El modelo agroquímico y de negocios inmobiliarios sigue operando a favor de los desastres
Mientras que distintos sectores gritan su dolor por las últimas y copiosas lluvias en la zona, la imperiosa necesidad de seguir problematizando el debate sobre la manera de producir y de resignificar la tierra sigue adelante pese al manifiesto desinterés de quienes tienen la posibilidad de torcer la historia.
- Info general
- Por Alejandro Maidana
- May 24, 2026
Cuando hablamos de crisis climática o de cambio climático hacemos referencia a cómo las precipitaciones cambian a partir del incremento en la temperatura y del aumento de la humedad. Estas mayores precipitaciones concentradas en el tiempo ya dejaron de ser una excepción, ya dejaron de ser un accidente para ser un patrón recurrente. Entonces, ¿cuál será la respuesta a la problemática? Por el momento, solo contemplamos la profundización de un modelo de destrucción garante de todo lo antes mencionado. No hay más tiempo para la toma de conciencia, ya que el mañana será menos amigable que el hoy.
La producción química y su paquete tecnológico permitieron que el glifosato se convierta en el herbicida más utilizado mundialmente. Este interfiere en la síntesis de aminoácidos aromáticos esenciales, eliminando las plantas sensibles. Cabe destacar que su uso aumentó al introducirse cultivos genéticamente modificados tolerantes al herbicida, y al usarse como desecante de cultivos anuales.
El glifosato, clasificado como probable cancerígeno, ha generado un sinfín de efectos adversos en la salud humana. Sin embargo, la enorme presión de las corporaciones ligadas al negocio de los herbicidas, sigue anclada en gran parte del territorio a base de un furibundo lobby y el desprejuiciado horizonte de la rápida rentabilidad. Ahora, ¿es posible producir con una tierra que actúa como el asfalto a la hora de recibir el agua proveniente de la lluvia? La respuesta es contundente: no.
Una concreta demostración de lo que se genera cuando la tierra, el lugar en donde vivían comunidades, se vuelve un mero sustrato de los agronegocios, cuando el suelo se impermeabiliza, cuando se comprime, cuando ya no hay pastizales para absorber agua, sino que lo único que hay es una tierra dura que hace que el agua corra de los lugares más altos a los lugares más bajos.
Pero claro, lo antes mencionado tiene su correlato en lo meramente productivo y rentable, en definitiva, en el negocio agrario. Ahora, si hablamos de producción química, tenemos que indefectiblemente mencionar el contundente pasivo ambiental que a su paso arrasador derrama el actual modelo de producción a base de los mal denominados “fitosanitarios”.
El suelo, una de las víctimas del modelo de producción químico
La agricultura tecnificada ha hecho un uso desmedido de insumos agrícolas como los herbicidas, de los cuales el glifosato es el más utilizado actualmente. Se ha mostrado científicamente la persistencia de este herbicida en suelos y mantos freáticos, así como su toxicidad en muchos organismos. El glifosato ejerce múltiples efectos sobre los hongos, como la inhibición de la actividad micorrízica, lo cual se refleja en la nutrición vegetal e incluso en la rizosfera.
Distintas investigaciones indicaron a través de sus resultados los contrastantes sobre el efecto del glifosato en especies de lombrices de tierra y, en el contexto del principio precautorio, puede aseverarse que es tóxico para estos anélidos, afectando su actividad esencial promotora de la calidad del suelo y el desarrollo vegetal.
Según la UNCCD (Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación), se estima que 1.5 mil millones de hectáreas a nivel mundial (el 15.5 % de las tierras reportadas) se encuentran degradadas siendo América Latina la segunda región con la mayor proporción de tierras degradadas (21.9 %).
Los agroquímicos eliminan los nutrientes esenciales del suelo, como el nitrógeno, el fósforo y el potasio. Esto se debe a que los químicos son solubles en agua y pueden ser arrastrados por la lluvia o el riego, lo que resulta en la pérdida de nutrientes del suelo. Además, los agroquímicos pueden matar a los microorganismos que descomponen la materia orgánica en el suelo, lo que también reduce la disponibilidad de nutrientes.
La pérdida del territorio nativo
“Este territorio, al que no deberíamos denomina eficiente para no ingresar en la misma lógica, es el único capaz de retener agua en épocas de sequias e inundación. En su oposición, ¿cómo se destruye este territorio? Básicamente quitándole la materia orgánica al suelo, y en ese sentido, quitándole la propia naturaleza de ecosistema que de por si tiene un suelo lo cual genera diferentes cuestiones como el aplastamiento y los procesos de impermeabilización”, sostuvo el biólogo Guillermo Folguera en diálogo con Conclusión.

Suelo reteniendo el agua (Desvío a la Raíz / Biotecnología campesina)
El denominado efecto tobogán, debido a que origina el deslizamiento del agua a las zonas mas bajas, termina originando inundaciones. “Por ello la importancia del bosque nativo, ya que tiene una enorme capacidad de retener los excesos de agua. Esto se da por la destrucción del bosque monte, y por ende de los procesos de desertificación asociados, o incluso, para su uso, como, por ejemplo, para llevar adelante otras formas de extractivismo que pueden ser las plantaciones forestales, que suelen consumir una enorme cantidad de agua, o para los negocios inmobiliarios sobre humedales”, enfatizó Folguera.
En cualquiera de los casos, todo conduce al mismo fenómeno, la pérdida de territorio que es la mejor manera de poder conservar el agua en épocas de escasez, y en épocas de abundancia para que no se generen daños. Ahora, es vital pensar en que manera se debe producir, y en la importancia de la preservación del bosque nativo. Algo que parece no ser materia de debate para los sectores concentradores de la tierra, y que lejos está de despertar un sincero interés de una clase política amigada con lo paliativo, pero que jamás le abrirá la puerta para que pueda pasar la solución definitiva a los desastres.


