De la televisión en blanco y negro al satélite propio
Más de medio siglo después del Apolo 11, Argentina participa en la misión Artemis II en medio de tensiones sobre el futuro de su sistema científico.
- Info general
- Por Nicolás Heredia
- Abr 1, 2026
Mario tenía 43 años cuando el hombre pisó la Luna por primera vez. Yo tengo 43 ahora.
A él la historia lo encontró en un living prestado, en Ludueña, rodeado de vecinos que se apretaban para mirar una televisión en blanco y negro. A mí me encuentra en otro tiempo, con pantallas en todos lados, con transmisiones en vivo, con la posibilidad de seguir cada
detalle desde el bolsillo. Pero hay algo que no cambió: la sensación de estar frente a un momento que desborda lo cotidiano.
Aquella noche del 20 de julio de 1969, Mario no estaba solo. Nadie lo estaba. En el barrio, donde pocas casas tenían televisión, ver el alunizaje era un acto colectivo. Se compartía el espacio, el silencio y el asombro. La imagen llegaba con interferencias, como si la imagen misma fuera frágil, pero alcanzaba para entender que algo extraordinario estaba pasando.
Argentina, en ese entonces, no viajaba. Argentina miraba.
Mientras Neil Armstrong dejaba su huella sobre la superficie lunar, el país transitaba otro tipo de marcas. Era una Argentina atravesada por la dictadura de Onganía, por la censura y por una economía que empezaba a tensar la vida cotidiana en los barrios. En lugares como Ludueña, la historia global llegaba como un eco lejano, filtrado por una pantalla que apenas lograba sostener la señal. Sin embargo, esa distancia no anulaba el asombro. Tal vez lo hacía más intenso.
Mario no llegó a la Luna, pero la había recorrido mucho antes.
Le gustaba Julio Verne. Su libro preferido era De la Tierra a la Luna. Había leído esa historia en la que un grupo de hombres imaginaba, mucho antes de que fuera posible, viajar hasta ese satélite que parecía inalcanzable. Tal vez por eso aquella noche de 1969 no fue solo asombro. Fue también el reconocimiento de algo que, de algún modo, ya existía en su imaginación.
Pasaron 54 años.
Hoy, la Luna vuelve a estar en el centro de la escena. La misión Artemis II no busca repetir aquel primer paso, sino preparar el siguiente: volver a rodearla, ensayar el camino, probar tecnologías que permitan algo que ya no suena a hazaña aislada sino a un proyecto sostenido en el tiempo. Y mientras el mundo vuelve a mirar hacia arriba, hay algo que cambió.
Esta vez, Argentina no solo observa.
Entre los múltiples desarrollos que acompañan la misión, un pequeño satélite viaja como parte de la carga: ATENEA, un Cube Sat diseñado y construido en el país. Su tamaño es mínimo en comparación con el cohete que lo transporta, pero su significado es enorme.
ATENEA medirá radiación en el espacio profundo, validará componentes tecnológicos y pondrá a prueba sistemas de comunicación en condiciones extremas. Pero, sobre todo, representa otra cosa: la posibilidad de que un país que durante décadas miró desde afuera empiece, aunque sea de manera modesta, a formar parte de esa conversación.
Detrás de ese satélite no hay una figura individual, sino un entramado: la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE), la empresa VENG, el Instituto Argentino de Radioastronomía, la CNEA y universidades públicas como la UNLP, la UNSAM y la UBA. Ciencia hecha en red, sostenida en el tiempo, muchas veces en silencio.
Hay algo profundamente distinto en esa imagen.
Ya no se trata de vecinos reunidos frente a una pantalla. Se trata de equipos de trabajo, laboratorios, investigadores e ingenieros que empujan desde un país que, aún hoy, discute el lugar de la ciencia dentro de su propio proyecto de desarrollo. Si en 1969 la distancia con la Luna era tecnológica, hoy es, en gran medida, política.
Argentina produce conocimiento, forma profesionales y construye capacidades. Pero también convive con recortes, incertidumbre y migración de talentos. La participación en una misión como Artemis II no borra esas tensiones. Las expone, como entonces, el país vuelve a mirar hacia arriba en medio de sus propias urgencias.
Yo sigo el lanzamiento desde otra pantalla. No hay vecinos apretados en un living, no hay interferencias, no hay que esperar a que alguien tenga televisor. Todo está disponible, inmediato, nítido. Y sin embargo, hay algo de aquella escena que persiste.
La conciencia de estar viendo un momento que excede lo individual.
Mario no solo me dejó esa imagen de la Luna vista desde un televisor prestado. También, muchos años después, cuando yo era chico, me acercó a ese mismo cielo de otra manera. Me compraba revistas sobre el espacio. De esas colecciones que se armaban semana a semana, con fascículos que prometían explicar el universo en entregas. Yo las hojeaba sin entender del todo, pero con la sensación de que ahí había algo importante, algo que excedía lo inmediato. Tal vez sin saberlo, estaba haciendo lo mismo que habían hecho con él. Acercar la Luna.
Hoy, a la misma edad que Mario tenía entonces, miro la Luna desde otro lugar. Con más información, con otras herramientas, con otra relación con la tecnología.
Pero también con una certeza distinta. Que entre aquel libro de Julio Verne, aquella televisión en blanco y negro y estas pantallas que hoy transmiten en tiempo real, hay algo que se mantuvo intacto: la necesidad de mirar más allá.
Y que esta vez, en ese viaje, también va un poco de nosotros. Y también, de él.

