De aquellos que no están
Por Candi
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- Ene 10, 2016
Solo, sentado frente a la mesa que alguna vez nos encontró juntos en aquel atardecer, me pregunto si algunas cosas conservarán “algo” de las personas que en ellas estuvieron o que las poseyeron.
Observo, desde unos metros, la silla donde estuviste sentada, en silencio, sólo mirándome con los ojos del alma. Escudriño ávidamente, con vana ilusión, lo sé, la mesa que sintió las caricias de tu mano y un sentimiento de lástima por ellas se apodera de mí. Concluyo, al fin, que es apenas autocompasión que se refleja.
Como queriendo encontrar ese poco de vos en aquellas cosas, vuelvo a preguntarme: ¿será acaso que en los objetos queda un halo imperceptible, un vestigio invisible de aquellos que con sus cuerpos los rozaron, o cuyas pieles por sus inanimadas superficies pasaron?
Loco, como siempre, perdido en un espacio inexistente para el mundo, pongo la mirada allí, en donde sentada, con tu impostura impertinente, pero bella, me mirabas de a ratos sonriente, de pronto inquisidora.
Busco, entre la nada que ahora está en la silla, un latido, una mirada. Pero eso está ausente y apenas si en ella se recuesta mi recuerdo y mi nostalgia. En ese trance inadvertido para todos, recuerdo los versos de Machado: “Ni el pasado ha muerto ni está el mañana, ni el ayer escrito”.
Como siempre, en los atardeceres, saco mi vieja pluma, mi fiel amiga, inseparable compañera de tristezas, y mirando de a ratos el vacío, dibujo sobre un papel que encuentro unas últimas palabras: “He retornado, ¡ya ves!, he retornado, a escribir un poco del pasado”.
Después me levanto, me detengo frente a la mesa y a esa silla que siempre están y estarán en el mismo lugar, y salgo del viejo bar parisino. Algunos me miran sin comprender nada, pero entendiendo que tengo algo de loco.
Camino, al fin, por la rue Huchette hacia ninguna parte, en medio del invierno y el recuerdo. Y voy, extrañamente, confiado en que tu espíritu me aguarda en algún lado.

