SáBADO, 20 DE JUN.

El adiós de Manuel Belgrano, entre el maltrato, la emocionante despedida de sus soldados y la indiferencia ante su muerte

Abatido por las derrotas y sus enfermedades e imposibilitado de permanecer en el norte, viajó a la ciudad de Buenos Aires a pasar sus últimos días. El final de una personalidad de las guerras de la independencia que, con sus luces y sus sombras, dejaba este mundo en un país que le había dado la espalda. Por esas disposiciones inexplicables, el día de su muerte se homenajea a nuestra enseña patria.

Fuente: Infobae. 

Fue la última muestra de afecto sincero la que recibió Manuel Belgrano, y eso lo derrumbó anímicamente. El 11 de septiembre de 1819 entregó el mando de su ejército al general Francisco Fernández Cruz, antes de ir a Tucumán y ver a su pequeña hija Manuela Mónica del Corazón de Jesús, fruto de un romance con la bella María Dolores Helguero y Liendo.

Al pasar por las afueras de Córdoba, fue a recibirlo el gobernador Manuel Antonio Castro, acompañado por los jefes de la guarnición local. Cuando los veinticinco hombres de su escolta se retiraban, tuvieron el gesto espontáneo de desmontar y despedir –algunos emocionados- a su jefe. “Adiós nuestro general: Dios vuelva a Vuestra Excelencia la salud y le veamos cuanto antes en el ejército”. Belgrano se conmovió por semejante gesto, y así se lo haría saber al gobernador Castro cuando, en el descanso de una posta, le escribió una carta.

Para el maltratado creador de la bandera no había sido un hecho menor: esa fue la última vez que sería aclamado en esa vida que, de a poco, se le iba.

Manuela Mónica Belgrano, la hija tucumana que se criaría con su familia.

Planeaba permanecer en Tucumán, que quería como su tierra de nacimiento, pero como se quejaba de que habían sido tan ingratos con él cuando, en un motín que instaló en la gobernación a Bernabé Aráoz, estuvo injustamente preso porque algunos pensaban que su presencia era una amenaza, si hasta le querían poner grilletes en sus tobillos deformados por la hidropesía. A sus 49 años, decidió que lo mejor era regresar a morir a Buenos Aires.

No tenía dinero. El Estado le debía 18 sueldos, y la fortuna de 40 mil pesos con que lo habían premiado por sus triunfos de Salta y Tucumán, los había donado para la creación de cuatro escuelas que se construirían en Tarija, Jujuy, Tucumán y Santiago del Estero, y que demorarían décadas en construirse. Tan entusiasmado estaba que el 25 de mayo de 1813 elaboró un reglamento para dichas instituciones.

Con los dos mil pesos que generosamente su amigo José Celedonio Balbín le prestó, porque el gobernador Aráoz le había respondido que el tesoro provincial estaba exhausto, en febrero de 1820 emprendió un penoso viaje a Buenos Aires.

De puño y letra. Primera página del reglamento redactado por el creador de la bandera para el funcionamiento de las escuelas que había proyectado levantar con el premio obtenido por sus victorias en Tucumán y Salta.

Como sus piernas estaban muy hinchadas debido a la hidropesía, en las postas debían bajarlo en andas y llevarlo directamente a la cama. A lo largo del extenuante trayecto a Buenos Aires, solo recibió muestras de hostilidad y frialdad.

Además de hidropesía, padecía problemas cardíacos y de riñones. A ese viaje que fue para él una tortura, debiendo hacer paradas por demás, lo acompañaron su médico Joseph Redhead –que Güemes se lo había mandado- y un par de ayudantes. Llegó a la ciudad en marzo de 1820 y se estableció en la casa paterna, sobre la calle Pirán, donde había nacido el 3 de junio de 1770.

Joseph James Thomas Redhead, que había nacido en Edimburgo en 1765 donde se había graduado de médico, no se separaba de su lado. Luego de un extenso periplo formativo europeo, por 1806 viajó a Potosí donde se ocupó de suministrar la vacuna contra la viruela y tres años después había elegido una finca en las afueras de la ciudad de Salta para vivir.

Carruaje que usó Belgrano en la batalla de Salta (Archivo General de la Nación).

