MARTES, 21 DE JUL.

Cuando la lluvia mata: el pulso tóxico invisible detrás de la mortandad de peces en el río Carcarañá

“No es un accidente natural. Es el resultado previsible de un sistema ambiental crónicamente expuesto a contaminantes.", sostuvo en dialogo con Conclusión el Investigador Principal CONICET – Universidad Nacional del Litoral Rafael Lajmanovich.

La degradación de los ecosistemas producto de una sostenida contaminación proveniente de la acción humana, parece haberse no solo enquistado en la médula productiva, sino profundizado de manera sistemática con el paso de distintos gobiernos que no han disimulado su desinterés por la salud socioambiental.

Controles que gozan de una ineficiencia absoluta, multas que no redimen el daño originado, complicidades y un vendaval de excusas banas, trasuntan un camino que deja ver un horizonte cada vez más oscuro. El desprecio a todo lo relacionado con lo climático y ambiental, entre muchas otras cosas, por parte del ejecutivo nacional, deja ver que el agravamiento de la crisis socioambiental es un hecho. Si bien debemos destacar, que la contaminación, no tiene ideología, al menos en este país.

Lo sucedido en el río Carcarañá con la enorme mortandad de peces, nos retrotrae para citar un ejemplo, a lo sucedido en el río Salado. La cuenca baja del río Salado recibe aguas residuales agrícolas, industriales y domésticas. Allí, y después de una notable investigación llevada adelante Julieta Peluso y Carolina Aronzon de UNSAM, Ana Paula Cucio, Paola Pelzer y Rafael Lajmanovich de la UNL, y Virginia Aparicio del INTA, se pudo conocer que las aguas del Salado mostraban una calidad marginal para todos los sitios, influenciado principalmente por bajos niveles de oxígeno disuelto, altos niveles de sólidos suspendidos totales, fosfato, nitrito, conductividad, Plomo, Cromo y Cobre.

En total, se detectaron treinta plaguicidas diferentes en todas las muestras de agua y sedimento, el arroyo Cululú presentó la mayor variedad (26). Se detectaron glifosato y AMPA en los sedimentos de todos los sitios, siendo más altos en la ciudad de Esperanza. Se detectaron N, N-Dietil-meta-toluamida (DEET) y atrazina en todas las muestras de agua. Las conclusiones son tan concretas como explícitas, el profundo impacto que sufren nuestras aguas, invariablemente desemboca en la biota, el conjunto de la flora y la fauna del lugar en cuestión

El Carcarañá transformado en un lecho de muerte

Este río forma parte de un sistema hidrológico regional que drena una extensa porción del centro de Argentina, atravesando territorios de las provincias de Córdoba y Santa Fe caracterizados por una intensa actividad agrícola, industrial y urbana. A lo largo de su recorrido recibe aportes provenientes de cientos de kilómetros de cuenca antes de desembocar en el río Coronda. En esta región se concentra una de las matrices productivas más intensivas del país, basada en el uso sostenido de agroquímicos, fertilizantes y el desarrollo de múltiples actividades agroindustriales, incluyendo frigoríficos, plantas procesadoras de alimentos y centros urbanos que descargan efluentes cloacales.

“Como resultado, el Carcarañá funciona como un vertedero de desechos. En este contexto, la aparición reciente de peces muertos en el tramo comprendido entre San José de la Esquina y Casilda no constituye un evento aislado ni inesperado, sino la expresión visible de procesos que operan a escala de toda la cuenca. Las imágenes de miles de peces muertos y extensas espumas cubriendo el río no corresponden a un fenómeno natural espontáneo, representan la manifestación de un proceso bien conocido en ecotoxicología: el Pulso Tóxico post-lluvia, uno de los mecanismos más importantes de deterioro ambiental en sistemas sometidos a presión productiva intensiva”, indicó el investigador Rafael Lajmanovich.

Durante episodios de precipitaciones intensas, el agua moviliza contaminantes acumulados en suelos agrícolas, sedimentos fluviales, áreas urbanas e instalaciones industriales. En pocas horas, el sistema acuático recibe una carga súbita de materia orgánica, nutrientes, bacterias y compuestos químicos que alteran profundamente su equilibrio fisicoquímico.

La falta de oxígeno: el mecanismo final, no la causa real

Desde el punto de vista fisiológico, la causa inmediata de estas mortandades es la hipoxia, es decir, la disminución crítica del oxígeno disuelto en el agua. “Este fenómeno ocurre cuando el ingreso masivo de materia orgánica estimula la proliferación bacteriana, que consume grandes cantidades de oxígeno durante su degradación metabólica. Cuando este consumo supera la capacidad natural del sistema para reponer oxígeno, el ambiente se vuelve incompatible con la vida acuática”, sostuvo Lajmanovich.

