MIéRCOLES, 21 DE OCT.

El por qué en la vida

Por Candi

Los hay aquellos que están en este mundo, pero sienten que no pertenecen a este mundo. Es decir, viven entre el mundo normalmente, como los demás mortales, pero en algún momento de sus vidas, un buen día (o un mal día) un hecho, un suceso que puede denominarse “disparador”, los cambia, los suelta hacia sentimientos de “no pertenencia al mundo tal como se lo conoce y se lo transita”. Entonces estos tipos o tipas, (dicho con cariño,  con todo el amor que siento por ellos) en vez de ver, comienzan a mirar; de oír, empiezan a escuchar; de pensar, se van en reflexiones; de los habituales interrogantes ¿Qué? ¿Para qué? ¿Cómo?, se empeñan (estúpidamente, tal vez) en el fondo de las cosas y se interrogan: ¿Por qué?

Estos personajes dan un paso y miran, y tras el mirar reflexionan. Miran las miradas de los demás, descubren en ellas odios, melancolías, amores, indiferencia, frialdad, pasión, tristeza, deseos, en fin…

Pocas veces, o nunca -porque además son difíciles los tipos, aunque adorables a veces y luego se dirá por qué-, descubren algo que los satisfaga plenamente ¿Y cómo habrían de encontrar si estos días están poblados de rencor, envidia, enojo, exaltación, violencia, fanatismo en sus distintas formas? Sensibles por naturaleza, pero implacables ante la injusticia o en defensa propia, no alcanzan a comprender esos sentimientos nefastos,  y a sí mismos se preguntan, sacando la pregunta de sus entrañas mentales: ¿por qué hay gente tan, pero tan pelotuda? Creo que la pregunta a modo de reproche es válida, ¿no?

Bueno, no es que ellos sean mejores, es que son un poco distintos ¿Un poco? En realidad tan  distintos que ven un perro herido y a ellos les duele todo el cuerpo, toda la mente, toda el alma. Les cuentan que la hija adolescente de un conocido ha enfermado de cáncer, y el día se acaba para ellos y entran en profundas cavilaciones, cuando no en secretas oraciones por el destino de la joven a la que ni siquiera han visto alguna vez. En esto son unos locos maravillosos.

Lo extraño del caso en estos tipos, es que lejos están de ser monjes tibetanos, porque suele vérselos haciendo un “fondo blanco”, o internarse en la noche del pecado (venial, eso sí). Bueno, para ellos el pecado mortal no existe, creen que tal pecado es un grotesco invento de algunos hombres que intentaron, sin éxito, encarrilar a la humanidad por vía del miedo. Ellos saben que Dios no mata a nadie.

He dicho anteriormente que esta clase de personas suelen ser adorables a veces. Sí, lo son. Especialmente cuando deben dar algo de sí para mitigar el dolor de otro. Son tan adorablemente  chiflados, que alguna vez he escuchado a uno murmurar a alguna divinidad  en un hospital: “Te entrego mi vida, pero deja que la vida de ella siga”.

Durante mi profesión de humano (porque ser humano es una profesión al fin y al cabo) a algunas de estas personas las he visto llorar por diversas circunstancias, algunas de ellas graves,  justificadas, que mueven a compasión: la muerte de un hijo, por ejemplo, o el haber pasado por una experiencia terriblemente dolorosa, como el haber perdido a toda la familia en un suceso fatal. Las he visto entonces preguntarse, devastadas: ¿por qué? Y la respuesta en estos casos sólo viene de la mano de la fe, o simplemente no viene (y esto último le suma más tragedia a la tragedia).

Lo cierto es que el ¿por qué? con frecuencia  es importante. La ciencia, y por tanto la humanidad, por ejemplo, no hubieran alcanzado tal grado de desarrollo si no existiera tal pregunta. El por qué empuja a buscar y a descubrir.

Pero no es menos cierto, (y me lo ha hecho saber alguna vez una filósofa urbana), que hay en el por qué cierto interrogante pelotudo. Y eso sucede cuando el tipo tiene la respuesta frente a sí e insiste en preguntarse: ¿por qué está delante mío?

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