A 70 años de la masacre de José León Suárez: la historia de los fusilados que vivieron
El 9 de junio de 1956, en medio de una revuelta militar contra el gobierno de facto, doce civiles fueron detenidos y posteriormente fusilados en un basural. Sin embargo, siete de ellos lograron sobrevivir.
- Info general
- Jun 9, 2026
El 9 de junio de 1956, un levantamiento armado encabezado por los generales del Ejército Juan José Valle y Raúl Tanco intentó restituir a Juan Domingo Perón como presidente constitucional de la Argentina, nueve meses después de que hubiera sido derrocado por el golpe de Estado de 1955. El presidente de facto Pedro Eugenio Aramburu respondió con la detención y fusilamiento de militares y civiles, pero no todo salió como lo planearon.
El alzamiento se operó en Campo de Mayo, la Escuela de Mecánica del Ejército, los Regimientos 2 de Palermo y 7 de La Plata, y en Viedma, Rosario, Rafaela y Santa Rosa. Sin embargo, el movimiento estaba infiltrado por gente de Aramburu y del vicepresidente Isaac Rojas, quienes sabían de la revuelta pero no la impidieron, dado que la entendieron como una oportunidad para profundizar el accionar represivo.
Ni obstante, el 8 de junio fueron apresados cientos de dirigentes gremiales para restar base social al movimiento, mientras que Aramburu impuso la Ley Marcial y redactó los decretos de pena de muerte.
El levantamiento fue rápidamente derrotado, con escasos enfrentamientos armados, en los que murieron seis personas: los militares Blas Closs, Rafael Fernández y Bernardino Rodríguez del bando dictatorial; y los civiles Ramón Raúl Videla, Carlos Irigoyen y Rolando Zaneta, del bando peronista. El 14 de junio se produciría el último combate individual, resultando muerto el civil Miguel Ángel Mouriño.
En cuanto a los militares rebeldes, el presidente de facto elaboró una lista con once nombres que horas más tarde fueron fusilados. Ante la muerte de sus camaradas, Valle decidió entregarse a condición de que se detuviera la represión. Fue conducido al Primer Cuerpo de Ejército, en Palermo, donde, tras un juicio sumario, se lo condenó a morir frente a un pelotón de tiradores: fue asesinado el 12 de junio en la Penitenciaría Nacional de la Ciudad de Buenos Aires, sin que mediara una orden de ejecución por escrito.
Raúl Tanco, por su parte, se refugió en la embajada de Haití y logró que su derecho de asilo fuera respetado pese a los intentos de secuestro que la dictadura cometió contra a él.
Pese al impacto que el hecho tuvo en la esfera militar, los acontecimientos de junio de 1956 quedaron marcados a fuego en la historia argentina por su pata civil: en el marco de los operativos de represión, doce hombres fueron detenidos en una casa de la localidad bonaerense de Florida y trasladados a una comisaría de San Martín. Posteriormente, fueron llevados a los basurales de José León Suárez, donde cinco de ellos fueron fusilados de forma clandestina por la policía y otros siete lograron escapar.
En esta masacre fueron fusilados los civiles Carlos Lizaso, Nicolás Carranza, Francisco Garibotti, Vicente Rodríguez y Mario Brión. Los siete sobrevivientes, en tanto, fueron Reinaldo Benavidez, Rogelio Díaz, Horacio Di Chiano, Norberto Gavino, Miguel Ángel Giunta, Juan Carlos Livraga y Julio Troxler.
Los ocurrido en José León Suárez permaneció prácticamente en secreto durante un año, hasta que en 1957 el periodista Rodolfo Walsh publicó “Operación Masacre”: un relato novelado en el cual investigó lo ocurrido en junio de 1956.
“Hay un fusilado que vive”
La sublevación estaba planeada para comenzar a las 23 del sábado 9 de junio. A esa hora comenzaba una popular jornada de boxeo en el Luna Park transmitida por radio a todo el país. Las órdenes para los militantes era escuchar la pelea y esperar oír la proclama revolucionaria para actuar. Sin embargo, la insurrección fracasó antes de iniciarse, debido a que, media hora antes, los encargados de instalar la radio en Buenos Aires fueron detenidos.
Una de las casas que se utilizaron como punto de reunión de los sublevados fue la que estaba ubicada en la calle Hipólito Yrigoyen 4519, de la localidad de Florida, en la zona norte de Gran Buenos Aires. El dueño de la vivienda era Horacio di Chiano, que habitaba el departamento delantero y le alquilaba a Juan Torres el departamento del fondo.
En este último lugar se reunió un grupo de militantes peronistas para esperar la señal del levantamiento de Valle. A la hora señalada había diez hombres: Juan Torres, Carlos Lizaso (21 años), Nicolás Carranza (militante sindical ferroviario), Francisco Garibotti (obrero ferroviario, cinco hijos), Vicente Rodríguez (obrero portuario, tres hijos), Mario Brión (empleado de Siam, un hijo), Horacio Di Chiano, Norberto Gavino (militante peronista incluido en las listas negras), Rogelio Díaz (suboficial retirado de la Marina) y Juan Carlos Livraga (sólo había ido a oír la pelea).
