Y algo más sobre la vida
Por Candi
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- Ene 19, 2016
“La vida… ¿cuánto puede uno hablar y decir de la vida? Un tema tan infinito, tan profundo, podrían pensarse tantas cosas. Pero hay algo que hace a la vida única: su magnífica belleza. Tal vez sólo se pueda apreciar por un instante; tal vez, otros tengan la dicha de verlo a diario. La cuestión es que la vida es única, irrepetible y merece la pena ser vivida”.
El párrafo que precede, como se advertirá, está entre comillas. Es decir, no me pertenece, no lo he construido. Me lo ha mandado un espíritu que anda dando vueltas por el mundo y que “vive”; tiene la dicha de “vivir”, que no es lo mismo que andar por allí permaneciendo. En esas palabras hay muchas verdades, pero me detengo en unas: “la vida es única e irrepetible y merece la pena ser vivida”. Y sí, porque la vida es también pena, y la vida merece ser vivida aun con esas penas. ¿Qué sería del ser humano si no conociera el dolor, si no lo sintiera? De hecho, no tendría la más remota idea de lo que es la dicha, el goce, el disfrute. Hace unos días atrás he escrito a un amigo desde mi experiencia: “no todo es amargura en el dolor”. Desde la adversidad, desde la tristeza, el ser humano puede optar, elegir: o construye un puente que lo saque del trance y lo eleve como ser, viniendo a ser entonces alguien mejor y más fuerte que el de antes, o deja que el dolor lo aplaste.
“Pero no hablemos –dice el espíritu que me ha enviado el texto- y reduzcamos la vida a un mero hecho de existencia. Porque claramente no es eso. La vida va mucho más allá. Para hablar de la vida hay que, valga la redundancia, saber vivirla, con todo lo que ello implica. Recién ahí uno va a poder presenciar algo, una pizca, de todo lo que la vida tiene para ofrecer. Uno debe perderse en los detalles, esas pequeñas cosas que llenan, para, en la recta final, poder mirar atrás y simplemente decir: “confieso que he vivido”. Sólo algunos comprenderán el significado de tan hermosas y tan sencillas palabras, sólo aquellos que realmente hayan vivido”.
Me detengo en estas palabras: “uno debe perderse en los detalles”. Sí, claramente, sin dudas. Lo que pasa es que a menudo, casi diariamente, a esos detalles los pasamos por alto. Y cuando ya no están, recién nos damos cuenta de cuánto valían y lloramos ¡Pero es tarde!
“Pero la vida –dice del texto- es también entender que no por ser bella, implica que todo tenga que ser color de rosas. La vida, señores, está llena de malos momentos, decepciones, fracasos y no tanto. Y es precisamente, y aunque suene una locura, lo que hace también a su belleza; lo que enseña a valorar, a trabajar y esforzarse por lo que aún falta, lo que mantiene los sueños despiertos y la esperanza encendida. Esas cosas también pasan en la vida”. No puedo añadir más al respecto, es así. Y, por lo demás, ya me referí a esa cuestión anteriormente.
Se dice en el mail que he recibido: “Nadie quiere perderse ni un solo día. La cosa está en darle a ese día el verdadero valor que tiene. Obviamente no es tarea sencilla. Es más, pocos son los que lo logran. Incluso, pocos los que entienden su verdadero valor, su importancia y su belleza”. Bueno, añado yo, al menos debemos intentar estar entre esos pocos.
La última parte del escrito es para mí lo más importante, lo que me ha dejado pensando y debería dejar pensando al querido lector. Quien remite ha dicho: “hay seres que se encuentran porque algo de esa “visión” que tienen (sobre la vida) se comparte, algo de ese pensamiento es común y algo de todo eso los une”.
Con estas palabras podría escribirse un tratado sobre parte del comportamiento y la conducta humana, sobre la empatía, la interrelación y sus efectos. De hecho merecen una columna de opinión, de reflexión. Sólo diré ahora y para concluir respecto del asunto, que no son muchas las ocasiones en las que pasan por nuestras vidas personas a las que el destino nos pone delante para que tomemos de ellas lo que vienen a ofrecernos, o para que les demos lo que ellas están necesitando. Seres a quienes un Orden Superior nos presenta para que dejen “algo” que sirva al mejoramiento de nuestras vidas o les dejemos algo para el mejoramiento de la vida de todos. A veces por estar tan involucrados en las cosas del mundo, en la falsa vida o en la vida relativa, no los vemos; o los vemos y no nos importan demasiado. Y ellos pasan y se van, y los perdemos sin que se haya producido el trascendente suceso para y por el que pasaron. Y con ellos perdemos la oportunidad de que en el jardín de la vida haya quedado una flor más. A veces una flor que tiene como propósito ser una más de entre aquellas que coadyuvan a la vida; y a veces una flor que determina nuestras vidas. Ocurre con frecuencia.
La humanidad, como tal, suele cometer graves errores al desechar a seres que pasan por el mundo ofreciendo lo que tienen para dar. Sin embargo, no obstante ser rechazados, estos mismos seres, por ser elegidos, por su misma fuerza, han cambiado al mundo. Siempre recuerdo esas palabras inmensamente importantes: “la piedra que los arquitectos rechazaron vino a ser la piedra angular”.

