SáBADO, 20 DE JUN.

Las marcas invisibles del éxodo

En el Día Mundial de las Personas Refugiadas, una crónica desde Calais sobre el desarraigo, la memoria y las heridas que deja la migración forzada.

 

Hay viajes que empiezan mucho antes de poner un pie en el camino. Empiezan con una bomba, con una amenaza, con el hambre, con la certeza de que quedarse también puede ser una forma de morir. Para millones de personas, migrar no es una elección: es el último recurso frente a una vida que se volvió imposible.

Cada 20 de junio se conmemora el Día Mundial de las Personas Refugiadas. La fecha invita a mirar una realidad que muchas veces aparece reducida a cifras, fronteras, campamentos o titulares urgentes. Según ACNUR, a fines de 2024 había más de 123 millones de personas desplazadas forzosamente en el mundo. Pero detrás de cada número hay una vida partida en dos: un lugar que se deja atrás y otro al que todavía no se pertenece.

En 2017 viajé al norte de Francia, a lo que quedaba de la llamada “Jungla de Calais”, uno de los asentamientos de migrantes más grandes de Europa occidental hasta su desmantelamiento en 2016. Allí, donde miles de personas habían intentado cruzar hacia el Reino Unido, quedaban rastros de una ciudad improvisada y de un sueño colectivo: alcanzar un territorio donde poder reconstruir la vida.

Calais no era solamente un punto en el mapa. Era una espera. Una frontera suspendida. Un lugar donde hombres jóvenes, familias y personas solas convivían con el frío, el cansancio, la incertidumbre y la amenaza constante de la expulsión. Muchos venían de países atravesados por guerras, persecuciones, crisis económicas o hambrunas. Habían dejado atrás su casa, su lengua cotidiana, sus afectos, sus costumbres. Pero también cargaban algo más difícil de ver: las marcas internas del éxodo.

De esa experiencia nació el documental Las marcas del éxodo, un trabajo audiovisual que busca acercarse a las consecuencias psicológicas de la migración forzada. Psicólogos, psiquiatras y especialistas ayudan a poner palabras sobre un dolor que muchas veces no encuentra nombre: el desarraigo, la pérdida, el miedo, la soledad, el estrés crónico, la sensación de no pertenecer a ningún lugar.

Uno de los conceptos que atraviesa el documental es el llamado Síndrome de Ulises, una forma de sufrimiento emocional asociada a quienes migran en condiciones extremas. No se trata sólo de extrañar. Es mucho más profundo. Es vivir con la mente dividida entre lo que se perdió y lo que todavía no se alcanza. Es caminar hacia adelante mientras una parte de la vida queda suspendida en otro territorio.

Una de las historias más conmovedoras del documental la cuenta Marie Rose Moro, psiquiatra infantil y referente de la psiquiatría transcultural en Francia. Habla de una madre que, durante todo el recorrido migratorio, cada noche les inventaba una historia a sus pequeños hijos. En cada país que atravesaban aparecía una princesa, un príncipe, una aventura, un paisaje nuevo convertido en cuento. Mientras la familia cruzaba miles de kilómetros escapando de la guerra, ella transformaba el miedo en relato para que sus hijos no vivieran el viaje como una amenaza, sino como una travesía fantástica.

A su lado, su marido no dejaba de llorar. Había logrado salir, pero no había podido sacar de la guerra a toda su familia. Cargaba con la culpa, con la tristeza y con una ausencia que lo acompañaba en silencio.

Cuando finalmente llegaron a Francia, cuando ya estaban a salvo, los hijos recordaban el viaje como una aventura poblada de historias, países, príncipes y princesas. El padre, según el relato, no presentaba mayores dificultades. Pero la madre cayó en una depresión profunda.

Ella había sostenido todo: su propio miedo, su duelo, su cansancio, el dolor de su marido y la infancia de sus hijos. Había convertido el horror en cuento para protegerlos. Había cargado con la guerra, con el exilio y con la responsabilidad de que los demás pudieran seguir adelante.

Ese relato permite comprender que la migración forzada no deja marcas únicamente en el cuerpo que camina o en los pies que cruzan fronteras. También deja huellas en quienes cuidan, en quienes callan, en quienes inventan una historia cada noche para que los niños puedan dormir sin saber del todo el tamaño del abismo que están atravesando.

