DOMINGO, 08 DE NOV.

¿Viste “Lo dejamos acá” ?… ¡el deseo puede ser tremendo!

Un escritor, un analista, una película y... ¿cuanto de realidad? La columna de esta semana del psicoanalista Javier Del Ponte hace un juego de roles y se atreve a ir más allá.

Ví “Lo dejamos acá” y encontré algo que me pareció fascinante. Es más, creo que eso que encontré, que fue más bien una ocurrencia, se acercó a la película con un efecto de ajenidad y de distancia que, a su vez, me permitió verla y disfrutar como espectador, evitando esa sintonía entre la profesión del protagonista y mi propia práctica. Pero ya voy a volver sobre esto.

Lo que me interesa es poder marcar diferentes vías por las que se podría hacer alguna interpretación de esta película. La más evidente de estas es tomar la problemática del bien, es decir, un análisis del film por la cuestión ética (aunque creo que esto sería tomarla demasiado en serio). Por supuesto que el analista no tiene por qué suponer un bien preconcebido respecto de su paciente, y si lo hace, proviene de su propia fantasmática, de sus ideales o prejuicios sobre un bienestar. Eso derivaría en un trabajo de readaptación o condicionamiento de lo que creemos que está trastornado, enfermo o loco en relación a lo que se consideraría sano. ¿Desde qué lugar diríamos que lo mejor para alguien sería tal o cual cosa?

Podemos también tomarla por otra línea, que tiene que ver con la diferencia entre la demanda y el deseo, que la podemos traducir rápidamente como la diferencia radical entre el motivo de consulta con el que alguien llega y su genuino asunto de análisis que se construye en el curso de las sesiones. Ahí está una de las grandes maravillas del psicoanálisis: cuando el motivo que acercó a alguien a un analista desaparece y el trabajo de análisis comienza a bordear las zonas tormentosas del deseo, o lo angustiante que puede ser darle cauce deseante a la vida.

Ambas líneas son válidas y fructíferas, pero me gustaría ir por otro camino. En este caso tiene que ver con el nivel o la dimensión sobre la que se armó la ficción, y fue desde ahí que pude entrar con esa suerte de distancia y de ajenidad que me permitió disfrutarla como la sátira que es.

Tuve una ocurrencia: que la película se construyó sobre una ensoñación, es decir, una fantasía. Imagínense una situación en la que un psicoanalista, después de atender, se queda absolutamente dormido; mejor aún, se queda dormido después de una jornada frustrante de trabajo. Los ojos le pesan mientras las quejas y las demandas de los pacientes respecto de lo que anhelan en la vida y lo que no pueden hacer se traspasa a su propio cuerpo como impotencia a la que acompañan algunos pensamientos: “¿Qué estaré haciendo mal? ¿Qué más faltaría por hacer…?”.

Esa ensoñación, esa fantasía, sostenida sobre la base de la frustración, es desde donde se construyó la película, su basamento satírico. Porque efectivamente tenemos a un psicoanalista frustrado por los efectos que no se producen y los movimientos que no acontecen dentro de los trabajos de análisis que acompaña. Y es ahí que, a partir de esa frustración y sostenida en ese sentimiento, se edifica la fantasía de realizar por mano propia lo que se cree que finalmente resolvería los problemas de los pacientes y los haría felices.

Diría lo siguiente: si existe esa frustración en el protagonista, y efectivamente la hay, es porque se considera responsable por los actos, las decisiones y los movimientos de los pacientes en relación a su propia vida. Esa frustración tiene un doblez, otra cara, y es aquella que quien la siente como efecto cree que debe y, fundamentalmente que puede, hacerse responsable por esos actos, decisiones, elecciones o movimientos de los pacientes. La frustración sería entonces una traducción de la creencia de que uno puede y debe poder, porque además sabe muy bien qué es lo mejor para el otro.

Alerta de spoiler

Recordemos el caso de esa paciente que se queja de su madre, de esa madre exigente, un tanto autoritaria y denigrante ante la cual se siente humillada y, por supuesto, de la que no se puede reconocer ningún acto de amor. El protagonista decide, a condición de la confianza ciega de la paciente -hermosa figura- forzar la confrontación con la madre y hasta escribir por ella lo que habría de decirse. Sabemos lo que ocurre: la paciente cuenta que la familia entera le dio la espalda, se siente completamente sola y decide dejar las sesiones. ¿Acaso no podríamos suponer que había un saber no sabido de lo que podría suceder si se la confrontaba a la matriarca? Quizás la paciente sabía inconscientemente que quejarse de la madre era una manera de sostener (y pagar, por supuesto) no el vínculo con su madre sino con el resto de la familia. Quizás, advertir eso, podría haber producido una variación de la relación de la paciente con el desprecio materno. Entonces, lo que se decía explícitamente y lo que aparentaba ser la solución al problema no eran ni el problema ni la solución. Conjeturo: la queja ante el desprecio materno era la manera de sostener -y el sacrificio necesario- el vínculo con la familia. La confrontación, lejos de solucionar, disuelve, desfilia, y la soledad se volvió aún más sufriente.

Fin del spoiler

Sería conveniente que el analista pueda tomar distancia y asumir que el acto, la decisión y la elección por la vida, corresponden a los pacientes, que eso tiene que ver con elecciones de vida y que el analista está ahí para acompañar hasta el punto exacto en donde el otro decide. Pero decidir solo es posible a condición de que el trabajo de análisis lo ponga en la verdadera escena trágica de la que se trata. Asumir que el acto siempre le corresponde al paciente, permite tomar distancia y por ello se podría decir que también se estaría a una relativa prevención de la frustración.

El protagonista cree que todo lo puede y que todo lo debe con sus pacientes, y su fantasía es producto de su frustración; y por ella le arrebata a los pacientes la posibilidad de realizar un acto, el acto más angustioso y deseante que estaba inhibido.

¿Acaso no se les ocurrió que ese bloqueo de escritura por el que pasaba Martín podría ser un síntoma por el cual se le dijera que no a la escritura sin poder, efectivamente, decirle que no a la escritura? ¿Y si Martín deseaba dejar de escribir sin poder hacerlo por sentirse demandado a cumplir esa expectativa como un imperativo inapelable? ¡El deseo puede ser tremendo!

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