Organizó un herbario, donde cultivaba especies para el tratamiento de enfermedades. Enseñaba cómo preparar con ellas medicamentos y así evitar las boticas y farmacias que vendían el mismo preparado mucho más caro. Este clínico y obstetra introdujo la costumbre de hervir agua y verterla tibia en una bañera para que allí las parturientas dieran a luz. También estudió la naturaleza del lugar, especialmente cuestiones relativas a los minerales y topografía. Escribió Memoria sobre la dilatación progresiva del aire atmosférico, que publicaría en Salta en 1819, dedicado a Belgrano.

Estando en el norte y cuando el general Pío Tristán ya lo tenía entre ceja y ceja, buscó refugio en el campamento de Belgrano, transformándose en su médico personal y también en su amigo. Estuvo en las batallas de Tucumán y Salta y en las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma, desempeñándose como médico del ejército. Luego de los combates, atendía por igual a heridos de ambos bandos. Fue testigo privilegiado del encuentro entre Belgrano y San Martín en la posta de Algarrobos el 30 de enero de 1814.

Lo trató de su paludismo con un medicamento elaborado en base a la corteza del árbol de quina y estuvo a su lado en las circunstancias más difíciles, cuando su salud empeoró notoriamente.

Acto en memoria de Belgrano, hecho frente al solar donde estaba ubicada su casa, donde había nacido y donde moriría.

Redhead convocó al irlandés John Sullivan, un colega para asistir a su ilustre paciente. Sullivan, de 23 años nacido en Dublín, llegó a Buenos Aires en 1817. Se había formado como médico cirujano en el Colegio Real de Cirujanos de Londres. El 10 de abril de 1820 comenzó a atender a Belgrano y participó de todas las consultas.

Como aficionado a la música, Sullivan solía ejecutar el clave, algo que a Belgrano lo distraía. Se contaba con los dedos de una mano la gente que se acercaba a visitarlo. “Se vio abandonado de todos el general Belgrano, nadie lo visitaba, todos se retraían a hacerlo”, se lamentaba Balbín, tal vez uno de los pocos amigos que le quedaban.

Pasaba sus días sentado en un sillón porque si se acostaba, se le dificultaba respirar. Dormitaba de a ratos y las noches las pasaba en vela. Sus hermanos y unos pocos amigos se turnaban para acompañarlo, aunque por momentos pedía estar solo. En una de esas ocasiones lo vieron muy pálido y con los ojos casi sin vida, y a su amigo Castro le contó que pensaba en la eternidad, en el lugar al que iría y en la tierra que dejaba.

Casi en soledad. Belgrano murió rodeado solo de un puñado de familiares y allegados.

El 25 de mayo de ese año había hecho un testamento en el que declaraba que era soltero y que no tenía descendencia, aunque a su hermano Domingo Estanislao, a quien nombró su heredero, le dejó el secreto encargo de ocuparse de la educación de su hija. Sobre su hijo Pedro Rosas –que era criado por Juan Manuel de Rosas- había pedido que cuando cumpliera la mayoría de edad, se le revelase la identidad del padre. Cuando el muchacho se enteró de quién había sido su padre, se adosó el apellido Belgrano a su nombre.

El 3 de junio, Belgrano cumplió 50 años. Murió a las 7 de la mañana del martes 20 de junio de 1820 en una Buenos Aires anárquica y asolada por la guerra civil, que llegó a tener, en esos días, tres gobernadores distintos: Ildefonso Ramos Mejía, Estanislao Soler y el Cabildo. Solo los que cinco días después leyeron el Despertador Teofilantrópico Místico Político del Padre Francisco de Paula Castañeda, se enteraron de su muerte, porque nadie publicó una línea.

Su cuerpo fue llevado al convento de Santo Domingo. Allí el doctor Sullivan le practicó una autopsia. En su informe, relató que sacó mucho líquido de su abdomen y que halló un tumor en la región del epigastrio derecho, cavidad que contiene el estómago, el lóbulo izquierdo del hígado, la cabeza del páncreas y parte de la aorta torácica.

Inauguración del mausoleo, en el convento de Santo Domingo (Archivo General de la Nación).

El hígado y el bazo estaban agrandados, así como el corazón al que describió como “de dos puños”. Sullivan propuso quitarlo para estudiarlo pero no se lo permitieron.

