Siete años sin Osvaldo Bayer, la memoria que sigue irritando al poder
Partero de las incómodas historias no oficiales, e inquietante y sigiloso investigador de innumerables gestas obreras, el “alemán” sigue escribiendo capítulos desde la editorial eternidad. "El periodismo debe ser un canal para que las voces oprimidas encuentren un eco y un espacio en la sociedad, sobre todo en épocas de censura y represión", supo enfatizar una y otra vez.
- Info general
- Por Alejandro Maidana
- Dic 24, 2025
Si es Bayer, es bueno. Sin duda alguna esta publicidad de un poderoso laboratorio podría despertar un acalorado debate, o un posicionamiento radicalmente opuesto a esa aseveración. Pero si existe alguien que puede poner mayoritariamente las cosas en orden cuando se busca resaltar la figura de lo bueno, ese sin titubeos es el maestro Osvaldo Bayer.
Nacido en Humboldt un 18 de febrero de 1927, el historiador, escritor, periodista, profesor y militante político anarquista argentino, vivió en Buenos Aires y tuvo domicilio en Berlín, ciudad europea donde se exilió antes de la última dictadura de Argentina (1976-1983). «No hay democracia mientras haya villas miserias. Cantamos en el himno nacional ‘ved el trono a la noble igualdad / libertad, libertad, libertad’. Llegar a la igualdad en libertad. ¿Qué hemos hecho? ¿Qué igualdad es esa, con villas miserias y gente sin trabajo?», sostenía una y otra vez el “alemán”.
Redoblando la apuesta, y redefiniendo una y otra vez la acción democrática, Bayer siempre que era consultado por el acto electoral, expresaba que “democracia no es ir cada 2 o 4 años a poner un papelito dentro de una urna, democracia es luchar en las calles por la dignidad”. Aquel que acuñó los estoicos relatos de los trabajadores de la Patagonia Trágica, y que no dudó en denunciar el latifundio, la explotación y la corrupción en todas sus ramificaciones, daría una nueva muestra de coherencia y compromiso con sus ideas.
De 1952 a 1956 estudió Historia en la Universidad de Hamburgo, y de regreso a la Argentina se dedicó a la historia, al periodismo, al sindicalismo, al gremialismo, a la investigación de la historia de la Argentina, a la escritura, a la literatura y a escribir guiones cinematográficos. Trabajó en los diarios Noticias Gráficas, en el Esquel, de la ciudad homónima de la Patagonia, y en Clarín, donde fue secretario de Redacción.
En 1958, fundó La Chispa, al que denominó «el primer periódico independiente de la Patagonia«. Un año después, fue acusado de difundir información estratégica en un punto fronterizo, y fue obligado por la Gendarmería, a punta de pistola, a abandonar Esquel. Luego, de 1959 a 1962, fue secretario general del Sindicato de Prensa.
Osvaldo no descansó en la reivindicación permanente de los derechos ancestrales de los pueblos indígenas. Se animó a interpelar profundamente la imagen de Julio Argentino en su genocida campaña del único “desierto” ocupado, incluso, en 1963, en la biblioteca popular de Rauch, sugirió que se impulsara un plebiscito para cambiar el nombre de Federico Rauch por el de Arbolito, apodo del ranquel Nicasio Maciel, quien diera muerte al coronel prusiano. Esta acción y valoración, desembocó en su detención y posterior encarcelamiento una vez regresado a Buenos Aires. Ofuscado, Juan Enrique Rauch, ministro del Interior de la dictadura, y bisnieto de Federico, lo envió a la cárcel de mujeres de la calle Riobamba por 62 días.
Desde la Patagonia Rebelde a La ChIsPa, pasando por la vida de Severino Di Giovanni y de las madres de Plaza de Mayo, también tuvieron sus obras El Exilio y el Fútbol Argentino. Pero claro, resulta ingrato detallar solo algunos trabajos y prescindir del nombramiento de tantos otros. El “alemán” significó y significa para estas tierras, la rebeldía, la coherencia, la valentía y la dignidad al servicio de las mayorías explotadas, castigadas y desvalidas. Una pluma, una voz, un cuerpo utilizado como ariete contrahegemónico, una vida al servicio de los sin voz.
Ya cansado de tantas “tropelías”, y a sabiendas de que el legado estaba cubierto por un sinfín de estoicas luchas en defensa de la dignidad humana, Osvaldo terminó sus días en barrio Belgrano. En su casa, definida por el mismo como “el tugurio”, recibió la vista hasta el último suspiro, de quién deseaba pasar a saludarlo, un verdadero espacio de resistencia a puertas abiertas. Eligió casi caprichosamente “tomarse el palo” de este plano un 24 de diciembre, una fecha para poder jugar desde lo histórico y aplicar una filosofía de vuelo rasante.
Siempre resulta interesante acercar esas “casualidades” que nos permiten tejer paralelismos, ya que el 24 de diciembre para la “canallada”, para los hinchas de Rosario Central, es una fecha marcada a fuego. Un día como hoy, pero de 1889 y entre obreros ferroviarios, se fundaría uno de los clubes más antiguos del interior del país. Bayer nunca ocultó su amor por los colores azules y amarillos, quizás por ello de lo antojadizo de abrazarse a la eternidad en una fecha tan especial.
Desde otra perspectiva, el día elegido para el paso a la inmortalidad, podría estar emparentado con la nochebuena cristiana. Y sí, como no emparentar el camino del cristo obrero con el del alemán, si ambos dedicaron sus vidas en pos de abrazar las causas de quienes fueron barridos hacia los márgenes de una historia escrita con una pluma supremacista ¿A Bayer lo hubiese incomodado esta comparación? Quizás, pero me permito dudar, ya que, a lo largo de la historia de la humanidad, el dolor por la cicatriz ajena pudo haber cambiado de nombres y contextos, pero jamás de su finalidad.
Para Osvaldo Bayer, el periodismo significó siempre una concreta herramienta de equilibrio social, un arma de denuncia y critica masiva al yunque de los poderosos. Para Bayer la profesión siempre tuvo un horizonte claro, sostenía que los poderosos ven en los ideales una amenaza, que la memoria es el único camino que lleva a la justicia y que el periodismo es la voz de los sin voz. Este debe ser un canal para que las voces oprimidas encuentren un eco y un espacio en la sociedad, sobre todo en épocas de censura y represión. Continuar con su legado es una obligación en tiempos donde los predicadores del odio y el dolor, buscan consolidar su hegemonía. Se trataría de una honrosa manera de recordar a Osvaldo, el Bayer bueno.

