MIéRCOLES, 21 DE OCT.

La grieta existe desde hace siglos

Quiero hacer una reflexión porque a veces tengo la impresión de que nos toman o pretenden tomar de estúpidos. Carta de lectores de La Capital. 

Quiero hacer una reflexión porque a veces tengo la impresión de que nos toman o pretenden tomar de estúpidos. Es sobre la tan mentada «grieta» de la que hablan como si fuera un invento del gobierno actual o del anterior. Lamento comunicarles que no: si tuviera que remontarme hacia el origen de «la grieta» iría a Sobremonte y Liniers, por ejemplo, o si quieren, a Mariano Moreno y Saavedra. Quienes hayan tenido la suerte y la fortuna de leer «Los profetas del odio», de Arturo Jauretche, estarán de acuerdo en que, básicamente eso fue la Guerra del Brasil (1825-1828): el capital inglés, con intereses en toda América latina, apoya a una de las facciones en pugna afines a él (en esa época no había partidos políticos) y desprecia a la otra. No fue sino por esto que nació la República del Uruguay como un Estado tapón para proteger los intereses ingleses en el río de la Plata. Y podríamos seguir con unitarios y federales, por ejemplo. Ya llegado el siglo veinte, la pugna cambiará de signo y también de trasfondo. El capital inglés comenzará a competir con el de su antigua colonia, los EEUU, y las distintas oligarquías de los países latinoamericanos comenzarán a creer que es posible una Nación sin pueblo. En la historia de nuestro país, no otro ha sido el ideario que han llevado adelante los seis golpes de Estado que padecimos: el de seguir siendo —porque de hecho, durante el llamado modelo agroexportador (1880-1930) que tanto denunciara Lisandro de la Torre— una factoría feliz en donde veinte familias acaparan la riqueza y el pueblo fue mantenido a raya, al borde de la subsistencia. Sueño que el advenimiento del peronismo vino a «opacar», dándole carta de ciudadanía política a ese mismo pueblo que con tanto ahínco ciertos sectores se empeñaban en silenciar. De ahí en adelante, la escalada de violencia y la lucha de clases (quién dijo que Marx había sido superado se equivocó y feo) se fue radicalizando cada vez más hasta llegar al desastre de los años 70. Pero el sueño de la oligarquía seguía en su lugar, nunca fue resignado y fue necesaria la muerte de miles de personas para que ese «modelo» de país fuera viable. Eran jóvenes, porque ellos son por definición, el motor de los cambios en la historia. La eliminación y silenciamiento de los sectores politizados de la franja juvenil argentina (y me atrevería a decir latinoamericana) fue el primer paso dado por la dictadura militar de 1976-1982 y su ministro estrella, Martínez de Hoz, quien sentó las bases para que aquél viejo sueño de «la joya más preciada de la corona inglesa» (tal las palabras del hijo de Julio A. Roca) comenzara a tomar forma. La segunda parte que terminó de quebrar un estado de bienestar construido básicamente por el peronismo clásico (1945-1952) se realizó bajo los diez años del gobierno de Carlos Menem. Sin la juventud radicalizada oponiéndosele, fue mucho más «fácil» completar el sueño de la Nación sin pueblo. Y hoy sufrimos las consecuencias. Ahora no es necesario eliminar físicamente a una juventud radicalizada: primero, porque no está radicalizada, y segundo, para los de clase media y media alta, están las drogas de diseño, las fiestas aturdidoras y mortales, el consumo desmedido y la apatía cultivada como virtud. Y para la clase baja, el paco y las balas. Finalmente estamos otra vez en la encrucijada del proyecto de la Nación sin pueblo, de la factoría feliz en un año electoral, que a muchos no parece interesarles. Pero creo que, reflexionando sobre la «grieta», deberían. Digo, para saber si se quedan adentro o afuera. Me abstengo de poner nombres, ya que no quiero insultar ni la inteligencia y la susceptibilidad de mis poco probables lectores, pero como dice una canción de Serrat «sólo Dios y mi canto saben a quien nombro tanto».

 

Profesora María Verónica Diana. DNI: 20.705.110

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