Mirada, reflejo del alma
Por Candi
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- Ene 6, 2016
Hay tantas miradas como estados de almas. Por eso uno de los más grandes dramaturgos que dio la humanidad, Skakespeare, dijo que las palabras están llenas de falsedad o de arte y sólo la mirada es el lenguaje del corazón.
Hay miradas alegres, hay miradas tristes. Las hay románticas, enamoradas, en las que el buen ojo adivina un suspiro; y las hay también nostálgicas, sensibles y profundas.
Y, por supuesto, existen las miradas de nada. Son esas de almas confundidas, que no saben ni de dónde vienen ni hacia adónde van. Están también aquellas que reflejan esperanza, fe, amor; como esas otras que mejor perderlas que encontrarlas, esas que centellean odio, rencor y en las que danza una peligrosa sed de venganza.
La mirada más bella, es la mirada del amor instalado ya en el alma como sustancia abundante y eterna. Allí hay un sutil reflejo de Dios. Los ojos de las personas que aman suelen tener a menudo dilatadas sus pupilas, y ello es para que por allí penetre el alma del que mira, camine por ese interior hasta llegar al fondo del espíritu que le aguarda para mostrarle y ofrecerle toda su riqueza. Sí, porque la mirada es la puerta del alma y hay tantas clases de puertas como estados de aquello que está adentro.
Hay miradas cálidas, pero las hay también frías. Estas últimas inquietan, porque delatan un alma insensible, dispuesta para lo que sea; y lo que sea no siempre es bueno.
De todas las miradas, siempre preferí las nostálgicas con dejos de dulzura, esas que se valen de los labios para esbozar una sutil y delicada sonrisa. En ellas se advierte el paso de los siglos, las constantes luchas, el tremendo esfuerzo realizado para la consecución de la victoria que se muestra en la dulzura de un apenas perceptible gesto. En estos reflejos del alma, se puede apreciar la evolución, la elevación. Tales miradas son testimonio vivientes del poder de la fe y del amor.
“Cuando quieras descubrir un alma -me dijo aquel maestro de lo oculto, allá en mi adolescencia, cuando mi alma se disponía a la lucha- busca en la mirada. Pero recuerda que esta debe estar en reposo y no debe saber que la están mirando”. Por eso con frecuencia, por las tardes, solía en aquel legendario bar de París sentarme a mirar miradas. Algunos transeúntes de maletín y corbata pasaban con miradas afanosas, corriendo tras la nada que siempre ofrece el mundo.
Mi vista, invariablemente entonces, siempre giraba hacia la mesa de un rincón, en el que a esa hora se sentaba aquella joven de ojos tristes y de bello dolor. Escribía un poco y después ponía la mirada melancólica en un punto de su vida (porque yo estaba convencido de que miraba algo pasado que ella había perdido). Y yo, sin que lo advirtiera, la miraba tratando de descifrar aquel destino. En realidad suponía que ella no advertía mi mirada escudriñadora, hasta que en un atardecer ella volvió sus ojos expresivos hacia mí y me sonrió sutilmente. Luego se levantó y se fue.
Mi sorpresa al verme descubierto, o mi cobardía tal vez, me impidieron seguirla y preguntarle ¡tantas cosas! Será por eso, por aquella mirada que nunca más pude mirar, que algunas tardes de invierno me suelen encontrar en un bar, mirando hacia ese pasado que yo también perdí, a esa mujer que conocí sin haber pronunciado una palabra. Sí, la conocí sin jamás haber cruzado una palabra con ella, porque por las miradas se conoce el corazón.

