JUEVES, 04 DE JUN.

Punch

El problema aquí no es Punch, mucho más simpático –sin dudas- que los gorilas argentinos, sino las cosas que el monito japonés despierta entre los hombres.

El maestro Raúl del Pozo, viejo zorro de la tinta y el papel crocante de todas las mañanas, solía decir que los columnistas son los limpiacristales de la realidad. Dudo estar a la altura de tan alta vocación, pero intentaré pasar la palma de la mano sobre los vidrios empañados de las cosas que desfilan ante nuestros ojos y no acertamos a desentrañar.

En el Zoológico de Ichikawa, ubicado en las afueras de Tokio vive Punch, un macaco de 7 meses que anda enterneciendo al mundo.

La crónica marca que luego de un parto complicado, el pequeño monito fue rechazado por su mamá y que sus cuidadores le acercaron un mono de peluche que Punch adoptó como compañero y lleva de un lado a otro en el espacio vital donde se mueve.

Punch duerme sobre él, lo acicala, lo usa de refugio ante la amenaza o la agresión, en fin, es su objeto transicional – como diría Winnicott -, un objeto material, generalmente suave, que un niño elige para obtener consuelo emocional, especialmente en el proceso de separación de sus padres.

Hasta allí la crónica que no pasa de la ternura o la simpatía que despiertan los gestos del monito, algunos de ellos, realmente asombrosos.

El problema aquí no es Punch, mucho más simpático –sin dudas- que los gorilas argentinos, sino las cosas que el monito japonés despierta entre los hombres.

Alberto Buela, nuestro filósofo criollo, escribió hace poco con acritud e ironía que había nacido en el seno de una polis, de una comunidad organizada e iba a morir en una sociedad atomizada, más precisamente, entre “tribus”. Punch es, de algún modo, un catalizador de tribus.

Por un lado, alza su voz la infaltable tribu de los animalistas, es decir, ese movimiento (“ideología” stricto sensu) que propugna la defensa de los derechos de los animales en el horizonte de un isomorfismo con el ser humano. Para ellos, Punch debe estar en libertad y, de ser posible, con documento de identidad.

Parientes mayores de la tribu de los animalistas, asoman su cabeza los darwinistas. Son los apóstoles del dogma de la evolución, con su credo y sus sagradas escrituras.

Ante cada abrazo de Punch a su peluche, ante cada gesto de búsqueda de calor en otros monos de la tropa, ante cada elemento lúdico de su comportamiento, alzan ufanos su voz diciendo: “y algunos todavía niegan que venimos del mono”:

También tenemos entre nosotros a la tribu de los moralizantes, esos que se indignan con el pobre mono porque “hay tantos niños víctimas de la guerra y el hambre que no tienen un juguete…”.

No les parece bien conmoverse por cosas “inferiores”, son kantianos sin saberlo, estoicos para las emociones bajas, esas que al decir del solterón de Königsberg, “nos dejan disminuidos”. Son puritanos de la sensibilidad y creen fervientemente, que las plumas o los pelos deben mantenerse alejados de los hombres.

No podemos olvidar, desde luego, a la tribu de los filósofos. Son los sujetos circunspectos que, ante los conmovedores gestos de Punch, toman de uno de los anaqueles de su biblioteca el De Anima de Aristóteles o la Antropología filosófica de Cassirer y dan inicio a su concierto para cuerdas y oboe en sol menor: “el monito será muy lindo, pero carece de cogitativa”, o “disculpe usted señor, pero está antropomorfizando al macaco que no posee como atributo entitativo el raciocinio”, o “el hombre es un animal simbólico, productor de cultura, el animal (a secas) apenas atisba un mundo de señales”.

Al cuarto argumento del filósofo, la niña que comparte con él la mesa del bar, aburrida, toma su móvil por segunda vez, mientras el mundo allí afuera sigue su curso implacable hacia la nada o hacia la Parusía del Señor.

Punch seguirá haciendo monadas para los sencillos y para los niños porque de ellos es el Reino de los Cielos. Hay que dejarse mirar por lo otro, interrogarse por lo inesperado.

Mi amigo vallisoletano –y quizás mi mejor lector-, Don Juanjo Pariente, me regaló en su día una tarjeta que reza: “Dios nos mira desde cada gorrión”. Hoy casualmente, me volvió a escribir para recordarme aquella frase a la cual agregó: “Dios nos mira desde cada Punch”. Creo que Juanjo tiene razón, el resto es soberbia humana.

Banfield, último día de febrero de 2026.

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