MIéRCOLES, 21 DE OCT.

Los Reyes Magos “dos en uno” que anoche no han podido ofrecer nada

Sobre la arena de Rosario, Buenos Aires o Ischilin, pueden verse aún las huellas frescas que han dejado los dromedarios o camellos de los “magos”, que han pasado rindiendo su homenaje a los niños inocentes. Por Carlos Duclos 

Sobre la arena de Rosario, Buenos Aires o Ischilin, entre tantas poblaciones de Argentina, pueden verse aún las huellas frescas que han dejado los dromedarios o camellos de los “magos”, que han pasado anoche y esta madrugada, rindiendo su homenaje a los niños inocentes, ansiosos, anhelantes, puros, que se fueron ayer a dormir con un sueño y que se vio cumplido, o no, al despertar esta mañana.
Claro que estas huellas no dejan reflejados, como esos animalitos que andan en el piso arenoso y caliente del desierto,  dos dedos; nada de eso, estas huellas dromedarias son de otro tipo, con otras formas, y dan cuenta de tallas que van del treinta y cinco o treinta y seis, hasta el cuarenta y tanto. Lo que no es de otro tipo es el amor de estos “reyes dos en uno” (pues son camellos y magos al mismo tiempo) hacia los niños que adoran, ni la magia que hacen, en muchos casos, para satisfacer sus sueños. Tan grande es la magia realizada en ciertos casos, que los mismos Melchor, Gaspar y Baltazar empalidecerían al compararla con los dones ofrecidos a Nuestro Señor.
No es el propósito de esta columna, claro está, aguarle la fiesta de la Epifanía a nadie. Lejos de eso. Cierta y sinceramente, regocija el espíritu saber que hubo ayer magos con la disposición suficiente y el amor necesario para regalarle a su “niño dios” (con minúsculas, permítase, porque con mayúsculas hay uno solo), un juguete, una buena ropa o el cumplimiento de un sueño. Eso es maravilloso.
Sin embargo, no sería justo dejar de advertir que ayer hubo reyes que quisieron hacer magia, que se esmeraron porque se produjera el milagro, que realizaron todo el esfuerzo pero que, desgraciadamente, no pudieron. Y lo que es más triste, parece que tampoco van a poder más adelante, en el tiempo. Y no es que no quieran, no es que no estén dispuestos, no es que amen a sus “niños dioses” menos que los otros, no. Es que no los dejan hacer magia, no los dejan demostrar su amor, no los dejan ofrecer sus dones ¡Una pena!
Sí, sí, el lector podrá decir… “¡otra vez la queja!” Es que si vemos que hay enfermedades y no tenemos, aunque sea, el mínimo impulso de querer ser un enfermero, pues no valemos nada. Debemos celebrar que hace apenas unos minutos a miles de chicos, al despertar, se les dibujó una sonrisa en su rostro, pero ¿qué haremos al pensar en aquellos que recibieron poco o lisa y llanamente nada, porque a los magos no les han dejado hacer magia bendita? ¿Qué haremos, señoras y señores, por esas caritas puras, de sueños rotos?
Es harto pesado tener que repetir a veces algunas cosas, pero hay responsables de la tristeza humana. Desde luego, responsables, en cierta medida, somos todos aquellos que podemos hacer algo y no lo hacemos, pero hay quienes deben dar cuenta, mucho más que otros, sobre el por qué hoy, hace unos minutos nada más (al momento de escribirse esta columna) hubo dioses que no recibieron ningún don, ningún presente. Incluso que no podrán comer lo suficiente a la hora del almuerzo y de la cena.
Deberán dar cuenta ante Dios (puesto que a veces y en determinada medida la sociedad no lo demanda por diversas razones injustificadas) del por qué hay pobreza, más pobreza; desempleo, más desempleo; sueldos indignos; presión tirbutaria exorbitante; costos de servicios que no se prestan, o se prestan mal, desmedidos; desorden; delito… En fin.
En este contexto, ¿qué rey mago “dos en uno” podrá aguantar por mucho que se esmere? Y como epílogo: no se trata sólo del regalo puesto en los zapatos, señoras y señores, sino del don que no se pone en el destino de estos niños dioses, eso es lo más preocupante, lo que más aflige.
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