LUNES, 08 DE JUN.

La última peregrinación

Durante décadas recorrieron rutas para llegar a las misas ricoteras. Esta vez el destino fue Avellaneda. Miles de personas viajaron desde distintos puntos del país para despedir al Indio Solari y protagonizar el último ritual de una comunidad que convirtió la música en identidad, encuentro y pertenencia.

 

La fila avanza despacio sobre la avenida Mitre. Un hombre sostiene una bandera de Los Redondos que parece haber sobrevivido a cientos de viajes. A pocos metros, una pareja intenta explicarle a su hijo quién fue el Indio Solari. Más adelante, un grupo de amigos llegados desde Córdoba comparte mate mientras espera su turno para ingresar. Nadie se conoce. Y al mismo tiempo, todos parecen reconocerse.

Las calles de Avellaneda se transformaron este fin de semana en el punto de encuentro de una comunidad dispersa por todo el país que volvió a reunirse una última vez. Algunos llegaron desde ciudades cercanas. Otros viajaron toda la noche. Hay quienes conservan remeras de recitales realizados hace más de veinte años y jóvenes que nunca tuvieron la oportunidad de ver al Indio sobre un escenario. Sin embargo, todos comparten algo en común: la necesidad de estar presentes.

La muerte de Carlos «Indio» Solari movilizó a miles de personas que encontraron en su música mucho más que canciones. Lo que ocurre frente al lugar donde se realiza la despedida pública parece exceder largamente la dimensión de un velorio. Se parece más a una peregrinación.

Durante décadas, las rutas argentinas condujeron hacia las llamadas misas ricoteras. Olavarría, Tandil, Mendoza, La Plata o Gualeguaychú fueron algunos de los destinos de esos viajes donde la música funcionaba como punto de encuentro para una comunidad que se reconocía a sí misma en códigos, canciones y experiencias compartidas. Hoy esa comunidad vuelve a reunirse. La diferencia es que esta vez no hay escenario. No hay luces. No hay pogo. Y sin embargo, la multitud sigue llegando.

La socióloga Gabriela Sbarra encuentra en esa imagen una de las claves para comprender lo que está ocurriendo. «Más allá de la tristeza, creo que se va uno de los últimos ídolos populares de esta envergadura», reflexiona. Para ella, la figura del Indio logró algo cada vez más difícil en una sociedad fragmentada: atravesar generaciones y clases sociales sin perder capacidad de convocatoria. «Es transgeneracional y policlase», resume.

La definición encuentra su correlato en la fila. Allí conviven quienes siguieron a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota desde los años ochenta con jóvenes que heredaron esas canciones de sus padres. Personas de distintas edades, trayectorias y realidades sociales comparten hoy una misma espera. Porque si algo construyó el Indio durante más de cuatro décadas fue una comunidad.

«El ídolo lo construye el pueblo», sostiene Sbarra. Y quizás esa frase permita entender la magnitud de lo que sucede en Avellaneda.
La convocatoria no responde únicamente a la muerte de un músico. Responde a una relación construida durante años entre un artista y una multitud que hizo propias sus canciones, sus símbolos y sus rituales.

Las misas ricoteras, las banderas, los viajes interminables y el pogo más grande del mundo fueron mucho más que eventos musicales. Constituyeron espacios de encuentro donde miles de personas encontraron una forma de pertenencia. «El público era parte de la obra», explica la socióloga. Quizás por eso esta despedida tiene una dimensión tan singular. Porque quienes hoy hacen fila no solo vienen a despedir a un artista. También regresan a un lugar emocional compartido. A una memoria colectiva construida a través de canciones, amistades, viajes y experiencias que atravesaron generaciones enteras.

¿Qué representa el Indio? La pregunta recorre la fila mientras las personas avanzan lentamente hacia el ingreso. Las respuestas llegan fragmentadas, como si una sola palabra no alcanzara. «Familia». «Amor». «Pueblo». «Magia». «Resistencia». «Amistad». «Un héroe». «Un prócer». «Mi adolescencia». «Mi vida». «Un rey». «Un genio». «Lo mejor que tuvo la Argentina». Alguien intenta resumir décadas enteras en una sola frase: “Infancia, adolescencia, adultez, padre”. Otro encuentra una definición diferente. Quizás más sencilla. Quizás más profunda.
«El Indio armó la familia más grande del mundo». 

Las palabras aparecen una detrás de otra, construyendo una especie de retrato colectivo. Ninguna alcanza por sí sola para explicar el fenómeno. Pero juntas revelan algo que va más allá de la música. Sbarra agrega otro elemento para comprender la escena: la pasión argentina por los ídolos. Una pasión que atraviesa generaciones y que convierte a determinadas figuras en símbolos capaces de trascender su actividad para instalarse en la memoria colectiva. Tal vez por eso la fila parece interminable. Tal vez por eso nadie parece tener apuro. Tal vez por eso miles de personas siguen llegando desde distintos rincones del país. Durante décadas recorrieron rutas para llegar a las misas ricoteras. Viajaron para escuchar canciones, compartir encuentros y sentirse parte de algo más grande que ellos mismos.

La última peregrinación
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Miles de personas llegaron a Avellaneda para cumplir un último ritual colectivo. Para agradecer. Para recordar. Para encontrarse otra vez.
Mientras la fila seguía avanzando lentamente, la escena parecía revelar algo más profundo que la despedida de un artista. La comunidad seguía allí. Porque los ídolos pueden morir. Pero las historias, los afectos y los vínculos que ayudan a construir suelen encontrar la forma de permanecer. Por eso viajaron. Por eso esperaron. Por eso emprendieron una vez más el camino.

Antes de ingresar, un hombre observa la multitud que ocupa varias cuadras y busca una explicación para lo que está viendo. No habla de discos. No habla de recitales. No habla de canciones. Dice simplemente: «El Indio armó la familia más grande del mundo». Quizás por eso miles de personas llegaron hasta Avellaneda. La última peregrinación.

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