Los peces, cuya respiración depende directamente del oxígeno disuelto, sufren una asfixia progresiva que conduce a la muerte. “Sin embargo, es fundamental distinguir entre el mecanismo fisiológico de la muerte y su causa ambiental. Con frecuencia, estos episodios son explicados exclusivamente en términos de falta de oxígeno, temperaturas elevadas o condiciones climáticas puntuales, como si se tratara de fenómenos naturales inevitables. Esta interpretación describe correctamente el mecanismo inmediato, pero omite el proceso que lo desencadena. El oxígeno no desaparece por azar, es consumido como consecuencia del ingreso de contaminantes provenientes de actividades humanas”.

Atribuir la mortandad únicamente a la falta de oxígeno es equivalente a lo que ocurre en muchas actas de defunción humanas, donde la causa consignada es “paro cardiorrespiratorio”. Esta afirmación es fisiológicamente correcta, pero no explica el origen real del problema. El paro cardiorrespiratorio es el mecanismo final de la muerte, pero la causa subyacente puede ser una intoxicación, una enfermedad producida por una exposición ambiental crónica.

“Del mismo modo, cuando se afirma que los peces murieron por falta de oxígeno, se está describiendo el mecanismo final, pero no el proceso ambiental que lo produjo. Desde una perspectiva científica, la hipoxia es la consecuencia de una alteración previa del sistema, no su causa primaria”.

La espuma: evidencia visible de alteración química

La presencia de espuma persistente observada en el río constituye una señal inequívoca de alteración ambiental. Estas formaciones se originan por la presencia de compuestos que modifican la tensión superficial del agua, incluyendo materia orgánica, surfactantes provenientes, entre otros, de agroquímicos, efluentes industriales o cloacales, etc.

En condiciones naturales, estas espumas son escasas y transitorias. Su persistencia y extensión indican cambios en la composición química del agua y constituyen un indicador de ingreso reciente de contaminantes”, dijo el investigador del Conicet y de la UNL.

El cóctel invisible: contaminantes múltiples actuando simultáneamente

Los organismos acuáticos no están expuestos a contaminantes aislados, sino a mezclas complejas que actúan en forma simultánea. “En estudios realizados en la cuenca del río Salado, demostramos que mezclas de pesticidas en concentraciones equivalentes a las detectadas en peces del ambiente, específicamente en sábalos del rio Salado, los peces más contaminados del mundo, producen mortalidad elevada, daño genético y alteraciones fisiológicas”.

Este fenómeno también había ha sido confirmado en condiciones reales. En el informe pericial elaborado para la Procuración General de la Corte Suprema de Justicia de Santa Fe tras una mortandad masiva de peces, se detectaron residuos de pesticidas en tejidos, incluyendo herbicidas e insecticidas neurotóxicos. Al mismo tiempo, se registraron niveles críticamente bajos de oxígeno disuelto y elevada contaminación bacteriana, confirmando la acción conjunta de múltiples estresores ambientales. “El resultado es un escenario de toxicidad multifactorial, donde interactúan contaminantes químicos, alteraciones fisicoquímicas y estrés fisiológico”.

La lluvia como detonante, no como causa

La lluvia no es la causa del problema. Es el detonante que moviliza contaminantes previamente acumulados en el territorio. “La misma actúa como un mecanismo de transporte que conecta suelos agrícolas, áreas urbanas e instalaciones industriales con el sistema fluvial, liberando en forma súbita contaminantes que pueden haber permanecido acumulados durante largos períodos”.

No es un fenómeno natural: es la consecuencia de un sistema ambiental bajo presión

Las explicaciones que atribuyen estos eventos exclusivamente a factores naturales o climáticos resultan científicamente insuficientes. Las condiciones climáticas pueden actuar como desencadenantes, pero no explican por sí solas la magnitud ni la recurrencia de estos episodios. “Se trata de un fenómeno de cuenca, que refleja el funcionamiento de un sistema ambiental sometido a presiones acumulativas derivadas de actividades agrícolas, industriales y urbanas”.

El río no genera el problema. Lo revela. Los sistemas fluviales funcionan como indicadores del estado ambiental del territorio. Cuando aparecen mortandades masivas de peces, el sistema está mostrando el resultado de procesos que operan a escala regional.

Una señal que no debe ser ignorada

La cuestión central no es por qué ocurrió este episodio, sino por qué sigue ocurriendo. Mientras persistan las condiciones que favorecen la acumulación y movilización de contaminantes, estos eventos continuarán repitiéndose. “La lluvia no mata peces. Pero en sistemas sometidos a presión ambiental crónica, puede convertirse en el detonante que expone las consecuencias acumuladas de nuestras formas de producción”, concluyó Rafael Lajmanovich.

 

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