Una actitud ante la vida
Por Candi
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- Mar 1, 2016
Creo que siempre es bueno recordarlo: en esos instantes en donde todo parece que está a punto de desestabilizarse en la vida, debemos esperar lo inesperado. Es decir, como se ha dicho, en los momentos difíciles esperar contra toda esperanza.
Los tiempos que corren, como decía Dickens, son “tiempos difíciles”. Bien podría decirse que estos días de hoy son aún más difíciles que los del escritor. Hay violencia, enojo, inseguridad, mezquindad alimentada por el individualismo, envidia, injusticia y hasta desprecio por la vida en todas sus formas. Sin contar, desde luego, todas aquellas circunstancias que forman parte de la intimidad de la persona y que la apabullan, la perturban, la angustian.
Hace unos días, tomando un café con un amigo, me comentaba respecto del caso de un hombre joven al que los médicos no daban más de unos meses de vida. De un momento para otro, el tesoro de la salud y de la vida y todas sus benditas consecuencias, se transformaron en un demonio homicida. Hay quienes creen que lo bueno es eterno, y es bueno recordar que de lo inmaterial venimos y hacia lo inmaterial vamos, en cualquier momento.
Sin embargo, esto no implica perder la fe, la esperanza, ni el amor. Desde aquel diagnóstico, han pasado años y hoy no hay rastros de la enfermedad que lo aquejaba. Sé que no siempre ocurre así, lamentablemente, pero no obstante hay que aguardar siempre con fe y con esperanza. Especialmente, lo remarco, cuando se trata de problemas que no comprometen la vida, porque ¿qué es aquello que no se podrá hacer, que no se podrá lograr, si hay vida y si a ella la acompaña la fe?
A mi memoria vienen hoy aquellas dulces y perfectas palabras del poeta, de Machado: “Al olmo viejo, hendido por el rayo / y en su mitad podrido, / con las lluvias de abril y el sol de mayo / algunas hojas verdes le han salido…” ¿Quién de nosotros no ha sido alcanzado por el rayo del error, del dolor, de una vida un poco o muy disipada?
Es ciertamente esta poesía un canto paradigmático. Es un fuerte deseo que alberga el poeta no sólo para él, sino para aquellos que parecen estar sobre el mismo borde de la nada. -“Antes que te derribe, olmo del Duero, / con su hacha el leñador, y el carpintero / te convierta en melena de campana, / lanza de carro o yugo de carreta; / antes que rojo en el hogar, mañana, / ardas en alguna mísera caseta, / al borde de un camino; / antes que te descuaje un torbellino / y tronche el soplo de las sierras blancas; / antes que el río hasta la mar te empuje / por valles y barrancas, / olmo, quiero anotar en mi cartera / la gracia de tu rama verdecida. / Mi corazón espera / también, hacia la luz y hacia la vida, / otro milagro de la primavera”.
En este mundo en donde no son pocos los que siembran el mal o permanecen indiferentes ante quien lo ejerce. En un mundo en donde algunos se creen con derecho a juzgarte, amigo mío, sin saber qué hay en tu interior y cuando la tristeza suele calar tan hondo que seca la esperanza, es no sólo necesario sino un deber empujar la savia de la vida para que asome esa rama verdecida.
En una sociedad mundial en donde arrecian tendencias y acciones que atentan contra la prosperidad y la paz del hombre común, no quedan demasiadas alternativas y siempre se ha de elegir la mejor, diría la única: luchar con la espada de la fe y el escudo de la esperanza. Con denuedo, incluso sin descanso. El personalismo, el absolutismo indiferente de ciertos grupos o personas tiene el poder de neutralizar los sueños hasta de los más jóvenes. Pero es necesario proclamar que hay un poder más fuerte que el de la mezquindad del mal: el de la fe, el empeño y la esperanza.
Es cierto que vivir conforme con esto requiere adoptar decisiones de vida a cada momento, es necesario tener una actitud ante la vida.

