A ese animal (como yo) ausente
Por Candi
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- Ene 13, 2016
“Se murió”, me dijo, así, de pronto. Entonces sentí aquello que siempre he sabido: que hay palabras que son ardientes filos que atraviesan el alma y la hacen arquear hasta que cae perpleja, entristecida, casi vencida.
¡Otra vez, para la mente que siempre en vano busca la verdad, el misterio de la vida!
¡Qué importa a las almas sensibles, Pequeño, que no fueras humano! La vida es sagrada en sí misma y esa sublimidad, esa sacralidad, no es un valor que pueda ser propiedad sólo de los racionales. Después de todo, el amor, la inocencia, la lealtad, siempre se encuentran en estado más puro en ustedes, hermanos animales.
Aún recuerdo aquellos días de tu nacimiento, en los que para salvarte, pequeño y delicado, se necesitaron de especiales alimentos. Tu vida estuvo signada por tempranos lamentos; pero amigo siempre, incondicional, (lo sé) en la tristeza de aquel hijo perdido, como en la alegría del fruto recibido.
No fuiste Beppo, ese gato de Borges ¡¿Qué importa?! Vos también mereces esa maravillosa poesía: “No son más silenciosos los espejos ni más furtiva el alba aventurera; eres, bajo la luna, esa pantera que nos es dado divisar de lejos. Por obra indescifrable de un decreto divino, te buscamos vanamente; más remoto que el Ganges y el poniente, tuya es la soledad, tuyo el secreto. Tu lomo condesciende a la amorosa caricia de mi mano. Has admitido, desde esa eternidad que ya es olvido, el amor de la mano recelosa. En otro tiempo estás. Eres el dueño de un ámbito cerrado como un sueño”.
En un rito profano y sagrado al mismo tiempo, hemos cavado tu tumba esta mañana. Al hacerlo, he pensado en los versos del poeta: “¡Dios mío, que solos se quedan los muertos!”
Y hube de comprender, que no es de ustedes la soledad, amigo, no es de ustedes la muerte, sino de nosotros, que nos quedamos sin entender y entre lamentos.
“En otro tiempo estás”, Pequeño, en otro espacio que en mi finita mente no puede ser imaginado. Tal vez (seguramente) tu espíritu esté siendo acariciado, ahora, por las almas de otros seres amados.
Yo sé, mi amigo, que alguien, no animal, se estará burlando al tiempo que lee sobre el fin de este homenaje lo que escribo: ¡estoy llorando!
Pero no le pidamos a los espíritus que no saben lo que es estar en carne viva, Pequeño, que comprendan qué es la vida.

