Conviviendo con los muertos: duelos, memorias y vacíos
Convivimos con quienes no están, con sus frases, con cómo nos miraban y nos hablaban, con cómo peleábamos con ellos, con lo que nos hacía reír y también con sus errores y con sus herencias.
- Info general
- Por Javier Del Ponte
- Oct 25, 2026
*Psicólogo – Psicoanalista. Docente en la Facultad de Psicología. Magíster en Salud Mental. Escritor y editor en «Punto Final Ediciones»
Fue una sensación de aire fresco leer en Allouch que el duelo no estriba en la sustitución del objeto, porque tal fantasía de la sustitución implica, en última instancia, un rechazo de la muerte, es decir, un movimiento de renegación de la muerte. ¿Pero es acaso la única vía por la cual la muerte se rechaza? No hablar del muerto, no recordar al muerto en el día de su fallecimiento y en el día de su no-cumpleaños es otro modo de negar al muerto a condición de no hablar de él. Esa misma operación niega, por consecuencia, la muerte.
Quizás habremos escuchado en algún momento la idea de que, ante el fallecimiento del padre o de la madre, el supérstite se casaba nuevamente para darle una figura materna o paterna a los hijos. Ese tipo de operaciones vienen a la fórmula freudiana presente en “Duelo y melancolía” por la cual el imperio de la vida produce efectos en diferentes líneas: el objeto por el que se está de duelo se sustituye rechazando su muerte y el dolor que ella causa desciende a la condición de enfermedad eliminable por ser un obstáculo para la vida y el trabajo. Esto coincide, como dice Allouch, con el rechazo social respecto de la muerte y del dolor que esta produce. “Tenés que estar bien, ya lo vas a superar”.
Pareciera que superar es dejar atrás pretendiendo que aquello por lo que estamos de duelo no tiene el valor suficiente más que para ser desechado y sustituido. Nadie quiere saber nada de la muerte. No se la quiere ver, no se la quiere escuchar. Las familias callan en relación a sus muertos; se piensa en figuras maternas o paternas según lo que falte; se habla de la superación. Hasta tal punto no se quiere saber nada de la pérdida y del dolor que en el afán de mitigar el sufrimiento se busca salir habitando escenas de entretenimiento y disfrute. ¡Como si estar de fiesta o trabajando al día siguiente de la muerte de un ser querido no fuera, sino loco, al menos terriblemente renegatorio! Aquel que evita el luto estando de fiesta percibe, en el mejor de los casos, que eso desentona, advierte la dislocación en la que se encontró. Aunque a veces solo se queda en lo ineficiente que fue la fiesta en relación al dolor. No se trata en absoluto de pretender que alguien se eternice en el dolor, y por supuesto que la conexión con la vida tiene todo su valor, pero muy distinto es el desconocimiento del dolor.
En “Sobre psicoterapia” de 1905, Freud afirmó que el objetivo del tratamiento es “hacer al enfermo capaz de volver a amar y trabajar” y aquello continúa el sentido de “Duelo y melancolía”, de pensar al duelo como un trabajo que culmina en una sustitución que promueve la continuidad de la vida como si no hubiera pérdida en ella.
Si un nuevo objeto de amor puede venir al lugar del anterior entonces nunca hay pérdida o, más bien, renegación de la pérdida. Se sigue como si no la hubiera. Entonces es un vivir sin recordar porque eso hace mal, es una vida que sigue amando y trabajando como si un ser amado nunca hubiera desaparecido. Pero cuando algo se rechaza retorna por otros lugares. De alguna manera los espectros están entre nosotros y su vida y sus recuerdos siguen ahí aunque miremos para otro lado. Se verá, en cada caso, cómo ese rechazo de la muerte retorna en cada paciente, en cada historia y en cada familia.
Recuerdo que cada principios de diciembre el malestar y el malhumor inundaba la casa familiar. Tan repetido era que incluso se esperaba que ocurriera ese fenómeno sin explicación. Era la nube negra que sabíamos que iba a llegar pero no cuándo ni cómo. ¡Como la muerte! Fenómeno que dejó de ocurrir cuando por primera vez en treinta años cenamos un 1 de diciembre por el no-cumpleaños de mi padre. Luego de brindar por él y en su memoria, ese malestar tan incierto y desconcertante que nos habitaba como familia no volvió a aparecer. Habrá sido el precio que se pagó: el retorno inevitable por el silencio sobre su muerte.
Es muy habitual que los pacientes hablen de aquellos objetos que pertenecieron al muerto y con los cuales mantienen una relación curiosamente paradójica: los aprecian, los desean pero, sin embargo, se vuelven inaccesibles. Veremos desfilar en cortejo fúnebre todos los objetos que correspondieron al muerto y ante los cuales, transformados en intocables, los sigue una mirada nostálgica. Aquí sí existe recuerdo del muerto, pero el rechazo de la muerte también ocurre cuando un heredero no acepta su herencia. Los objetos ya no corresponden al muerto porque son objetos de la vida, sin embargo no hay quien los reciba. No se los toca, no se los recibe, porque heredar esos objetos es heredar al muerto a condición de aceptar su muerte.
Hay un cuento de Cortázar que ilustra esta operación. En “El desembarco” el protagonista relata un sueño en el que se encuentra sonriendo hasta las lágrimas por la muerte que, sabe, se confirmará de Luis. No quiere saber nada de esa muerte y en el sueño rechaza la cara ofrecida por el mismo Luis porque esa cara representa tomar su lugar como comandante. Se sonríe por ser el elegido de Luis, porque eso es un signo de amor, pero es hasta las lágrimas porque no puede ni quiere aceptar su muerte.
Duelar es la convivencia con los muertos. Convivimos con quienes no están, con sus frases, con lo que hacían, con cómo nos miraban y nos hablaban, con cómo peleábamos con ellos, con sus historias y con la nuestra con ellos, con sus locuras, con lo que nos hacía reír y también con sus errores y con sus herencias.
Quizás un duelo se consuma, se efectúa, más que en el reemplazo de quien ya no está, en el hecho de que la memoria de aquellos que amamos hagan de borde a los vacíos que nos acompañan. No hay superación de la muerte, hay convivencia con los muertos.
*Psicólogo – Psicoanalista. Docente en la Facultad de Psicología. Magíster en Salud Mental. Escritor y editor en «Punto Final Ediciones»




