En el partido entre Newell’s Old Boys y Deportivo Riestra, que terminó con triunfo leproso por 1 a 0 por Copa Argentina, se produjo un nuevo récord histórico en el fútbol argentino.

Mateo Apolonio se convirtió en el jugador más joven en pisar la cancha en toda la historia del deporte nacional, al ingresar en el minuto 84 del partido con apenas 14 años y 29 días, superando por más de un año el récord vigente de Sergio Agüero (15 y 35).

Sin siquiera pisar la Reserva, Apolonio, que por edad hace unos meses empezó la escuela secundaria, pasó de entrenar con sus compañeros de novena división a tener una práctica con la Primera y, tres días después, saltar a la cancha a nivel profesional en un partido de eliminación.

Dentro de toda la movida de marketing del club, que incluyó el anuncio en entrevistas a los medios a su director técnico, Cristian Fabbiani, una producción de fotos en un pelotero y videos en redes sociales, en esas grabaciones del entrenamiento ya se percibía claramente la diferencia de porte físico con los jugadores del primer equipo, y cómo en algunas jugadas algunos incluso ni se animan a trabarlo para sacarle la pelota.

Apenas Apolonio entró al césped del estadio Presbítero Grella de Paraná, el primer jugador rival con el que quedó emparejado fue Armando Méndez, apodado como “el Hulk uruguayo” por tener uno de los físicos más imponentes del fútbol argentino.

Y es que, sin poner en duda el talento que puede tener el jugador o el futuro que tendrá en el fútbol argentino, hoy hay una cuestión de diferencia física que no solo resulta evidente a simple vista, sino que puede suponer un serio riesgo para su propia carrera profesional y su salud.

Con semejante disparidad de fuerza, apenas un simple choque con el uruguayo (o con cualquiera de los otros futbolistas que hace años entrenan bajo intensidad diariamente) puede convertirse en una grave lesión, en una edad sumamente sensible y clave para la formación del cuerpo, lo que se traduce en la posibilidad de perjudicar toda su trayectoria.

Y… ¿para qué correr ese riesgo? ¿Hacía falta? La excusa del club fue que la prioridad la iba a tener la pelea por el descenso en el torneo local (pese a haber cinco días de descanso entre cada partido y a estar a las puertas de un receso de más de un mes), y que tampoco querían perjudicar a la Tercera que estaba “peleando el campeonato” (cuando en realidad va 9º de 14 equipos y con suerte puede entrar a la próxima fase).

Sin embargo, para el momento del cambio todavía quedaban otros ocho jugadores que podían entrar a disputar esos minutos finales (entre ellos el máximo goleador histórico, Jonathan Herrera), y aún sin contar a los futbolistas supuestamente reservados de las divisiones antes mencionadas, todavía había otras cinco categorías antes (cuarta, quinta, sexta, séptima y octava) de la que poder convocar alternativas.

Sin ninguna lógica deportiva, ¿y si entonces fue solo una movida de marketing? Para abonar a esta teoría, vale recordar la naturaleza de Deportivo Riestra y, particularmente, su relación con una empresa de bebida energizante.

¿Decisión futbolística o de marketing?

En 2014, Riestra militaba en la última categoría del fútbol argentino, en la Primera D. A lo largo de su historia, generalmente siempre osciló entre la D (donde jugó 26 temporadas) y la C (donde jugó 43), llegando incluso a ser desafiliado en 1990.

Todo cambió en 2013, a partir de la llegada al club del abogado Víctor Stinfale, reconocido por representar a Diego Maradona y Carlos Telleldín, entre otras personalidades.

Desde su llegada a la institución, Riestra pasó de jugar en la D a la C (2014) y desde allí por primera vez en su historia a la B Metropolitana (2015), Primera Nacional (2017) y Liga Profesional (2024). Es decir, después de 83 años de oscilar entre las dos categorías más bajas, en apenas diez llegó al fútbol de elite.

A lo largo de cada ascenso, como ocurrió también con otros equipos que hoy están en Primera como Barracas Central, siempre hubo un manto de suspicacia e innumerables fallos arbitrales que favorecieron las prominentes escaladas de estos clubes desde la nada total hasta la máxima categoría.

La llegada de Stinfale se tradujo en influencias y recursos que propiciaron este crecimiento del club, y uno de los aspectos en donde se ve reflejado es en el marketing: Speed es el main sponsor de Riestra desde el 2013 hasta hoy.

La bebida energizante es comercializada por Energy Group, de la que el abogado es dueño, y también se pueden observar otras dos grandes particularidades en su camiseta.

La primera es una que dejaron de utilizar recién en este torneo, y que es que en la parte inferior de la espalda, como si fuera un auspiciante, las camisetas tenían la palabra “IRAK”. No obstante, no se trataba de un sponsor, sino que era el nombre del equipo amateur que Stinfale tenía con sus amigos.

La segunda, y la más notoria, es que Riestra utiliza Adidas a pesar de que la marca alemana no invierte en ellos y no es sponsor técnico, sino que compran las camisetas y las estampan.

Esto último, claramente, responde a una movida marketinera, ya que desde que estaban en el ascenso es un aspecto que resaltaba y llamaba la atención de todos los seguidores del fútbol argentino, debido a que Adidas solamente suele vestir equipos de la elite.

Pero, ¿y qué ganan con eso? ¿No sería mejor conseguir un sponsor técnico real que les pague, como ocurre con los demás equipos? La respuesta es que lo que ganan con esa práctica es notoriedad, y que la rareza termine produciendo que camiseta del club aparezca por todos lados y se comente de ella. Que la camiseta aparezca por todos lados, significa que el sponsor de Speed va a aparecer también por todos lados. Masterclass de marketing.

Dicho esto… ¿qué ganó Riestra con apurar el debut de un futbolista, poniendo en riesgo su físico y su carrera? Precisamente, visibilidad.

La foto y los videos recorrieron todos los portales de Argentina y del mundo, y en los libros de historia de ahora en adelante, junto al nombre de Mateo Apolonio, aparecerá también en la foto la camiseta con la publicidad de Speed al frente y al dorso, para que ninguna cámara se haya quedado sin captarlo.