Al médico le llamaron la atención los pulmones, que eran del tamaño de una mano y que flotaban en líquido. Según consignó el médico irlandés a Redhead, dijo que éste no se había equivocado al diagnosticar hidropesía a partir de un trastorno hepático.

El cuerpo fue vestido con el hábito de los dominicos y, en un ataúd de pino cubierto con un paño negro, fue tapado con cal y enterrado en el atrio del convento de Santo Domingo el 27 de junio. Como mármol de su tumba, se usó uno que tenía un mueble de uno de sus hermanos.

El reloj que Belgrano le obsequió a su médico, y que aún no se sabe nada de él.

A Redhead se le pagó tres mil pesos, parte con alhajas y muebles. Belgrano, en homenaje a esa amistad que tenían, le había obsequiado un espléndido reloj de bolsillo de oro y esmalte, con cadena de cuatro eslabones con pasador, con el monograma Belgrano grabado, obsequio del rey Jorge III de Inglaterra. Fue robado de la vitrina del Museo Histórico Nacional en 2007.

Sullivan pasó a la familia de Belgrano 305 pesos y 4 reales en concepto de honorarios, de los cuales 100 pesos correspondían a la autopsia. En un primer momento desistió del pago, pero cuando se enteró que el gobierno había girado el monto de sueldos atrasados, insistió en cobrar honorarios. Domingo, el hermano del fallecido, le respondió que le reclamase a Redhead, que era quien lo había traído. El tema terminó en una demanda judicial que el médico ganó.

Sullivan permaneció en Buenos Aires. En 1828 se casó con María Simeona Beascoechea y murió en su casa del Retiro el 19 de octubre de 1835.

Redhead estuvo un año ejerciendo en el Hospital de la Residencia y volvió a Salta en el carruaje de Belgrano. En esa provincia continuó atendiendo a la familia Güemes. Falleció el 28 de junio de 1847 en su quinta que estaba ubicada en lo que hoy son las calles Tucumán y Florida. Sus restos descansan en el cementerio de la iglesia de los Cerrillos.

El 24 de septiembre de 1873 el presidente Sarmiento, acompañado por Bartolomé Mitre, inauguraron el monumento ecuestre que se encuentra en Plaza de Mayo (Archivo General de la Nación).

El domingo 29 de julio de 1821 el gobierno de Martín Rodríguez quiso enmendar el olvido y Belgrano tuvo los funerales que merecía. A las 9 de la mañana el cortejo partió de su casa, a metros del Convento de Santo Domingo, donde un año y 39 días antes había sido sepultado. Participaron brigadieres y coroneles, seguidos por autoridades civiles y eclesiásticas. En cada esquina se detenían para un rezo. A lo largo del recorrido, las tropas llevaban los atributos de luto en sus uniformes, en sus armas y en sus banderas. Desde la madrugada de ese día, cada media hora en el Fuerte, con su bandera a media asta, se disparaba un cañón. El ambiente de respeto lo completaba el lento tañir de las campanas de las iglesias que tocaban a muerto. Las actividades se habían suspendido, los comercios permanecieron cerrados y no había gente en las calles.

La placa de mármol de la tumba de Belgrano fue cambiada en 1865 por otra que consiguió el jefe de policía Cayetano María Cazón. El 20 de junio de 1903, con gran pompa, se inauguró el mausoleo en Santo Domingo. Cuando el 4 de septiembre del año anterior se removieron los pocos restos que se encontraron, los ministros del interior Joaquín V. González y de guerra Pablo Riccheri se llevaron dos dientes del prócer ante la atónita mirada del cura párroco Modesto Becco, que sostenía en sus manos una bandeja de plata con los despojos, que se deshacían apenas se manipulaban. “Los ministros odontólogos”, se burló la revista Caras y Caretas. Lo dibujaron a Belgrano asomándose a la tumba: “¡Hasta los dientes me llevan! ¿No tendrán bastante con los propios para comer del presupuesto?”

“Que devuelvan esos dientes al patriota que menos comió en su gloriosa vida con los dineros de la nación”, reclamó el diario La Prensa. Los ministros adujeron que su intención era mostrárselos al general Mitre. En medio de un papelón general, debieron devolver las reliquias de ese olvidado general que había muerto en medio de la indiferencia general y que solo se había llevado al otro mundo las sentidas lágrimas de un puñado de soldados.

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