El arte de comprender Malvinas: Puerto Egmont, un nudo y un final abierto
En el cuarto capítulo de Memoria Austral, Alejandro Maidana y Juan Facundo Besson acercan la cuarta de las doce patas del león inglés. Cada una de las invasiones son desglosadas minuciosamente a través de profundos análisis.
- Conclusion TV
- Por Alejandro Maidana
- Sep 9, 2025
Junio de 1770 marcó un momento de tensión que, aunque breve en duración, fue prolongadamente decisivo para el mapa geopolítico del Atlántico Sur. La expedición al mando de Juan Ignacio de Madariaga, enviado por el virrey del Río de la Plata Francisco de Paula Bucarelli bajo la Real Orden de Carlos III de 1768, llegó a Puerto Egmont con instrucciones claras: desalojar a los británicos sin provocar un conflicto abierto que escalara a guerra europea.
La guarnición británica, liderada por William Maltby y George Farmer, apenas contaba con 156 hombres, mientras que Madariaga disponía de un contingente de más de mil soldados y 526 tropas escogidas, lo que hacía evidente la imposibilidad de resistir una acción coordinada.
El 10 de junio de 1770, tras intimidaciones y un único cañonazo, los británicos capitularon, entregando el torreón, la batería y el establecimiento, en un gesto que consolidó momentáneamente la soberanía española sobre las islas. Sin embargo, la diplomacia europea intervenía con la misma fuerza que los cañones: el príncipe de Masserano, embajador español en Londres, negoció con el secretario Shelburne un acuerdo que permitiría a los británicos retornar a Puerto Egmont en 1771, mediante la llamada Transacción de Enero de ese año, devolviendo formalmente el asentamiento sin afectar la reclamación española sobre la soberanía, y la promesa de un pronto retiro británico de las islas.
A pesar de este retorno, la permanencia británica estaba condenada al retiro. El 22 de mayo de 1774, siguiendo el mencionado pacto secreto acordado durante las conversaciones diplomáticas de 1771 las fuerzas británicas evacuaron voluntariamente Puerto Egmont, dejando únicamente una placa y una bandera. La decisión respondía a la presión de la crisis económica en Gran Bretaña y a la necesidad de reorganizar fuerzas ante la inminente guerra con sus colonias norteamericanas. España retomó el control efectivo de las islas hasta 1811, cuando la emergencia de las guerras de independencia impuso la evacuación de sus fuerzas.
Este episodio, con sus combinaciones de superioridad militar, negociación diplomática y retirada estratégica, deja en evidencia la compleja interacción entre fuerza y derecho, acción y palabra, en la geopolítica de fines del siglo XVIII. Puerto Egmont se convirtió en un escenario donde los imperios calibraban la intensidad de su poder, sabiendo que un cañonazo, un tratado y una promesa oral podían tener la misma repercusión histórica que años de ocupación formal.
La evacuación británica de 1774, lejos de ser un gesto menor, cimentó precedentes que Argentina invocaría más tarde para fundamentar la continuidad jurídica de la soberanía heredada de España, mientras que Gran Bretaña se reservaba la narrativa de la no renuncia, alimentando un conflicto que continúa vivo en los mapas y en la memoria del Atlántico Sur.





