De la tolerancia
Por Candi
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- Dic 20, 2015
“Puesto que yo soy imperfecto y necesito la tolerancia y la bondad de los demás, también he de tolerar los defectos del mundo hasta que pueda encontrar el secreto que me permita ponerles remedio”. Unas palabras muy conocidas de Mahatma Gandhi (Alma Grande) sobre la necesidad de tolerar los defectos del mundo (entendido mundo como ese grupo de personas que están en él). El asunto se agrava un poco para el tolerante cuando el remedio llega demasiado tarde o jamás llega ¿Qué hacer?
Burke, el escritor irlandés resolvió esto diciendo que hay un límite luego del cual la tolerancia deja de ser una virtud. La cuestión a determinar es dónde está ese límite, en qué momento de la vida ponerlo para que no sea antes ni después y todo acabe siendo un fracaso. Y luego hay otro aspecto a considerar: el carácter, el temperamento y la disposición de espíritu de quien debe establecer el límite. Si le preguntaran a personas como Gandhi, diría que ese límite no debe existir. Lo mismo diría Jesús quien fue contundente en ese sentido: “perdonarás a tu hermano hasta setenta veces siete”, es decir indefinidamente.
Por otra parte, Gandhi alude en su idea, en sus palabras, a la tolerancia respecto de los defectos de los demás, pero el tema no se agota allí, porque es válido también preguntarse ¿Qué hay de mí, de mi destino, de mi vida? ¿Hasta cuándo he de tolerar que me hieran, que me anulen?
Incluso la tolerancia está vinculada a la propia persona, cuando ésta se permite seguir incurriendo en errores, frecuentando lugares o espacios inadecuados, relacionándose con personas que no le son útiles y hasta a veces le resultan dañosas. Y en esos dos casos (la persistencia del mal ocasionado por otros y por uno mismo) cobran fuerza, mucha fuerza, las palabras de Burke: cuando se trata de adoptar decisiones que forman parte de la construcción del destino propio, ser excesivamente tolerante con lo dañino, con lo vano, con lo frívolo e inútil, sea de los demás o de uno mismo, no es una virtud, al contrario. Y no lo es porque entonces la propia vida termina siendo nada.
Omar Khayyam tiene una poesía (entre tantas) muy hermosa sobre el destino y el sentido de la vida: “¡Oh! cuando yo fui joven ávido he frecuentado los santos y doctores, y oí cosas sublimes sobre esto y sobre aquello: mas siempre me ha pasado volverme por la puerta por donde había entrado. Yo he sembrado semilla de aquel saber arcano, y la ayudó a crecer la labor de mi mano: y ésta fue mi cosecha: -«yo vine como el agua, y me voy de este mundo como va el viento vano».
Como dije una vez, hay en el mensaje del poeta esa avidez constante, permanente, incansable, por encontrar la verdad, el propósito del ser, su rol definitivo y determinante. Tal vez debamos buscar los hombres nuestro destino, en ocasiones, no en el puerto, sino en el viaje.
Y en este viaje vamos navegando en medio de un mar de situaciones y circunstancias, de personas que de un modo u otro influyen, nos influyen a veces para bien, a veces para mal. En este último caso el sabio pone el límite a la tolerancia en el momento preciso. Ni antes, que no dé tiempo a la rectificación de la conducta por parte del otro, ni después, cuando ya es demasiado tarde para uno.