A las 23.30, la casa fue allanada por el jefe de Policía de la Provincia de Buenos Aires, Desiderio Fernández Suárez, acompañado del jefe de la Unidad Regional de San Martín, inspector Rodolfo Rodríguez Moreno y el subjefe inspector Cuello. Buscaban a Tanco, pero al no encontrarse este, la policía se llevó detenidos a todos los mencionados excepto a Torres, quien logró escapar. También fue secuestrado Miguel Ángel Giunta, que se encontraba en la casa vecina y no tenía ninguna conexión con la resistencia peronista.
Los diez detenidos fueron conducidos por la fuerza a la sede de la Unidad Regional de San Martín. Poco después llegaron a la comisaría otros dos detenidos: Julio Troxler (exoficial de policía y miembro activo de la resistencia) y Reinaldo Benavidez que había ido a la casa de Hipólito Yrigoyen y fue detenido por los policías que habían quedado ahí esperando que cayeran otros militantes.
Horas más tarde, Rodríguez Moreno recibió por teléfono la orden de fusilar a los detenidos. A las 5.30 todos fueron colocados en un camión celular, custodiados por quince policías. Tomaron la ruta 8 y luego se desviaron por el Camino de Cintura. Se detuvieron en un punto y comenzaron a hacerlos bajar, pero los policías consideraron que el lugar no resultaba adecuado y continuaron la marcha otros trescientos metros, en donde se hallaba un basural.
Los detenidos fueron obligados a bajar a punta de pistola y caminar hacia el basural, iluminado por los faros de los vehículos policiales. Cuando es evidente que van a matarlos, Gavino salió corriendo mientras le decía a Carranza que había que huir. Carranza, muy corpulento para correr, suplicó por sus hijos segundos antes de que lo maten.
Los detenidos corrieron en todas las direcciones mientras los policías disparaban. Díaz logró escabullirse del camión sin ser visto y desaparecer. Livraga, Di Chiano y Giunta se tiraron al piso y se hicieron los muertos. Garibotti fue alcanzado por los disparos y falleció. Giunta aprovechó para salir corriendo y logró escapar. Rodríguez cayó herido y fue rematado en el piso. Brión tenía una polera blanca que facilitó su asesinato por la espalda mientras huía. Troxler, Benavídez y Lizaso intentaron luchar cuerpo a cuerpo con los policías: los dos primeros lograron huir, pero Lizaso fue tomado entre tres y fusilado.
Una vez cesada la balacera y la caza, Rodríguez Moreno caminó entre los cuerpos para verificar que estén muertos. Di Chiano se salvó porque lo da por muerto, pero vio parpadear a Livraga ordenó que lo rematen. De los tres tiros, uno le rompió la nariz, el otro le atravesó la mandíbula y la dentadura y el tercero le dio en un brazo. Lo dieron por muerto, pero lograría sobrevivir, luego de un calvario.
En el basural quedaron cinco muertos: Brión, Carranza, Garibotti, Lizaso y Rodríguez. En tanto, siete de los doce detenidos sobrevivieron a la masacre: Reinaldo Benavidez, Rogelio Díaz, Horacio Di Chiano, Norberto Gavino, Miguel Ángel Giunta, Juan Carlos Livraga y Julio Troxler.
De ellos, Livraga era el que estaba más comprometido dada la gravedad de sus heridas. Luego de que se marcharan los policías, se levantó y caminó hasta la ruta, cayendo desmayado ante una garita policial. Al verlo, los uniformados lo trasladaron al Hospital Policlínico de San Martín, en donde le brindaron primeros auxilios y logró llamar a su padre. Sin embargo, poco después volvió a ser secuestrado por la policía del hospital. Las enfermeras lograron esconder el papel de la declaración que había realizado en la Comisaría antes de la masacre y entregárselo a su padre. Livraga permaneció desaparecido durante 28 días, encerrado en un calabozo de la Comisaría 1ª de Moreno y privado de toda atención médica.
Sobrevivientes
A los meses Livraga fue blanqueado y enviado a la Cárcel de Olmos, donde fue curado y protegido por los presos comunes. Allí se encontró con Miguel Ángel Giunta, quien luego de huir del basural se había entregado a la policía, siendo sometido a sistemáticos simulacros de fusilamiento que lo desequilibraron mentalmente. Ambos fueron liberados el 17 de agosto de 1956.
Norberto Gavino había sido el primero en escapar el basural antes de que se iniciaran los disparos. Se fue directamente a la embajada de Bolivia, donde pidió asilo político y logró exiliarse.
Julio Troxler, que había conseguido huir luego de enfrentarse cuerpo a cuerpo con un policía, se escondió en una zanja y volvió al basural en busca de sobrevivientes, pero no quedaba nadie vivo. Junto con su amigo Benavídez, se asiló el 3 de noviembre en la embajada de Bolivia. Luego, viajó a ese país exiliado, volviendo ocho meses después. El 20 de septiembre de 1974, fue secuestrado y horas después asesinado por miembros de la Triple A.
Tras escapar de los policías, Benavidez llegó caminando hasta la estación José León Suárez, en donde le pidió a un colectivero que lo llevara gratis a la terminal de la línea. No volvió a su casa por seguridad y permaneció escondido hasta que pidió asilo en la embajada de Bolivia. El Gobierno lo dio por muerto.
Horacio di Chiano permaneció inmóvil boca abajo en el basural hasta después del amanecer. No volvió a su casa por seguridad y permaneció oculto durante cuatro meses. En los últimos meses del 56 regresó a su hogar, pero permaneció escondido en el sótano. Fue el primer sobreviviente de quien Walsh se enteró y la primera persona con quien se entrevistó para reconstruir el crimen.

