DOMINGO, 19 DE JUL.

Haití: el fracaso de las élites y la tragedia de una nación abandonada

El paralelismo con la guerra en Ucrania puede parecer atrevido, pero es revelador. Allá se trata de un conflicto entre dos naciones. En Haití, la guerra es interna en su ejecución, pero responde a intereses externos.

Por Kesner Jean Mary*

Haití se desmorona ante nuestros ojos mientras el mundo guarda un silencio inquietante. El país atraviesa una crisis de una profundidad sin precedentes, marcada por la desaparición de sus élites políticas, el colapso del tejido social y la incapacidad estructural del Estado para ejercer sus funciones más básicas.

Sin embargo, esta situación no es fruto de un derrumbe súbito, sino de un proceso largo y doloroso de descomposición, facilitado y luego ignorado por aquellos que en su momento se presentaron como portadores de esperanza.

Ayer eran omnipresentes: figuras mediáticas encendidas, críticos incansables del sistema, autoproclamados arquitectos del cambio. Hoy, esos mismos actores ocupan posiciones de poder, pero frente a la urgencia nacional han optado por el mutismo. Han desaparecido del debate público, dejando a la población sola frente al caos.

La realidad de Haití es la de un Estado fallido. La inseguridad generalizada no es una desviación aislada, sino el resultado de un sistema alimentado de forma deliberada, que ahora escapa a todo control. Los grupos armados dictan su ley en gran parte del territorio, reemplazando a un Estado ausente, con una violencia sistemática que paraliza la vida cotidiana.

Podríamos pensar que se trata de otra crisis más en la historia haitiana. Pero lo que hoy ocurre en Haití supera los marcos tradicionales de la inestabilidad política. Se trata de una guerra de desgaste social, no declarada pero profundamente destructiva: asesinatos, violaciones masivas, desplazamientos forzados, destrucción de la estructura familiar. Mujeres, niñas, niños e incluso religiosas son víctimas de atrocidades indescriptibles.

El paralelismo con la guerra en Ucrania puede parecer atrevido, pero es revelador. Allá se trata de un conflicto entre dos naciones. En Haití, la guerra es interna en su ejecución, pero responde a intereses externos.

Actores locales alimentan una crisis que favorece a lógicas geopolíticas y económicas ajenas al bien común del pueblo haitiano. Y en este juego macabro, la población es la única sacrificada.

Mientras tanto, las instituciones nacionales junto a una fuerza multinacional que no logra impactor permanecen inactivas. La impunidad es absoluta. El dolor es diario. Los gritos de auxilio se diluyen entre disparos y cenizas.

Pero el colapso haitiano no es solo un drama humanitario. Representa también una amenaza directa para la seguridad de toda la región. Un Estado fallido en el corazón del Caribe implica flujos migratorios descontrolados, redes de tráfico, inestabilidad económica. La indiferencia hacia Haití es un riesgo compartido para todo el continente.

¿Qué queda, entonces? Una llama frágil pero viva: la de un pueblo cuya historia está hecha de resistencia y dignidad. Haití sangra, pero no se rinde. Su clamor no es una queja resignada, es una interpelación política, un llamado urgente a la solidaridad concreta.

La comunidad internacional, y especialmente los países del continente, deben escuchar ese llamado. No con declaraciones diplomáticas vacías, sino con estrategias firmes, respetuosas de la soberanía haitiana, orientadas a soluciones duraderas.

La historia juzgará con dureza a quienes, por cálculo o indiferencia, hayan dado la espalda a esta tragedia. Haití no necesita compasión; necesita acción decidida, urgente y solidaria. Porque aún hay esperanza, y esa esperanza exige manos valientes que la levanten.

 

 

*Politólogo

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