MARTES, 20 DE OCT.

Un breve sermón

Por Candi.

Por Candi

“Que las palabras del Evangelio borren nuestros pecados”, dijo el cura tras leer una parte del Evangelio Según San Marcos que tocaba a ese domingo. Cuando todos los fieles creían que seguidamente iba a comenzar con la homilía, como es de rigor en el rito, el sacerdote agachó la cabeza, puso las dos manos sobre los laterales del púlpito y permaneció así un largo rato. En un primer momento todos creyeron que el cura se sentía mal físicamente, que se había descompensado. En el preciso instante en el que uno de los acólitos se incorporó para preguntarle si necesitaba ayuda, el cura murmuró: ¡“vergüenza debería darnos”!

Las palabras apenas murmuradas se amplificaron a través de los altavoces. En el templo se hizo un silencio sepulcral y el rostro del ayudante en la misa se mudó blanco como el mantel del altar. El pobre hombre tenía los ojos desorbitados y quedó paralizado justo frente al sagrario. Retrocedió y volvió a tomar asiento cuando el cura levantó su cabeza y con una mirada severa le dijo sin más a la asamblea: “Sí vergüenza debería darnos a aquellos que, creyéndonos mejores, inmaculados, perfectos o elegidos, calificamos a nuestros hermanos según su clase, raza, idea o condición sexual. En tales casos -siguió- los humanos no somos tales sino miserables rocas”. Dejó la primera persona que había usado a propósito para incluirse entre las piedras y lanzó: “¿Hay alguna de esas rocas grotescas aquí? -preguntó mordaz, conocedor de que muchos escuchaban la Palabra de Dios, pero pocos la aplicaban.

Alguien ensayó la clásica tos impelida por los nervios que provocan palabras que sacuden el interior humano ¿Sabría el cura -se preguntó el alguien- que el día anterior había ofendido cruelmente a su hijo y le había enrostrado con violencia moral su rol de homosexual? Sintió que una fuerza lo aplastaba. “Sí, seguramente el sermón está dirigido a mí” -se persiguió y giró la cabeza hacia su esposa que lo acompañaba, dirigiéndole una mirada furibunda mientras le preguntaba en voz baja: “¿te habrás confesado ayer, no?” La réplica lo noqueó: “si pensás que soy capaz de andar ventilando tales cosas, esas serán las últimas palabras que escucharé de vos”, le dijo adivinando las ideas del mal pensado creyente y a la sazón esposo que quedó más aplastado. La respuesta llevaba toda la carga del enojo que había despertado en esa madre la actitud del padre para con su hijo y para con ella.

El cura siguió desparramando palos (justos palos) a diestra y siniestra: “quien discrimina, es un ser abyecto; alguien que se cree estar más alto que el resto. Por esa falsa creencia, el falsamente iluminado se supone con derecho a menoscabar al prójimo, a denostarlo con sentimientos, palabras y acciones peyorativas, perversas que llegan a herir su corazón, cuando no su propio físico o lisa y llanamente a matarlo por considerarlo lacra, escoria, contrario a la naturaleza y atentatorio contra ella. La discriminación y sus seguidores son la gran causa del mal humano”, vociferó.

En el templo había silencio. Algunos transpiraban y no era por el frío invernal. El mensaje iba para todos:  “Por la discriminación Hitler, creyéndose Dios, eliminó a millones de judíos y todo aquello que él creía inferior, como gitanos, homosexuales y pensadores. Por la discriminación fueron y son perseguidos y asesinados cristianos. Por la discriminación fueron maltratados hasta la muerte millones de aborígenes en todo el mundo. ¡Y Madre de Dios -remarcó enfático- si hasta nosotros fuimos cómplices! Por esa discriminación un empresario, sintiéndose el Todopoderoso, considera a sus trabajadores meras herramientas a su servicio desechables y sujetas al oprobio. Por esa misma discriminación, los hombres de color fueron esclavizados, apartados y considerados meras cosas. Y que diré de las mujeres, que aún hoy son meros objetos para algunos hombres. Y ni qué decir -siguió enfático- de ciertos intelectuales ilustrados, pero carentes de sabiduría, que andan pavoneándose en los tablones del falso cielo, creyéndose ilustres cuando no son más que burdos petimetres. Y lo más triste, señores (no se sabe por qué el cura no dijo señoras o hermanos, aunque es dable sospecharlo) es que por esa discriminación se sigue crucificando a Cristo”.

Dio un golpe sobre el púlpito, retornó al altar y dijo: “oremos”.

-Algunos en el templo estaban desarmados -le dijo el acólito al cura apenas acabado el  oficio religioso.

-Lo sé. Pero no se puede rearmar algo contrahecho y que resulte bueno sin antes desarmarle una parte ¿No crees?

Poco a poco los fieles fueron saliendo del templo. Unos iban con rostros de enojo (los de siempre); otros seriamente pensativos, ensimismados, tocados por las palabras del breve sermón.

 

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