Templos, drones y artillería pesada: ¿qué pasa entre Tailandia y Camboya?
El conflicto entre Tailandia y Camboya manifiesta la propensión a la escalada bélica de algunos países para resolver diferendos fronterizos, la incapacidad de las potencias de incidir de forma determinante en los conflictos y en la importancia de los esquemas de integración regional.
- Internacionales
- Por Santiago Toffoli
- Dic 16, 2025
Al igual que en Medio Oriente, los países del Sur de Asia conviven en las fronteras dibujadas arbitrariamente en el ocaso de la era colonial, que son parte de los obstáculos para alcanzar acuerdos de paz permanentes y duraderos. Luego de los enfrentamientos de julio, que generaron al menos 45 muertos y más de 300.000 desplazados, Tailandia y Camboya rompieron un frágil armisticio y volvieron a las hostilidades, poniendo en peligro la estabilidad en una región caracterizada por su dinamismo económico y su equilibrio geopolítico por sus relaciones con Estados Unidos y China.

Esta semana, el alto al fuego acordado en el mes de julio con el auspicio de Donald Trump y del Primer Ministro de Malasia, Anwar Ibrahim, se rompió por la consecución de ataques desde ambos lados de la frontera, con acusaciones mutuas de iniciar los disparos y de plantar minas. Al cierre de esta nota, se había negociado un nuevo cese al fuego después que miles de personas fueron obligadas a huir y se contabilizan más de 20 víctimas fatales. Mientras tanto, Tailandia atraviesa una nueva crisis política a partir de la disolución de su Parlamento el día viernes y el llamado a un proceso electoral para dentro de los próximos 60 días.

Este conflicto es un ejemplo clásico de la fragilidad que caracteriza a las diferencias fronterizas que no se solucionan permanentemente con un acuerdo consensuado y justo entre las partes. Se puede situar el origen de la disputa en 1907 cuando Francia, potencia colonial de la región, dibujó los límites políticos entre la Indochina Francesa (que incluye a los territorios de Camboya, Laos y Vietnam) y el Reino Independiente de Siam, nombre con el que se conoció a Tailandia hasta la década del 40’.

Algunas diferencias territoriales tienen su foco en las poblaciones que ahí viven, otras en el control de distintos recursos naturales, o en el acceso a locaciones estratégicas. En el caso de Tailandia y Camboya, el control fronterizo toma relevancia simbólica a partir de una serie de templos que datan, en algunos casos, del los Siglos X y XI. El más importante de ellos, Preah Vihear, fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y se definió, a partir de un arbitraje de la Corte Internacional de Justicia, que Camboya detentaba la soberanía del mismo en 1962. Por ahora, solo destacaremos que Tailandia no estuvo de acuerdo con aquel fallo y que en 2011 hubo serios enfrentamientos, pero menos graves en víctimas y desplazamientos que los de este año.

Tailandia y Camboya son dos monarquías constitucionales que tienen sus dinámicas de poder entreveradas entre los actores políticos y la realeza. Tailandia, con una población de 71 millones de habitantes y una política exterior de equilibrio que le posibilita tener buenas relaciones tanto con Estados Unidos como con China, tiene la ventaja militar y muestra una mayor disposición a los enfrentamientos bélicos, que en parte se explican por la gran influencia que el Ejército tiene sobre la vida política del país.
En el ámbito interno, Tailandia vive momentos complicados. Hace 2 días, con los cañones sonando en la frontera con Camboya, el actual Primer Ministro Anutin Charnvirakul disolvió el Parlamento para evitar una moción de censura que habría vuelto muy probable su destitución del cargo. Antes de que Charnvirakul asuma en septiembre de 2025, la vida política tailandesa estaba revuelta a partir de la salida del poder de la dinastía Shinawatra. Paetontang, la Primera Ministra desde 2024 hasta inicios de 2025, hija de Thaksin Shinawatra quien fue Primer Ministro y derrocado en el año 2006, fue denunciada y destituida a partir del escándalo en torno a una conversación filtrada entre ella y un gobierno extranjero, donde fue acusada de tener un comportamiento deferente que iba en contra de los intereses tailandeses.

Ese líder extranjero es Hun Sen, el líder histórico de la vecina Camboya.
A partir de conversaciones filtradas meses antes del conflicto de julio, Shinawatra fue acusada de traición por el buen vínculo que se dejaba entrever de las conversaciones filtradas entre ella y el lider camboyano. Parte de las presiones provinieron del Ejército tailandés, un factor de poder importantísimo en el país junto con la realeza y los partidos políticos. De hecho, las hostilidades actuales se explican por las presiones del Ejército en jugar la carta bélica, socavando los esfuerzos diplomáticos para gestionar las controversias fronterizas.
En Camboya, el poder está mucho más consolidado. Con 17 millones de habitantes y albergue de una de las dos bases navales que China tiene en el extranjero, Camboya está gobernada por Hun Manet, hijo de Hun Sen, quien surgió como líder nacional luego de la caída de Pol Pot y los Jemeres Rojos, responsables de uno de los procesos políticos más violentos de la historia del Siglo XX. El gobierno camboyano, al igual que el tailandés, opera en este conflicto intentando sacar rédito político interno, conseguir garantías de las potencias y asegurar a las poblaciones que viven en la frontera. Aunque, como dijimos anteriormente, su menor capacidad militar lo obliga a tener el foco puesto en las negociaciones diplomáticas para limitar los alcances de esta crisis.

