El drama de la existencia
Por Candi
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- Feb 15, 2016
En una charla que dio a sus alumnos, el filósofo español Julián Marías, al hablar de Kant sostuvo: “…Por tanto, la pregunta no sería «¿qué es el hombre?», la pregunta sería «¿quién soy yo?». Pero esta pregunta va acompañada de otra, inseparable: «¿Qué va a ser de mí?» Son dos preguntas vinculadas y que de cierto modo se contraponen: quiero decir que en la medida en que puedo responder plenamente una, la otra queda en una sombra. Si yo sé quién soy, si yo me veo a mí mismo como persona, como alguien, no por eso acabo de saber qué va a ser de mí. Si, por otra parte, quiero tener la certidumbre acerca de qué va a ser de mí, necesito evidentemente apoyarme en algo estable y ejecuto la operación de -en cierto modo- cosificación.
Esas dos preguntas son ineludibles, inseparables y -de algún modo- conflictivas. Por eso, creo yo, es dramática la vida humana”.
¿Es dramática la vida humana? Una primera respuesta indica que sí, y que este dramatismo es más proverbial y más agudo en algunas personas, sea por el destino que les toca o porque su profunda sensibilidad les multiplica el sentimiento que es efecto del drama.
Son estos interrogantes profundos, que sólo puede desmenuzar, analizar, una mente muy elevada y en ocasiones desconozco si las respuestas encontradas por tal mente constituyen la verdad.
¿Qué es el hombre? Lo sabemos desde un punto de vista físico y biológico. Encontrar la respuesta desde un plano o idea que propone al hombre como ser que trasciende a pesar de su materia, es algo complejo. Tan complejo que a veces, cuando la mente racional pretende hacerlo, puede caer en la maraña que lleva a la locura. Incluso a la locura de sostener que el hombre y su contexto no son más que un mero sueño, una ilusión, una imaginación perfecta de un ser superior, infinito, eterno. E incluso un sueño, una idea del misterioso universo.
Y en medio de este intrincado problema insoluble, entonces aparece la fe que dice: si la razón no puede darte la respuesta y te arrincona contra la desesperación, aquí estoy yo para que no enloquezcas, para que no pierdas esa razón que debe actuar en ciertos límites.
En mi muy humilde opinión, desde un punto de vista puramente racional, la vida del hombre es dramática, como bien dice el maestro Marías, porque precisamente la razón no ha encontrado la respuesta a qué es el hombre en cuanto a ser trascendente. Alguien podrá decir: el hombre es esto y nada más ¿Por qué esperar algo más? Yo no creo eso, o, mejor dicho, me rehúso a creerlo, aunque a veces estoy al borde de decirle a la fe que ella sí que en realidad es un sueño. Y he aquí el otro drama del hombre, cuando acepta que la fe es una utopía.
Y allí se produce el gran hueco de la existencia humana, el gran cono de sombras y la gran soledad: cuando la razón no puede dar explicaciones y la fe se compone de ilusiones. Es por eso, lo reitero, que la vida de ciertos hombres es a veces dramática. Entonces se consuma el verdadero drama: el ser humano es imperfecto y por tanto traidor, mezquino, capaz de odiar, de asesinar, de aplastar a su hermano sin miramientos ¿Y Dios? Ausente.
Las otras dos preguntas ¿Quién soy yo? y ¿Qué va a ser de mí? permiten encontrar relativas y prontas respuestas si se sospecha, al menos, qué somos los seres humanos. Yo jamás podría disentir con Marías por cuanto él es un genio y yo soy un ser común. Pero si fuera su alumno me atrevería a preguntarle: ¿Maestro, si deseo y puedo actuar para ser un “yo” con determinadas características y hacer conforme a ellas, no estoy respondiéndome a dos preguntas: ¿qué soy y qué quiero llegar a ser?” Creo que la vida humana es menos dramática cuando al fin tenemos claro qué queremos llegar a ser y accionamos para alcanzar el propósito.
Pero claro, luego golpea a nuestra mente otra bruja disfrazada de pregunta: ¿Y eso es todo? Y allí comienza otra vez el drama… para algunos.

