Por Rubén Alejandro Fraga

“Todos los días le hago los cuernos al diablo, pero cuando llegue la hora del espiche diré: «Bueno muchachos, llegué hasta aquí, me las tomo, sigan ustedes». Si al final… ¿yo qué hice? Tangos. Eso es todo”. La frase pertenece al maestro Osvaldo Pugliese, de cuya muerte se cumplen 24 años este jueves.

Con su proverbial humildad, el troesma se definía a sí mismo como “un trabajador de la música”. Pero fue un músico colosal, tanguero por definición y por mandato.

Eduardo Rafael, periodista de la revista La Maga, pintó así el instante de la partida del maestro: “Una nochecita se las tomó. Dijo: «Muchachos, yo llegué hasta aquí, ahora sigan ustedes». Alguna vez lo había anunciado. La cosa tenía que ser así, y fue. No hubo drama. Fue un pasaje de su vida, nada más. Recién estaba por cumplir los 90 años. La juventud se le escapaba por la yema de los dedos que todos los días se empecinaba en ejercitar sobre las teclas del piano para que los chicos de la orquesta no lo sorprendieran con los «dátiles» duros. Se fue, empilchado como para una milonga. Encanutado en el traje gris con el clavel en el ojal. Flaco y miope como siempre”.

Leyenda porteña, don Osvaldo Pugliese miraba al mundo desde sus lentes culo de botella, irradiando bondad y buena onda con su aire patriarcal. Y ponía en términos sencillos su arte inigualable: “El tango tiene, a mi juicio, una característica que viene de la influencia del folclore pampeano. Esa influencia se refleja a través de un arrastre que en un principio fue aplicado por Julio De Caro y después por Carlos Di Sarli y por mi orquesta. De Caro acentuó la marcación del primero y el tercer tiempo, en algunos casos con arrastre. Nosotros hicimos la combinación de las dos cosas: marcación del primer tiempo y del tercero y el arrastre percusivo que le sucede. Esa combinación de marcación percusiva y de arrastre le da al tango una fuerza que no es posible alcanzar ni siquiera incorporando instrumentos extraños como pueden ser la batería, los pistones o el trombón”.

Ocurre que Pugliese nunca olvidó el consejo que, siendo muy joven, recibió de su padre: “Cuando tocás el tango tenés que mirar los pies de los bailarines. Si ellos te siguen es porque vas bien. Si no, el equivocado sos vos”.
Y lo aplicó durante toda su vida. Su orquesta nació milonguera. La fuerza, las sutilezas rítmicas, la garra, no fueron premeditadas: crecieron como una necesidad que le transmitieron los bailarines.

El estilo Pugliese provocó una explosión de popularidad que alcanzó a todos los integrantes de una orquesta que sumó 56 años de continuidad.

Fue esa popularidad la que llevó a que la noche del 26 de diciembre de 1985 el arrabal porteño entrara en el selecto Teatro Colón de la mano de la música y el corazón de Pugliese (ver el video al final de esta nota).

El repertorio que se interpretó aquella histórica noche fue un paseo por la trayectoria de una orquesta que en esos momentos llevaba 46 años de actividad ininterrumpida. “Esa noche, Pugliese no llenó de público el Colón. El Colón se llenó de hinchas de Pugliese”, escribió un periodista porteño.

Tal vez haya sido por aquello que señaló Jorge Göttling: “El genio que escarba y el genio que construye difícilmente coinciden en una misma persona: Osvaldo Pugliese fue la arista de ese encuentro. Como tanguero fue un suscitador de atmósferas. Como artista, desdeñó la etiqueta intelectual en el propósito de no separarse de lo popular. Nada melló ese corazón chapado a la izquierda. Esa visión ética que presidió su vida se traduce en la admiración que expresan los músicos de todos los géneros que, como prueba de cariño, utilizan su apellido (Pugliese) como talismán antimufa”.

 Humilde, ético, revolucionario

Osvaldo Pedro Pugliese vino al mundo en una casona del barrio porteño de Villa Crespo el sábado 2 de diciembre de 1905, el mismo día en que una leyenda incierta pero extendida sitúa el estreno de “El choclo”, la obra de Ángel Villoldo que despertaría un inagotable fervor popular y lograría singular éxito en el exterior.

Osvaldo se crió en un hogar obrero y melómano: su padre Adolfo era trabajador del calzado y flautista aficionado de la época heroica del tango, y sus dos hermanos mayores siguieron esa tradición instrumental.

La relación de Pugliese con la música comenzó antes de los nueve años con un regalo de su padre, quien le obsequió un violín. Luego fue enviado a un conservatorio del barrio en el cual advirtió que su verdadero instrumento era el piano.Con el tiempo se especializaría con maestros de la talla de Vicente Scaramuzza y Pedro Rubione. Osvaldo tenía apenas 15 años cuando debutó con un trío en un café del barrio llamado “La cueva del Chancho”, ubicado a metros del arroyo Maldonado.

Posteriormente acompañó las películas mudas en los cines de la zona, tocó con Pedro Maffia y pasó por varios conjuntos –entre ellos, un sexteto en el que había un bandoneonista adolescente que prometía: Aníbal Troilo–. Pero la Guerra Civil Española, que estalló en julio de 1936, marcó a Pugliese políticamente. Se hizo comunista y luchó por el Sindicato de Músicos argentinos.

Su militancia, que mantuvo hasta el último día de su vida, le acarreó numerosos inconvenientes en su carrera.

Debut y encierro

Después de un intento fallido, el 18 de agosto de 1939 la orquesta de Pugliese debutó en el café El Nacional de la porteñísima calle Corrientes. El estilo del conjunto seguía la escuela de Julio y Francisco De Caro pero con un ritmo más bailable.

