La memoria de los goles que llegan tarde
El recuerdo del gol de Caniggia ante Brasil se cruza con una nueva victoria agónica de Argentina ante Egipto: dos escenas unidas por la misma emoción frente al televisor.
- mundial 2026
- Por Nicolás Heredia
- Jul 8, 2026
Hay partidos que no se ganan solamente dentro de la cancha. Se ganan también en las casas, en los bares, en las mesas familiares, en los cuerpos tensos de quienes miran la pantalla y sienten que todavía pueden empujar una pelota con la respiración.
Argentina volvió a ganar así ante Egipto, por los octavos de final del Mundial 2026: sobre el final, cuando el partido parecía escaparse y la angustia empezaba a ocuparlo todo. Perdía 2 a 0, estaba al borde de la eliminación, pero encontró una reacción de esas que quedan guardadas en la memoria colectiva. Primero descontó Cristian Romero. Después apareció Lionel Messi para empatar. Y cuando el partido parecía condenado al alargue, Enzo Fernández llegó de cabeza, en tiempo agregado, para sellar el 3 a 2 y desatar otra vez ese grito argentino que parece salir de todas las casas al mismo tiempo.
¡¡¡REMONTADA ÉPICA DE LA SCALONETA!!! ¡¡¡CABEZAZO GOLEADOR AGÓNICO DE ENZO FERNÁNDEZ PARA EL 3-2 DE ARGENTINA VS. EGIPTO!!!
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En 1990 yo tenía apenas siete años. Fue el primer Mundial que pude guardar en la memoria. No como una sucesión ordenada de partidos, nombres y resultados, sino como se recuerdan las cosas importantes de la infancia: por el olor de una comida, por la tensión de los adultos, por una casa detenida frente a un televisor.
En cada partido de Argentina, mi vieja cocinaba para toda la familia canelones de verdura con salsa bolognesa. Era una de sus cábalas. Una de esas cábalas que nadie se anima a discutir, y que todos aceptábamos con felicidad.
El 24 de junio de 1990, en el Estadio delle Alpi, en Turín, Argentina jugaba contra Brasil por los octavos de final del Mundial de Italia. Yo no sabía todavía el peso simbólico de ese partido. No entendía del todo lo que significaba enfrentar a Brasil en una Copa del Mundo. Pero podía ver algo en los grandes: los nervios antes de que empezara el juego, los silencios, las miradas fijas, la ansiedad contenida.
Mi hermana Carolina había cumplido diez años unos días antes, el 18 de junio. Además de muchos besos, había recibido un gran regalo: un juego de Pinypon, de esos en los que los personajes recorrían un lago gracias a la magia de los imanes. Puede sonar como un dato innecesario, pero no lo es.

Con el pitazo del árbitro, la comida llegó a la mesa. Como de costumbre, durante el primer tiempo los canelones desaparecieron de los platos. Después, sobre la mesa, solo quedaron los nervios.
El partido estaba cerrado, trabado, áspero. Podía quedar para cualquiera. Yo miraba a mi vieja aferrada a sus cábalas y a mi viejo con la mirada tensa frente a aquella televisión JVC que teníamos en casa.
No puedo recordar el minuto exacto, porque esa memoria sigue siendo la memoria de un niño. Pero sí recuerdo el movimiento de los cuerpos. De pronto, todos comenzaron a pararse. Todos estaban de pie, empujando como si desde el comedor de casa pudiéramos ayudarlo al Diego.
Maradona recibió la pelota en el medio, rodeado de camisetas amarillas. Brasil lo venía persiguiendo toda la tarde. Lo apretaba, lo golpeaba, lo quería sacar del partido. Dunga, Alemão, Ricardo Rocha: todos parecían cerrarle el camino. Pero el Diego, con el tobillo lastimado y el cuerpo inclinado hacia adelante, hizo lo que solo él podía hacer. Aguantó la marca, escondió la pelota, se filtró entre piernas y brazos, y empezó a avanzar como si el tiempo se abriera apenas para él.
Caniggia, mientras tanto, leyó la jugada antes que todos. No se quedó quieto. Se fue abriendo, buscó el espacio vacío, corrió hacia el claro que Maradona estaba inventando entre tanto rival. Entonces Diego, cuando todos esperaban que siguiera hasta el arco, sacó ese pase imposible, de derecha, entre los defensores brasileños.
La pelota le llegó al Pájaro y quedó frente a Taffarel.
Caniggia no se apuró. Tocó la pelota hacia un costado, dejó al arquero en el camino y, con el arco abierto, definió de zurda. La pelota entró despacio y para siempre.
Después vino el grito. Caniggia salió corriendo, pero enseguida buscó a Diego. Lo abrazó como se abraza a alguien que acaba de abrir una puerta donde no había nada. Y en mi casa, frente a aquella televisión JVC, todos saltamos como si también hubiéramos estado dentro de esa jugada.
???? Ángulo inédito del gol de Caniggia a Brasil en el ‘90.
???????? La jugada previa de Diego es una locura: Dunga le mete un hachazo, pero el 10 se lo saca de encima y tira una asistencia perfecta.
— La Vieja Guardia (@ViejaGuardiaEA) July 26, 2025
El juego de Carolina seguía en el piso, pequeño e indefenso frente a tanta alegría. En ese momento nada importaba. El partido había terminado para nosotros antes de que terminara en la cancha. La felicidad era tan grande que no se podía contener, y el juego sufrió todas las consecuencias de ese desborde.
Quizás por eso, cada vez que Argentina gana en los últimos minutos, no gana solamente un partido. También vuelve a encender una memoria. Una mesa familiar, una comida, una cábala, un televisor viejo, una infancia que todavía salta cuando la pelota entra.
Ante Egipto, tantos años después, algo de aquella escena volvió a repetirse. Ya no estaban los mismos cuerpos alrededor de la mesa, ni era el mismo televisor, ni éramos los mismos de entonces. Pero la sensación era parecida: el partido parecía escaparse, el tiempo empezaba a pesar, y del otro lado de la pantalla millones de argentinos seguíamos empujando como si nuestra respiración pudiera llegar hasta la cancha.
Porque hay algo que el fútbol nos enseña una y otra vez, aunque muchas veces lo olvidemos: nada está perdido hasta que el árbitro marca el final. Mientras la pelota siga en juego, mientras quede una corrida, un centro, un rebote o una decisión de un jugador que se anima cuando todo parece cerrado, todavía hay una posibilidad.

FOTO NA: @fifaworldcup_es
Y tal vez por eso estos triunfos se viven con tanta intensidad. Porque no hablan solo de fútbol. Hablan de nosotros. De esa costumbre argentina de sufrir hasta el último segundo, de mirar la pantalla con el corazón apretado, de hacer fuerza desde una casa, un bar, una oficina o una plaza, como si todos estuviéramos dentro del área esperando que algo suceda.
Cuando Argentina gana así, sobre el final, no celebra solamente un equipo. Celebra un país entero que por un rato vuelve a creer. Que aprende, otra vez, que no hay que dar todo por perdido. Que incluso en el minuto más difícil, cuando parece que ya no queda nada, todavía puede aparecer una jugada, un gol, un abrazo y ese grito inmenso que nos devuelve, aunque sea por un instante, a todas las alegrías que alguna vez vivimos frente a un televisor.

