La empatía desplazada: cuando sentir ya no implica estar
En tiempos de pantallas y reacciones inmediatas, la sensibilidad parece haberse desplazado. ¿Por qué nos conmueve más lo que vemos en redes que lo que sucede a nuestro alrededor?
- Info general
- Por Nicolás Heredia
- Ene 20, 2026
Algo cambió en la forma en que nos vinculamos con el dolor ajeno. No de golpe ni de manera evidente, sino de forma progresiva, casi silenciosa. Hoy, muchas personas se conmueven más frente a lo que ven en una pantalla que ante lo que sucede a su alrededor.
Una historia en redes sociales puede generar una ola inmediata de reacciones: mensajes, compartidos, palabras de apoyo. Sin embargo, esa sensibilidad no siempre aparece con la misma intensidad en la vida cotidiana, en el trato cercano, en el vínculo con quien está al lado.
No se trata de falta de empatía, se trata de dónde y cómo se activa
Las redes sociales se convirtieron en uno de los principales espacios donde circulan relatos de dolor, injusticia y sufrimiento. Allí, las historias llegan recortadas, editadas, muchas veces condensadas en pocos segundos. Tienen un inicio claro, un conflicto identificable y, a veces, un cierre. Frente a ese formato, la reacción es rápida y casi automática.
En la vida real, en cambio, el dolor no suele presentarse de forma tan clara. No tiene título ni subtítulos. No avisa cuándo empieza ni cuándo termina. Exige tiempo, presencia y, muchas veces, incomodidad. Y eso parece costar cada vez más.
La escena es cotidiana: personas con el teléfono en la mano, atentas a lo que ocurre a kilómetros de distancia, mientras lo que sucede a pocos metros pasa desapercibido. No necesariamente por indiferencia, sino por saturación. La atención está fragmentada, repartida entre múltiples estímulos que compiten entre sí.
El cine y las series no quedaron al margen de este fenómeno. Hace más de una década, Her imaginó un mundo donde los vínculos se construyen a través de dispositivos capaces de escuchar sin interrumpir, sin cansarse, sin exigir demasiado. Lejos de ser una historia futurista, hoy se percibe como una postal anticipada de un presente donde la compañía se vuelve más cómoda cuando no implica fricción.
Desde otro registro, la serie animada Pantheon va un paso más allá y plantea un escenario donde la experiencia humana —el cuerpo, el tiempo, el error— empieza a resultar prescindible. Allí, la sensibilidad no desaparece, pero se transforma: se vuelve cálculo, estrategia, simulación perfecta. Una empatía sin límites, aunque también sin anclaje en la vida cotidiana.
Fuera de la ficción, algo de eso parece filtrarse en lo real. La empatía sigue existiendo, pero muchas veces se ejerce como espectadora. Se siente, se reacciona, pero no siempre se permanece. La emoción aparece y se retira rápido, empujada por el siguiente contenido, la siguiente historia, la próxima urgencia.
Tal vez el problema no sea que sentimos menos, sino que sentimos sin quedarnos. Sin acompañar lo que ocurre después de la emoción inicial. Sin sostener la escucha cuando no hay soluciones inmediatas ni finales claros.
En un mundo atravesado por pantallas, la pregunta ya no es si somos capaces de empatizar, sino qué lugar ocupa la presencia en nuestras relaciones cotidianas. Cuánto tiempo estamos dispuestos a estar con el otro cuando no hay nada para compartir, comentar o resolver de inmediato. Cuando no hay una reacción posible ni un final claro que nos permita pasar rápido a otra cosa.
La empatía no desapareció. Tal vez esté esperando que volvamos a ejercerla en el lugar más difícil: en el vínculo cercano, en el tiempo compartido, en la presencia real. Ahí donde no hay filtros, ni edición, ni atajos. Donde no alcanza con sentir, sino que hace falta quedarse.