La migración forzada no termina cuando alguien cruza una frontera. A veces, recién ahí comienza otra forma de dolor. La persona refugiada no sólo debe encontrar un techo, alimento o documentos. También debe reconstruir su identidad en un lugar que muchas veces la mira con sospecha. Debe aprender nuevos códigos, resistir la indiferencia, explicar una y otra vez por qué se fue, por qué llegó, por qué necesita quedarse.

En Calais también nació El reflejo social, un proyecto fotográfico que dialoga directamente con el documental. Si Las marcas del éxodo se detiene en las heridas invisibles de la migración, El reflejo social pregunta qué hacemos nosotros frente a esas heridas: qué miramos, qué decidimos no mirar y qué lugar ocupa la imagen cuando el sufrimiento de otros aparece delante de una cámara.

Durante ese trabajo entendí algo que me acompañó desde entonces: documentar no siempre es mostrar. A veces también es proteger.

Muchos refugiados no querían mostrar sus rostros. No era vergüenza. Era miedo. Una fotografía podía circular, ser encontrada, vincularlos con su paso por el continente europeo y poner en riesgo su solicitud de asilo. Esa posibilidad transformaba por completo el acto fotográfico. La cámara, que muchas veces se piensa como una herramienta de denuncia o visibilización, también podía convertirse en un peligro.

Entonces apareció una pregunta ética que todavía sigue vigente: ¿qué derecho tenemos a mostrar el rostro de alguien si esa imagen puede perjudicarlo? En contextos de extrema vulnerabilidad, una fotografía no es inocente. Puede ayudar a contar una historia, pero también puede exponer a quien ya está expuesto a casi todo.

Por eso muchas imágenes de El reflejo social trabajan con rostros cubiertos, gestos, manos, cuerpos en tránsito, presencias que aparecen y se resguardan al mismo tiempo. No se trataba de ocultar la realidad, sino de encontrar una forma de narrarla sin traicionar a quienes confiaban, aunque fuera apenas por un momento, en la mirada de otro.

La figura del refugiado suele aparecer como una imagen anónima: una multitud caminando, una carpa, una fila, una frontera. Pero nadie es solamente “refugiado”. Antes de esa palabra hubo un oficio, una familia, una infancia, una comida compartida, una canción, una casa, una calle conocida. La condición de refugiado no define a una persona; describe una violencia que la atravesó.

Quizás por eso el Día Mundial de las Personas Refugiadas no debería ser sólo una jornada de sensibilización. Debería ser también una oportunidad para revisar nuestras formas de mirar. Porque muchas veces el problema no es que el sufrimiento esté lejos. El problema es que aprendimos a convivir con él sin sentirnos interpelados.

Las imágenes pueden acercarnos a esas realidades, pero también pueden anestesiarnos si se repiten sin contexto, sin nombre, sin humanidad. El desafío del documental y de la fotografía no es acumular pruebas del dolor ajeno, sino construir una mirada capaz de devolver dignidad.

Hoy vuelvo a pensar en Calais. En los caminos embarrados. En las noches frías. En los voluntarios que repartían comida, abrigo y tiempo. En las personas que esperaban una oportunidad para cruzar. En los rostros que no fotografié. En las historias que quedaron fuera de cuadro.

Vuelvo también a una certeza: nadie abandona su tierra, su lengua, su familia y sus recuerdos por elección. Nadie arriesga su vida en una frontera si no siente que del otro lado puede existir una posibilidad.

El exilio no termina cuando se llega a otro país. A veces continúa en la memoria, en el cuerpo, en los sueños, en la forma de mirar hacia atrás. Las marcas del éxodo no siempre se ven, pero permanecen.

Frente a eso, la imagen puede ser apenas una pequeña herramienta. No alcanza para cambiar el mundo. Pero puede ayudarnos a no mirar hacia otro lado.

Y en tiempos donde tantas vidas son empujadas fuera de sus territorios, tal vez ese sea el primer gesto necesario: volver a mirar. Reconocer al otro no como amenaza, no como cifra, no como extranjero, sino como parte de una misma humanidad.

Porque antes que cualquier bandera, frontera o documento, somos eso: humanos.

 

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