A lo largo de todo este primer año de mandato de Donald Trump, el Presidente estadounidense se mostró como el gran pacificador global a causa de su rol protagónico en distintos acuerdos que frenaron conflictos bélicos alrededor del mundo. La versión que defiende y difunde la Casa Blanca le atribuye a Trump la responsabilidad de garantizar la paz en diversos conflictos alrededor del mundo. Esto es una verdad a medias. Trump tuvo un importante papel en, por ejemplo, el acuerdo que alcanzaron Armenia y Azerbaiyán en torno al Alto Karabaj y el status del corredor que une territorio azerí con el enclave de Najichevan. Sin embargo, Estados Unidos sostiene que sin su mediación no hubiera sido posible alcanzar acuerdos en otros conflictos que no llegaron a ser tales, como el de Egipto y Etiopía, que tienen una controversia en torno a una represa etíope que nunca llegó al plano militar.

Otro de esos conflictos en los que Trump se muestra como pacificador es el de Tailandia y Camboya, que alcanzaron un frágil acuerdo en julio con el auspicio de la Casa Blanca y la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN). Fiel a su estilo, el Presidente norteamericano hizo su propaganda como auspiciante de un alto al fuego que era muy poco sostenible. Esto quedó manifestado en esta última semana, cuando se rompió a menos de 4 meses de su firma.
Estados Unidos también incide en la región a partir de la transaccionalidad con la que se mueve en materia comercial. El Sur de Asia es una zona comercialmente muy dinámica a nivel global que experimentó un importante crecimiento en las últimas décadas a partir de la relocalización productiva de ciertos sectores económicos, debido a su mano de obra barata y otras condiciones socio-productivas. Esto generó que Trump, en su revisión global de las relaciones comerciales estadounidenses, le aplique un arancel general de 36% a Tailandia y 49% a Camboya debido a, según su lectura, un desequilibrio en las cuentas con ambos países. Ese es uno de los elementos que la Casa Blanca utiliza como moneda de cambio para incidir en este conflicto.

No obstante, la realidad muestra que ni Estados Unidos ni China, que necesita estabilidad en estos territorios para garantizar los flujos comerciales, pueden frenar el conflicto con solo levantar la voz y golpear la mesa. Los grandes jugadores, en cierta medida, muestran limitaciones a la hora de imponer condiciones para garantizar un marco de negociaciones y frenar los intercambios violentos entre países. Esa es otra de las tendencias que se pueden observar a través del lente del conflicto Tailandia – Camboya.
Finalmente, una lección para nuestra América Latina. Es importante tener en cuenta que los esquemas de integración son distintos en su naturaleza y no son un fin en sí mismos, sino un medio para lograr objetivos comunes entre los países. La ASEAN, si bien es un organismo centrado en las relaciones económicas de los países del Sudeste Asiático, sirvió como marco de negociaciones en julio para frenar las hostilidades. Ahora vuelve a tener un rol central en la eventual solución de este conflicto.
En ese sentido, las tensiones actuales en torno a la presencia estadounidense en el Mar Caribe y el resurgimiento de la Doctrina Monroe como paraguas para la relación entre Washington y América Latina, podrían ser abordadas de manera menos asimétrica si los gobiernos conservadores de la región no hubiesen dinamitado los esquemas de diálogo político regional existentes, como UNASUR o CELAC. Hoy, hay que conformarse con la limitadísima capacidad de negociar soledad con el gendarme sentado al otro lado de la mesa, que tiene el bastón en una mano y el arma en la otra.
Tailandia y Camboya muestran 2 tendencias importantes a nivel mundial. Una, es que los distintos factores de poder al interior de cada país se sienten propensos a dirimir las diferencias territoriales con otras naciones por la vía militar. Las tensiones a nivel global tienen su correlato en cada uno de los múltiples conflictos que existen en la actualidad. En segundo lugar, demuestra la incapacidad y la impotencia de los grandes poderes de frenar, rápidamente y por sí mismos, ciertos conflictos.

El Sudeste Asiático tiene un dinamismo central en el comercio global y hay proyecciones de presencia de hidrocarburos en la región, la cual es importadora neta de energía. Esto volvería un conflicto fronterizo de dimensiones simbólicas en uno que también sume la variable económica. La forma en la que se resuelva el actual conflicto entre Tailandia y Camboya puede ser un marco para definir el tono de las relaciones en una zona que será protagónica en las próximas décadas, tanto en el ámbito geoeconómico como en el geopolítico.

