LUNES, 29 DE JUN.

Mi padre gritó ese gol

Yo no lo recuerdo: tenía tres años. Pero hoy, al mirar a Messi junto a mi hija Luisa, entiendo que algunas celebraciones se heredan incluso cuando falta quien las empezó.

El 22 de junio de 1986 yo tenía tres años.

No recuerdo el partido. No recuerdo la mano de Maradona ni la corrida que dejó ingleses atrás, uno por uno, sobre el césped del Azteca. No recuerdo el grito de Víctor Hugo Morales. No recuerdo el miedo de los últimos minutos, cuando Gary Lineker descontó y el partido pareció estirarse para siempre.

No tengo memoria propia de esa tarde.

Pero sé que mi padre gritó ese gol.

Alberto seguramente estaba frente a un televisor, como tantos argentinos. Quizás había alguien a su lado. Quizás una radio sonaba en otra habitación. Quizás golpeó la mesa con las manos, abrazó a quien tenía cerca o salió a la vereda para escuchar cómo el barrio entero se llenaba de voces. No lo sé. Yo tenía tres años. Pero puedo imaginarlo.

Cuatro años antes, la guerra de Malvinas había dejado 649 argentinos muertos y un país atravesado por una derrota que no podía acomodarse en ninguna palabra. Había familias esperando nombres, noticias, cuerpos. Había madres, padres, hermanos, amigos. Había jóvenes que habían vuelto distintos o que no habían vuelto. Y estaba el silencio posterior, el de una dictadura que había mandado a pelear una guerra y después había dejado a muchos de esos pibes a la intemperie de la memoria.

Ningún partido de fútbol podía reparar eso.

Ningún gol podía devolver a los muertos.

Pero el 22 de junio de 1986, cuando Argentina enfrentó a Inglaterra por los cuartos de final del Mundial de México, esa herida estaba ahí. No entró al estadio con uniforme ni con discursos. Entró en las banderas, en la rivalidad, en los televisores encendidos de un país que todavía tenía demasiado dolor acumulado.

El primer tiempo terminó sin goles. Inglaterra perseguía a Maradona, lo rodeaba, lo golpeaba. Argentina jugaba, pero no encontraba el modo de abrir el partido.

Hasta que llegaron esos cuatro minutos que todavía parecen no haber terminado.

A los pocos minutos del segundo tiempo, la pelota quedó elevada en el área inglesa. Peter Shilton salió a buscarla. Maradona saltó frente al arquero y la tocó con el puño izquierdo. El árbitro no lo vio. El asistente no levantó la bandera. Gol.

Los ingleses protestaron. Maradona festejó.

Tiempo después, él mismo diría que aquel tanto tuvo algo de revancha simbólica. No una revancha real: ninguna jugada puede reemplazar una guerra, ni un resultado puede reparar una tragedia. Pero en ese gesto mínimo, ilegal y pícaro, millones encontraron una descarga.

Cuatro minutos después, Maradona hizo algo que todavía cuesta explicar.

Recibió la pelota detrás de la mitad de la cancha. Dejó atrás a Beardsley, a Reid, a Butcher, a Fenwick. Volvió a dejar atrás a Butcher. Llegó al área, engañó a Shilton y definió de zurda.

Entonces el fútbol dejó de ser solamente fútbol.

Víctor Hugo Morales lo gritó como si estuviera intentando nombrar algo que no entraba en ninguna palabra: “Barrilete cósmico”. Y quizás eso fue Maradona durante esos segundos: un jugador de otro planeta, sí, pero también un hombre demasiado argentino, demasiado nuestro, corriendo con una pelota pegada al pie y con una multitud de fantasmas detrás.

Argentina ganó 2 a 1. Después vendrían Bélgica, Alemania y la Copa del Mundo. Pero para muchos, el torneo quedó encerrado para siempre en aquella tarde contra Inglaterra.

Yo no recuerdo nada de eso.

No recuerdo el Azteca. No recuerdo a Maradona. No recuerdo la cara de mi padre mientras la pelota entraba en el arco inglés.

Pero ahora entiendo que algo de esa tarde también me pertenece.

No porque la haya vivido de manera consciente, sino porque crecí dentro de su eco. En las imágenes repetidas. En las discusiones familiares. En las voces de quienes contaban dónde estaban cuando Diego hizo esos goles. En la forma en que el fútbol, en la Argentina, deja de ser solamente un juego y se vuelve una manera de recordar.

Hoy Alberto ya no está.

Y cuando juega Argentina, su ausencia también se sienta con nosotros.

Este Mundial me encuentra mirando a Messi junto a Luisa, que tiene tres años. La misma edad que yo tenía en México 86. La miro cuando empieza el partido y pienso que quizá ella tampoco recuerde estas tardes cuando sea grande. Tal vez no sepa contra quién jugaba Argentina. Tal vez no recuerde una formación, un resultado o un gol.

Pero tal vez recuerde otra cosa.

El sobresalto de los adultos cuando la pelota se acerca al área. La casa que de golpe se pone de pie. El abrazo. La alegría. Mi voz mezclada con otras voces. El modo en que una nena mira a los grandes festejar antes de entender exactamente qué se está festejando.

Y pienso en Alberto.

Pienso que, seguramente, en 1986 él estaba haciendo algo parecido: gritando a Maradona mientras yo estaba cerca, demasiado chico para comprender el partido, pero lo bastante cerca como para que ese grito se me quedara guardado en alguna parte.

Ahora me toca estar del otro lado.

Me toca gritar a Messi con Luisa cerca. Me toca descubrir que algunas pasiones no se explican: se transmiten. No pasan solamente a través de los relatos o de las fotos. Se heredan en el cuerpo. En una garganta que se rompe. En una mano que busca otra mano. En el abrazo después de un gol.

Hay gritos que nacen del dolor más profundo. Los gritos de quienes perdieron a alguien en Malvinas. Los gritos de quienes esperaron y no volvieron a ver. Los gritos que ninguna victoria deportiva puede callar.

Y hay gritos de gol.

No son el mismo grito. No deberían confundirse.

Pero a veces, en la memoria de un país, pueden rozarse.

Aquel 22 de junio, Argentina no ganó una guerra. Ganó un partido de fútbol. Uno inolvidable, sí. Uno cargado de historia, de bronca y de belleza. Pero un partido al fin.

Sin embargo, para quienes lo vivieron, hubo algo más: un desahogo colectivo después de años de dolor, silencio y derrota.

Cuarenta años después, yo no puedo preguntarle a Alberto cómo gritó ese gol.

Pero cuando Messi encara y Luisa me mira de reojo, cuando la casa se llena de nervios y una pelota parece acercarse al destino, siento que mi padre sigue ahí.

En la voz que me sale sin pensar.

En el abrazo que busco.

En el grito que vuelve.

Porque algunas celebraciones se heredan incluso cuando falta quien las empezó.

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