Rosario Sin Secretos: aprendiz de Darwin, flojo de papeles
Con poca fortuna, el “profesor doctor” Gustavo Minelli, que había llegado al país con el propósito de dictar un curso sobre Historia Universal, intentó también -en el Rosario de 1862- imponer una visión científico racionalista diametralmente opuesta a la profesión de la fe.
- Ciudad
- Por Graciela Molina
- Jun 29, 2026
Al periodista y concejal Carrasco le llevó apenas unos minutos dejar plantado al disertante en el teatro La Esperanza, aquel que estaba ubicado en el mismo solar donde hoy se levanta la casa central del Banco Municipal, en calle San Martín al 700.
Por entonces esa arteria se llamaba “Puerto”, y aunque con distinta numeración, era la que llevaba directamente al ámbito fluvial que, junto con los ferrocarriles, convertiría la bucólica aldea en un imperio y un emporio, enclave estratégico costero que proyectaría una ciudad floreciente y próspera.
Corría paralela a Aduana (Maipú) y Libertad (Sarmiento) y se ubicaba entre las de Córdoba y Santa Fe, calles que nunca cambiaron su nombre, porque consignaban desde nuestros orígenes, los caminos que conducían a esos destinos.
En la foto antigua que oficia de portada podemos apreciar y disfrutar una fotografía que capturó para siempre el tiempo en ese siglo. Ese maravilloso invento del científico y litógrafo francés Joseph Nicéphore Niépce que está cumpliendo apenas 200 años, y que se perfeccionó cuando se asoció a Louis Daguerre, hoy tiene otra dimensión, pero es un aliado indiscutible y necesario de la memoria y las raíces. Aunque también hay que reconocer que el fotógrafo, inventor, arqueólogo, botánico, filósofo, filólogo, matemático y político británico William Henry Fox Talbot, también hizo lo suyo, creando el calotipo.
Volviendo de Francia y del Reino Unido al Rosario de mediados del 1800, les compartimos esta foto que nos permite ver (mientras haya quienes lo conserven y difundan) cómo se veía entonces la luminosa Córdoba entre Comercio (Laprida) y Calle Real (Buenos Aires) y la fachada de la iglesia que precedió a la Catedral Basílica Metropolitana que honra y custodia desde el 3 de mayo de 1773 la misma imagen de la Virgen María, bajo la advocación de Nuestra Señora del Rosario, que le dio el nombre a la ciudad y que Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano viera, con sus propios ojos, el 7 de febrero de 1812, cuando llegó a hacernos Cuna de la Bandera y de la Escarapela.
En esa misma calle Puerto donde estaba ubicado el teatro La Esperanza, tenía su imprenta Eudoro (en realidad Ángel de los Dolores) Carrasco, el joven instruido que había llegado de Buenos Aires siendo -igual que su futuro socio en la creación del Diario La Capital, Ovidio Lagos- tipógrafo de la imprenta del italiano Pedro De Angelis que el mismo día que Carrasco se encontró con Minelli, hubiera cumplido 78 años si no hubiese sido porque había fallecido cuatro años antes.
El napolitano De Angelis había conocido a Bernardino Rivadavia en París, donde este residía en su función como ministro plenipotenciario de las Provincias Unidas del Río de la Plata.
El italiano gozaba de muy buena reputación y tenía importante relaciones, lo que decidió a Rivadavia contratarlo para dirigir, junto al español José Joaquín Mora, nada menos, que la imprenta oficial. Fue allí donde De Angelis publicó su monumental “Colección de Obras y Documentos Relativos a la Historia Antigua y Moderna de las Provincias del Río de la Plata”, convirtiéndose en el patriarca de los historiadores de la incipiente nación argentina.
El mismo Rivadavia que, siendo secretario del Triunvirato, le mandó esconder y deshacerse de la Bandera a Manuel Belgrano cuando la creó en el Rosario en 1812, y también el primero en endeudarnos en Londres con el empréstito de la Baring Brothers & Company, tuvo muy buen ojo en la elección del funcionario que incluso redactó, en 1852, a pedido de Justo José de Urquiza -antes que Juan Bautista Alberdi escribiera “Las Bases”- una Constitución nacional que establecía hasta la obligación del gobierno de hacer valer sus derechos sobre las islas Malvinas.
Aquel 29 de junio de 1862, un poquito más de un mes después de que su proyecto sobre la creación del escudo heráldico del Rosario había sido aprobado, Eudoro Carrasco asistió al teatro La Esperanza para escuchar de boca de su autor, Gustavo Minelli, la disertación “Génesis de nuestra raza”, que sostenía una teoría evolucionista en boga por entonces. En esta nota relacionada conoceremos un poco más de ese lugar dedicado a la cultura.
Hacía apenas tres años que Charles Darwin había publicado “El origen de las especies por medio de la selección natural, o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida”, despertando un gran debate entre los conocimientos de la ciencia y de la fe.
Minelli ya había recibido en Buenos Aires, cuando su pretensión de dar un curso de Historia Universal, acaloradísimas refutaciones a su teoría por parte de ilustrados pensadores que la consideraban inconsistente y carente de rigor científico, histórico y teológico.
El documento “Racionalismo y Tradicionalismo en el Río de la Plata”, escrito por Néstor Tomás Auza, destaca la repercusión que tuvieron los trabajos del italiano, en una de las tantas apreciaciones de José Manuel Estrada: “Eduquemos los pueblos en la fe, doctor Minelli, dejémosle la conciencia de su altísimo origen, de su fraternidad originaria, de la naturaleza de su espíritu y la inmortalidad de su alma; dejémosle temer la justicia de un Dios que produce diluvios, y a la luz de esas verdades, los veremos levantarse gigantes, y habremos comprendido la teoría del mundo político que se encierra en los secretos y en los misterios del mundo moral”.
Es fácil comprender la postura de quien tanto hizo por Rosario, Eudoro Carrasco, autor junto a su hijo Gabriel de los Anales de Rosario, cuando se puso de pie un día como hoy, y se retiró del teatro La Esperanza, seguido de gran parte del público, tras haberle dicho a Gustavo Minelli: “Si usted cree que desciende de orangutanes, quédese con su teoría y pásela bien”.
¡Una monada, su respuesta!

