La bolsa de nada
Aquello duró apenas unos instantes, pero le pareció que era la eternidad misma la que se había ensañado con él. Un dolor agudo, profundo, que le corrió desde el centro del pecho hasta la punta de los dedos de su mano izquierda, lo hizo arco, vencido semicírculo. Con los ojos desorbitados y una expresión de […]
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- Nov 21, 2015
Aquello duró apenas unos instantes, pero le pareció que era la eternidad misma la que se había ensañado con él. Un dolor agudo, profundo, que le corrió desde el centro del pecho hasta la punta de los dedos de su mano izquierda, lo hizo arco, vencido semicírculo.
Con los ojos desorbitados y una expresión de horror en ellos, se llevó la mano derecha a su pecho como si con ello fuera a calmar el insoportable dolor. Su mirada de miedo estaba puesta en el piso. Claro que no veía nada, excepto el rostro de la muerte que, inmutable, le tendía su mano para llevárselo a la nada.
Veloz como un relámpago que atraviesa el cielo oscuro en una noche de tormenta, cruzó por su mente su otra vida, esa que jamás había vivido: el abrazo inexistente con su hijo, el “te quiero” por años no pronunciado a su esposa, él mismo sonriente y contemplando a un pájaro cantor y saltarín, él interesándose por el destino de un sufriente, él admirando un atardecer sentado sobre el césped. En fin, vio a ese hombre que nunca había sido.
En esos segundos que fueron eternos, la figura que se le presentaba desdeñosa para arrojarlo a la barca de Caronte, le puso frente a sus ojos, también, a ese otro, ese que sí había existido; ese empresario de saco, corbata y maletín que pasaba ufano, soberbio y despreciativo por entre sus empleados; ese rico avaro, siempre ocupado en amasar fortuna de sol a sol, desentendido de la noche de los pobres; ese pobre infeliz sacando cuentas a las 9 de la noche, solitario en su oficina; o ese otro levantándose de la mesa familiar en un domingo, para hablar por teléfono con el importador, pues se moría de ansias por saber si la mercadería llegaría a puerto en la próxima mañana.
Tuvo tiempo el umbral del templo oscuro para mostrarle aquella otra escena desgraciada y doliente para las almas nobles: él negándole un préstamo a la mujer que limpiaba su oficina, quien deseaba cumplirle un sueño a su hijo adolescente: participar en un encuentro de noveles ajedrecistas, en Buenos Aires (porque el hijo de Dora era pobre, pero rico en el don de mover con sapiencia las piezas del juego que es ciencia).
El, un ateo que sólo adoraba como dios al becerro de oro, cada vez más arqueado por el dolor, balbuceó las últimas palabras: “¡Dios mío, por favor!”
Ya era tarde, se desplomó al suelo hecho una pesada bolsa de nada.

