Del ver y del mirar, y de la existencia y la vida
Por candi
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- Ene 5, 2016
No sé quién lo dijo, pero es cierto. O, cuanto menos, lo suscribo: por las tardes, cuando el sol parte a otras regiones del mundo, algunos seres suelen caminar más despacio o detener su paso para escudriñar el paisaje. Un poco, creo, es por la sucesión de esos pequeños cansancios que se hacen, al fin del día, ese cansancio adulto que pesa y agobia. Pero de esto hay apenas un poco. Prefiero aquello de que en muchas almas, más quedas, más reposadas, el atardecer las invita a mirar (la diferencia con ver se aclara más adelante) antes de que acabe el día, antes de que la última luz de paso a las sombras de la noche.
Ver y mirar
En tales seres, que casi sobre el filo del día que se cae comprenden que éste no puede terminar vanamente sin que algo determinante haya sucedido para ellos (porque no tiene sentido el día de tal forma), se agita el deseo de descubrir lo mejor a través de la mirada. Sí, de la mirada, porque ver, estimado lector, hay que aclararlo ahora, no es lo mismo que mirar. El psiquiatra y psicólogo español Carlos Castilla del Pino, en su libro sobre actitudes y conductas en los seres humanos, explica muy bien la diferencia entre el mero ver y el determinante mirar. Uno puede ver toda la escena, incluso la ve contra su propia voluntad, pero eso no significa mirar. Mirar es otra cosa, es poner el foco, la atención, en algo, en una cosa, en un ser que forma parte de la escena y extraerlo de ella.
Se puede mirar algo significativamente malo, pero esos seres de los que hablo de inmediato apartan la mirada de tal cosa, porque ellos buscan algo distinto, necesario y gratificante. A veces ni siquiera buscan, simplemente encuentran lo que el destino les pone por delante y escuchan en su alma una voz inaudible que les dice: “Aquí está, y no lo pases por alto”.
Tales personas, no se gozan en lo insustancial, en lo frívolo, en lo que no determina, en lo que no aporta nada al sentido. Por eso ellos quieren mirar aquello que importa, que significa, para regocijarse con ello y en ello; para consustanciarse con esa cosa, circunstancia o ser que han descubierto, o que se les ha interpuesto en el camino por obra y gracia de algo superior inentendible y misterioso.
Apariciones inesperadas
Escudriñadores por antonomasia, pensantes sin remedio (a veces a pesar de ellos, porque el pensamiento reflexivo no siempre descubre buenas cosas), se preguntan a menudo cuando las apariciones son inesperadas: ¿por qué se ha puesto ante mí esto que miro? Y como casi nunca hay respuestas para ese interrogante, comienzan a buscar el ¿para qué? Y siempre hay un para qué, una razón que posiblemente no se descubre de inmediato, sino que se va develando a medida que surge empatía entre el que mira y lo mirado, a medida que se genera un vínculo, una interdependencia entre el suceso, cosa o ser descubierto. La vista es un sentido completo cuando al fin se mira aquello que reconforta y a lo que se acude para un propósito trascendente.
Milagros en las simplezas
Es en tales atardeceres en los que estos seres, atemperados, reflexivos, descubren el milagro de la vida en una flor, un pájaro, un niño, una mujer embarazada en cuyo rostro cobra forma la felicidad, en un poema; o en la mirada profunda, delicada, nostálgica, de otro ser humano en la que se refleja su espíritu elevado. Es en tales atardeceres, en los que el silencio y los colores cálidos todo lo inundan, cuando algunos espíritus suelen mirar y descubrir el fabuloso cuadro de la vida o escuchar su magnífica melodía. Es allí donde se comprende todo y se lo valora. Casi siempre en cosas simples, en circunstancias y seres que no por ser humildes, cotidianos, sencillos, dejan de ser especiales y necesarios. Seres y circunstancias que durante el día pasan inadvertidos o no se los valora, porque el ser humano está ocupado y ansioso por otros afanes que suelen ser tremendamente inútiles y que se los califica como tales cuando el hombre se encuentra en el umbral de la noche. Es cierto que no necesariamente siempre el asunto se da de esa manera, porque muchas personas aprenden a mirar y a escuchar temprano, incluso a veces cuando aún no se ha llegado al mediodía, cuando el sol no alcanzó el cenit. Son seres con algo especial, seres que terminan siendo elegidos.
Sí, es una metáfora
Estas palabras sobre el día, los atardeceres y el mirar, son una metáfora, una alegoría, todo un discurso para decir simplemente que esto, exactamente esto, es la vida y que tales cosas suelen sucederle a algunos espíritus en la vida si están dispuestos. Cuando agobiados creen que ésta se irá como una tarde sin que el propósito determinante aparezca, siendo apenas una mera existencia cuando no un sobrevivir, de pronto, sorpresivamente, inesperadamente, algo bueno se presenta para ser descubierto (porque como dijo Almafuerte: “todos los incurables tienen cura cinco minutos antes de su muerte”). Y aquello que era no más que ver, se transforma en mirar. Aquello que era existencia adquiere sentido y se vuelve vida. Aquello que era sombra se vuelve luz. Entonces quien mira termina entendiendo las palabras de ese genio que fue y seguirá siendo Bernárdez: “lo que el árbol tiene de florido, vive de lo que tiene sepultado”.

