MIéRCOLES, 01 DE JUL.

Rosario Sin Secretos: el tío de José Hernández, enamorado de la Patria Grande

Tal vez, cuando José Hernández escribió “los hermanos sean unidos, porque ésa es la ley primera; tengan unión verdadera en cualquier tiempo que sea, porque si entre ellos se pelean, los devoran los de ajuera”, lo hizo influenciado por su tío, Manuel Alejandro Pueyrredón quien, en 1864, había hecho pública su adhesión a la República del Perú.

Este guerrero de la independencia, que presidía por entonces la Agrupación de Republicanos del Rosario, vivía en el solar donde en la actualidad existe el condominio de departamentos de Buenos Aires 880, en pleno Casco Histórico, y no tuvo ningún empacho en pronunciarse en defensa del país hermano cuando la armada española se apoderó de las Islas Chincha. Claro, por entonces las noticias se tomaban su tiempo en llegar…

Quizás haya sido el recuerdo de tan lejano antecedente lo que hizo que el Perú fuera el primer y único país sudamericano que se pronunció abiertamente a favor de la Argentina cuando en 1982 tuvimos nuestro propio conflicto bélico contra el invasor británico a las Islas Malvinas.

Aquel 14 de abril de 1864 la flota española duplicaba a la peruana, y allí comenzó la denominada Guerra Hispano Sudamericana. ¡Y todo por el guano que millones de aves dejaban en las tres pequeñas islas peruanas, abono natural que se había convertido, junto con el salitre, en el recurso económico más importante del Perú en el siglo XIX!

El autor de “la Biblia Gaucha”, el Martín Fierro, había vivido también en la casa de su tío cuando estuvo por Rosario, trabajó en el diario La Capital junto a Ovidio Lagos y entre sus muchas actividades en favor de militar la causa para que Rosario fuera capital de la república, vale la alegría saber que fue el fundador de la primera biblioteca pública rosarina.

Que Rosario por su desarrollo y progreso fue tres veces elegida capital, por ley del Congreso, y otras tantas vetada por los presidentes Faustino Sarmiento y Bartolomé Mitre, es una circunstancia política que ningún habitante debiera desconocer.

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Otro dato que no nos cansamos de difundir, porque consideramos que, sin dudas, llenaría catálogos de interés turístico en cualquier país del mundo, es que la salamandra que existía en la casa del coronel Manuel Alejandro Pueyrredón, y que seguramente inspiró y abrigó del frío algunas noches a José Hernández, fue rescatada cuando se demolió la propiedad de Buenos Aires al 800, y se conserva, bajo llave, en la sala de reuniones del Centro de la Tradición “Martín Fierro”.

Pero volvamos a nuestro ilustre vecino entre 1858 y 1865 que, siendo oriundo de Santiago del Baradero, Baradero a secas en la actualidad -una de las primeras misiones franciscanas que creara Hernandarias-, fue descendiente de una de las primeras y más tradicionales familias aristocráticas que ocuparon la región luego de la reducción de los indios chaná y guaraníes. Las estancias de los hacendados poblaban el lugar, y entre ellas estaba la de la familia Guevara Lynch, que vio cómo hacía las travesuras propias de su edad, un pequeño niño llamado Ernesto Guevara, conocido en el mundo como “Che”, por su apodo argento.

El peso político de varios de esos apellidos escribió la historia. Manuel Alejandro era sobrino de Juan Martín de Pueyrredón, el director supremo de las Provincias Unidas, quien tuvo un papel fundamental en el apoyo al Ejército de los Andes. Tanto fue así que hasta pidió ser incorporado al Regimiento de Granaderos a Caballo creado por el “Padre de la Patria”, José Francisco de San Martín, y a pesar de no haber participado en las batallas de Chacabuco, Cancha Rayada y Maipú, tuvo un rol fundamental en el sur chileno para impedir que los españoles recuperaran posiciones.

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Sufrió tantas heridas de guerra que hasta se lo llegó a dar por muerto en uno de esos combates independentistas. Pero no sólo eso, también las luchas civiles entre unitarios y federales al lado del general Lavalle y las campañas de frontera como expedicionario que lo enfrentó a pampas y araucanos, lo tuvieron como protagonista en una vida entera de soldado y militar. Es llamativo lo que escribió sobre los aborígenes del norte a quienes Pueyrredón consideró más avanzados que el hombre blanco simplemente por la forma de enterrar sus muertos. Mientras los criollos aún lo hacían en las iglesias, con los problemas de higiene urbana que ello acarreaba, los guaraníes ya tenían campos santos con lápidas y monumentos, “…lo que no sucedía entre nosotros, hombres civilizados, que mirábamos con desprecio a los indios”.

Finalmente decidió venirse a vivir a Rosario, donde cambió las armas por la escritura y redactó la historia de una vida íntegra luchando por la emancipación americana de la Patria Grande.

Leyendo sus memorias supimos que, por vía materna descendía del mismísimo Hernando Arias de Saavedra, y que su padre estaba en la plaza aquel 25 de Mayo de 1810, con todos sus amigos. “Todas las puertas y ventanas estaban cerradas, ni un alma se veía en las calles, el día era oscuro, una neblina densa cubría el horizonte, la atmósfera de aquel día parecía anunciar desgracia. Doña Rita Dogan, mi abuela, las temía, y su cuidado era tan grande que en todo el día no se movió de la ventana volada de su casa, en la calle de Santo Domingo, teniéndome a mí asomado, como centinela avanzado, mirando para la plaza. Así permanecimos hasta las 4 o 5 de la tarde, que vino un aviso a mi padre anunciando el triunfo de los patriotas y la deposición del virrey”.

¡Qué crónica de primera mano de la Revolución de Mayo, ¿verdad?!

 

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