Cinco días antes del debut, el director había tenido uno de sus habituales “veraneos” en la cárcel de Devoto por su militancia.

Esas visitas a prisión se harían más frecuentes durante las décadas del 40 y 50, bajo los dos gobiernos de Juan Domingo Perón.

Persecuciones, cárcel y prohibiciones de distinto tipo estuvieron a la orden del día. Eran épocas en que Pugliese caía preso con frecuencia y sus músicos seguían tocando con un clavel rojo arriba del piano (ver aparte). Se sabe que muchas veces escribió arreglos musicales estando en prisión.

Pero nada de eso hacía mella entre los hinchas de la orquesta que se encargaban de mantener un sistema montado para comunicarse entre ellos y pasarse la información con las fechas y lugares donde se presentaría, información que no salía publicada en ningún lado.

Compositor desde los 15 años, en 1924 Pugliese dio forma definitiva a “Recuerdo”, un mojón histórico en su carrera y uno de los tangos más importantes de la historia.

Pero fue “La Yumba” (1946) el tango revolucionario y precursor de todo el vanguardismo que vino después. En el mismo camino, Pugliese escribió “Negracha” (1948), “Malandraca” (1949), “Don Atilio” (1951) y “Corazoneando” (1958). A los que hay que agregar temas previos como “La Beba” (1934, cuyo nombre original era “Amargura” y Pugliese cambió en honor a su hija, gran pianista y digna continuadora del maestro), y “Adiós Bardi” (1941).

La presencia en su orquesta de músicos del nivel de Osvaldo Ruggero, Enrique Alessio, Jorge Caldara, Mario Demarco, Ismael Spitalnik, Enrique Camerano, Alcides Rossi, Arturo Peñón, Julián Plaza, Daniel Binelli, y Rodolfo Mederos, entre otros, proporcionaron una gran riqueza sonora al conjunto.

Con la incorporación de Roberto Chanel en 1943 la orquesta adquirió un perfil vocal propio, que se acentuaría con el sucesivo agregado de Alberto Morán, Jorge Maciel, Miguel Montero, Jorge Vidal, Alfredo Belusi y Abel Córdoba.

La obra de Pugliese fue registrada en su mayoría en los sellos Odeón y Phillips y ameritó frecuentes reediciones.

Además, fue el primero que se animó a interpretar obras del resistido Astor Piazzolla, junto a quien tocaría en un escenario de Amsterdam, Holanda, una memorable noche de 1989.

Ese mismo año, Sadaic y la Asociación de Coleccionistas de Tango descubrieron una placa en Corrientes 960, al conmemorarse los 50 años del maestro al frente de su orquesta.

Ciudadano ilustre de la ciudad de Buenos Aires, en 1990 recibió también el título de Académico Honorario de la Academia Nacional del Tango.

Tras una breve enfermedad, el martes 25 de julio de 1995 falleció en la ciudad de Buenos Aires.

Dos días antes de su última internación había destruido todo el material musical que tenía inconcluso. Cuentan que era tal la cantidad que con ellos llenó dos bolsas de residuos de las de consorcio.

La empleada doméstica le reveló el hecho a Lidia, la esposa de Osvaldo, quien al pedirle explicaciones recibió esta respuesta: “Para qué los voy a guardar si ya nunca los voy a terminar”.

La leyenda del clavel rojo nació en Rosario. En su libro Memorias de un Lepra (Editorial Amalevi, 2009), Ramón Rosa Roldán da cuenta de la especial relación que existió entre el maestro Osvaldo Pugliese y el Club Atlético Newell’s Old Boys de Rosario.

El autor rememora que, en las décadas del 40 y del 50, el club del Parque de la Independencia solía contratar al maestro para dos presentaciones cada verano y sus actuaciones, exclusivas en Rosario, eran memorables.

Cierta vez, a comienzos de los 50, el maestro debía presentarse a tocar en Newell’s un domingo. Pero fue detenido el jueves anterior por orden del gobierno de Juan Domingo Perón a causa de su filiación comunista, que Pugliese jamás negó, y lo confinaron junto a varios dirigentes de partidos políticos opositores en un barco anclado en el puerto de Buenos Aires.

La subcomisión de fiestas de Newell’s, de la que Roldán era secretario, resolvió que la orquesta actuara igual aun sin su director. “El Negro Luis Mella arrancó con una corta glosa sobre el tango y el piano, al que terminó cerrando, diciendo «el piano está mudo, el piano está preso» y arrojó un clavel rojo sobre su tapa cerrada”. A la vez, Emilio Valcarcel arrancó con los violines que reemplazaron al piano. El cemento tembló con los gritos de las más de cuarenta mil personas que colmaban la pista de baile”, cuenta Roldán en su libro.

Y agrega: “¡Qué noche memorable e inolvidable para los tangueros que pudimos vivirla personalmente! A partir de NOB, cada actuación de la Típica Cooperativa en todos los lugares donde actuaba repetía ese acto de apertura. Hasta que, finalmente, el gran maestro recuperó su libertad, de la que injustamente fuera privado”.

Roldán puntualiza que el club pagó íntegramente a la orquesta típica el contrato que habían pactado, como si Pugliese hubiese tocado aquel piano que quedó mudo. La recaudación, aún sin Pugliese, fue todo un récord para la época.

Ni bien recuperó su libertad, el maestro Pugliese llamó por teléfono a las autoridades leprosas para agradecer el gesto del club de abonar el caché completo de la orquesta sin la presencia de su director. E incluso ofreció a su orquesta para actuar por única vez en carnaval, algo inédito ya que el maestro jamás se alejaba de Capital Federal para esa época del año.