex Estancia de los Tiscornia, y darle una ubicación especial en la Sala España, con la participación -otra vez- del proyecto de un argentino Guillermo Faivovich (Buenos Aires, 1977) y un francés Nicolás Goldberg (París, 1978).
Segundo, con la piedra fundamental de una de las obras públicas que más coadyuvó al desarrollo de la ciudad junto al ferrocarril, el puerto de Rosario.
Ambos, en la actualidad, en el Parque de la Independencia. Una buena oportunidad para visitarlos este feriado miércoles 9 de Julio, siempre que esté abierto al público.

