La inutilidad y el servicio
Por: Carlos Duclos
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- Oct 22, 2015
No hay ser sin hacer. El ser humano, y toda criatura animal (e incluso vegetal), es si acciona. Y esto es lo que diferencia a la vida de la permanencia. Quien no hace es un remedo de vida, un mero objeto que palpita y respira, nada más que eso. Uno de los interrogantes que ayuda a darle un sentido más elevado a la vida es ¿qué hacer?
Dos grandes hombres que conoció la humanidad, Frankl y Tagore, han dejado un par de pensamientos en este sentido. El siempre recordado psiquiatra, psicoanalista y neurólogo Frankl, luego de su experiencia dramática en los campos de exterminio nazis, nos dijo que “lo que de verdad necesitamos es un cambio radical en nuestra actitud hacia la vida. Tenemos que aprender por nosotros mismos, y después, enseñar a los desesperados, que en realidad no importa que no esperemos nada de la vida, sino si la vida espera algo de nosotros”. Y lo cierto es que la vida, entendida como una fuerza creadora inteligente, a cada instante está esperando algo de cada persona, para eso ha sido creado el ser humano, para eso ha sido engendrado y vio la luz: para que aporte algo de sí a la Creación.
¿Pero qué cosa espera la vida de cada criatura? Todo ser tiene, en primer lugar, la facultad, la libertad de elegir qué quiere para sí y para los demás. Hay quienes eligen destruir al resto por interés o por simple fruición o goce (y quede claro que acaban autodestruyéndose) y están aquellos que eligen la construcción de sí mismos para colaborar en la construcción de los demás. Como siempre, hay una franja que, por diversos motivos, está en un gris, en un medio que no es ni una cosa ni la otra. Son los “tibios” de los que habla la escritura. Pero tales tibios a veces lo son por voluntad impropia; es decir lo son porque por diversas razones y de diversos modos han sido bloqueados para accionar.
A un niño, por ejemplo, que se le diga inútil, inservible, se le clava una daga en su subconsciente que lo imposibilita gravemente y hasta puede anularlo de por vida si no se le trata y se le extirpa el filo clavado. No es necesario ser niño en realidad, la manipulación mental que hacen ciertos personajes lúgubres es tal que muchos adultos terminan petrificados, sin accionar, porque se les induce a creer que lo mejor que pueden hacer es no hacer nada. En realidad no existen los inútiles congénitos, existen los que eligen no ser útiles o ser útil a la permanencia y no a la vida, o los que son incitados a creer que no son útiles.
Como decía Rousseau, todo hombre nace bueno, las circunstancias lo hacen malo. Y también podría decirse que todo ser humano nace útil y él mismo u otras personas deciden y ejecutan su inutilidad. Es decir, todo ser humano es necesario, todo ser humano tiene algo para darse y para dar; todo ser humano tiene un don que debe cultivar para participar en la co-creación.
Y el resultado o el efecto de ese don, cualquiera sea, no es otro que el servicio desde el lugar en el que se encuentre la persona, no importa que sea padre, madre, sin hijos, obrero, profesional, empresario, ama de casa, joven, adulto, etcétera.
En este aspecto, y como decía Tagore al despertar de su sueño: “vi que la vida era servicio, serví y vi que la vida era alegría».
El sistema, el mercado, y con esto llego al punto final de esta opinión, se encarga de hacer creer a muchas personas que hay seres útiles y exitosos y otros que sólo han venido al mundo para ser “herramientas, medios, objetos manipulables” en el mejor de los casos. Una perversidad, un homicidio moral.

