Rosario Sin Secretos: batallas que parieron la Patria
Una bandera pintada en el cielo, allá en lontananza, detrás de árboles con ramas enhiestas y raíces poderosas que se prenden con fuerza ancestral al terruño, son el marco perfecto de la foto de portada, en la calle que nos recuerda en Rosario el glorioso 24 de Septiembre de 1812.
- Ciudad
- Por Graciela Molina
- Sep 24, 2026
Tal vez para muchos el día pase sin pena ni gloria, pero en este nuevo capítulo de Rosario Sin Secretos, queremos honrar los orígenes y agradecer, al igual que lo hizo Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano, a la Virgen de la Merced (Nuestra Señora de las Mercedes), unos de los triunfos en batalla que parió la Patria.
Ya conocen nuestro hábito de ir a la etimología de las palabras, y encontramos que “merced” significa misericordia, gracia, perdón y redención, algo que sin dudas estamos necesitando, en épocas en las que hasta la IA pareciera apoderarse de las mentes humanas.
En la primera quincena de septiembre de 1812 Belgrano llegó a la “benemérita y muy digna ciudad de Tucumán” -definición que reza en la mismísima Acta de Independencia del 9 de Julio firmada cuatro años después- pidió, a la familia Carranza, una imagen de la Virgen de la Merced para llevarla momentáneamente al cuartel donde descansaba su tropa.
“Está recién pintada”, le dijeron, negándose a su solicitud. Aún así, acudió a rezar ante la imagen de templo que honraba a la Virgen de la Merced, a la que el 27 de octubre de ese año, le ofreció, con absoluta devoción y sincero agradecimiento, su bastón de mando, y proclamó Generala del Ejército. “La Patria puede gloriarse de la victoria que han obtenido sus armas el día 24 del corriente, día de Nuestra Señora de la Merced, bajo cuya protección nos pusimos”, escribiría luego en su informe al gobierno.
Debieron pasar 131 años para que ese nombramiento fuese refrendado por el decreto del gobierno nacional Nº 9.471, que reconoció oficialmente, recién en 1943, a Nuestra Señora de las Mercedes como Generala del Ejército Argentino.
¿Cuántos sabrán que Belgrano cada día rezaba el Santo Rosario junto a soldados y milicianos? ¿Cómo no iba a elegir nuestra ciudad para crear aquí la Bandera nacional, en el marco de las baterías Libertad e Independencia?
Profundamente creyente y fervoroso mariano, Manuel Belgrano, siempre tuvo presente “la mano de Dios”.
¿Habrá advertido como un signo Divino que esa tardecita del 27 de febrero -Cosme Maciel la enarboló alrededor de las 18.30- apareciera en el cielo una “luna roja”?
Un soldado con sotana, Julián Navarro, sería, además de su amigo, el cura párroco encargado de bendecirla. El mismo que el 3 de febrero de 1813 asistiría a los heridos del combate de San Lorenzo y luego acompañaría como capellán del ejército al general José de San Martín, cruzando la cordillera de los Andes y ayudando espiritual y físicamente en las decisivas batallas de Chacabuco y Maipú.
El Triunvirato ya le había ordenado a Belgrano que se dirigiera al norte. Incluso cuando se enteraron el episodio de la Bandera en Rosario, fue el propio Bernardino de la Trinidad Rivadavia y Rivadavia -el mismo que dio comienzo a la deuda externa argentina- quien, furioso, le mandó a deshacerse de ella. ¡Menos mal que no existía internet, no había WhatsApp, y Belgrano se enteró muchísimo más tarde, lo que permitió que no pudieran robarnos la “Cuna”, pese a los muchos intentos.
Durante su estada en Tucumán, al general Belgrano le fue preparada esta casa.
Ese 24 de septiembre, bajo la advocación de la Virgen de la Merced, se batieron con coraje y resolución los hombres de Belgrano, a pesar que los realistas al mando del general Pío Tristán, un viejo conocido de su paso de estudiante en la Universidad de Salamanca con el que coincidió en las clases de leyes y teología, los duplicaban en número y pertrechos de artillería.
La caballerosidad y la correspondencia no los abandonaba a estos generales, a pesar de que el destino los había llevado a defender posturas antagónicas. Así lo demuestra el valioso tesoro epistolar que aún se conserva, y en el que solían añorar sus épocas juveniles, también durante su estada en Madrid.
Belgrano era un hombre profundamente católico que hasta pidió ser enterrado con el hábito dominico. Tal vez por eso eligió aquel 27 de Febrero de 1812, para crear, bendecir y hacer jurar la Bandera celeste y blanca que nos identifica en el mundo, en la barranca de las altas ceibas de la capilla de la Virgen de Nuestra Señora del Rosario, aun cuando a la zona se la conocía por el simple nombre de Pago de los Arroyos.
Uno de los que cruzó el 7 de febrero de 1812, el Saladillo, lo menciona específicamente de puño y letra en su diario de Marcha, del que se conservan milagrosamente 8 carillas, y que se encuentra en el Museo Internacional de la Democracia.
La Providencia, una vez más, actúa y da mensajes imposibles de negar. En el querido y sureño barrio Saladillo se levantó la parroquia Nuestra Señora de la Merced, una construcción con reminiscencias de la Notre Dame de París, con columnas de granito rosado, un altar de mármol traído desde la tierra natal del padre de Belgrano, vitrales franceses y campanas alemanas, con la imagen sagrada de la Santa Patrona traída en barco desde Barcelona, ¡en el centenario de la batalla de Tucumán, 1912!
Una batalla que, junto a la de Salta, cambiaron la historia…
Aquella imagen venerada en Tucumán a la que Belgrano ofreció su triunfo hoy se encuentra en el camarín de la planta alta de la Basílica Nuestra Señora de los Buenos Aires, ubicada en Gaona y Espinosa, en el barrio Caballito de la Ciudad Autónoma porteña.
En esto, los rosarinos tuvimos más suerte, porque pudimos conservar en nuestra Basílica Santuario Catedral Metropolitana, la misma imagen traída desde Cádiz, en 1773, que vio Belgrano con sus propios ojos en aquel 1812. Sólo basta con bajar al subsuelo del templo de Buenos Aires y Córdoba, al camarín de la Virgen, inaugurado a raíz del bicentenario de Rosario, en 1925, para encontrarse con una escala diferente de la historia que nos permite observar y peticionar con fe, en esa especie de precioso relicario arquitectónico impulsado por monseñor Nicolás Grenón, a la sazón, el mismo sacerdote que donó el hisopo con el que Julián Navarro bendijo la primera Bandera argentina, al Museo Provincial “Dr. Julio Marc”.
Si bien la calle 24 de Septiembre, en Rosario -nacida por la ordenanza Nº 28 del año 1907 cuando se produjo su apertura- corre de Este a Oeste, desde Convención hasta las inmediaciones de Valparaíso, entre bulevar Seguí y Biedma, tomamos sólo dos cuadras, específicas para fotografiar.
Las que se encuentran con las intersecciones de Balcarce y Dorrego, precisamente porque estos dos valientes oficiales fueron de una importancia vital en aquella batalla de Tucumán.
En el medio de ambas nos quedó Moreno, y digamos que ofició como “periodista” en esta crónica pintoresca de historia urbana. Y además, la data contribuye a enriquecer la memoria colectiva de aquellas contiendas que determinaron, con valor, el nacimiento de una nueva y gloriosa nación.





