MIéRCOLES, 21 DE OCT.

De soledades, lunas y  resurrecciones

Por Candi

“No hay dudas –pensó mientras caminaba por las orillas del Sena- he sido víctima de un ataque cometido por  una energía siniestra. La maldita me ha disparado con ¡quién sabe qué proyectil  invisible, intangible! que me ha herido el corazón. Estoy sangrando soledad”. Y así cavilaba Cosette Danton, a orillas del mítico río, en aquella fría mañana del invierno parisino.

Una parte del mundo y sus seres, ¡por supuesto!, seguían indiferentes a su estado, seguían en sus  propósitos, en sus afanes,  las más de las veces absurdos, efímeros, que en el umbral del dolor agudo se desintegran, como el polvo, haciéndose después nada. ¡¿A quién le podía importar la emoción de Cosette?!

Otra parte del mundo y sus seres, tampoco prestaban atención a la mujer,  porque estaban soportando sus propias emociones lacerantes, sus propias soledades. Aunque a veces no se daban cuenta de que ellas estaba ahí, apretujándoles el corazón. Sentían cierta incomodidad, pero lo remediaban con algún analgésico  de esos que ofrece a cada paso el posmodernismo.

Pero Cosette, una joven de 32 años de cuerpo bello, de mirada de almendra, profunda y nostálgica, y de 400 años de espíritu elevado, no rehuía el diagnóstico y había descubierto que el viento persistente de la soledad  estaba sacudiendo a su alma ¿Pero qué lo provocaba?

Después de varias mañanas de andar por las orillas del Sena, fue, paradójicamente, un atardecer de ese mismo invierno, en el Pont Neuf, que Cosette descubrió (aunque jamás supo cómo ni por qué) qué es lo que impulsa al viento frío y paralizante de la soledad. Parada, apoyados sus brazos sobre la baranda del legendario puente, tenía la vista puesta en el agua, pero la mirada en lo profundo de su corazón, cuando alguien o algo le susurró al oído de su espíritu: “no te has encontrado a ti misma, ¿cómo puedes entonces encontrar al resto de la creación? La soledad, Cosette, es un monstruo gestado por nuestra mente; sucumbe cuando nos descubrimos a nosotros mismos; entonces conocemos que siempre habrá algo o alguien que nos ama”.

Cosette sonrió y salió presurosa a buscar a su primer amor: una pluma con la que garabateó algo que no era prosa ni era poesía, sino ella misma hecha de letras: «Tendido boca arriba en el desierto, /  aguarda, maldiciendo, convertirse en muerto. /  Recuerda a aquel de la noche de Cortázar, / en ese que no fue, y musita resignado: “todo pasa”. /  Y mientras piensa, y yace casi terminado, yerto, /  lucha por permanecer con los ojos abiertos. /  No, no quiere cerrar aún sus nostálgicos ojos, /  pues  no se resigna a ser despojo. / Le queda a la mirada  el firmamento, / profundo, misterioso, ese que siempre acarició el lamento. /  Siente en su alma un sacudón, un espasmo, / que le arrebata su último entusiasmo. / Entonces, como siempre supo que sucedería, / en el postrer momento,  en el último día, / pronuncia el sagrado  nombre: ¡Dios! / A punto de partir, siente que no está solo, que son dos. / Un  ángel, con dos lunas del color del mar, se le aparece / y la muerte se asusta,  huye, se disgrega, desvanece. / Aquello que entonces era apenas un desierto, / pura soledad hecha de afanes muertos, / se puebla ahora de pétalos multicolores, / de ricos aromas que destilan maravillosas flores. / Las lunas ponen en su alma una dulce sustancia, / y se ponen de pie, él, su esperanza y sus ansias. / “Extrañas lunas que me insuflaron vida”, / murmura, mientras camina hacia la Tierra Prometida.

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