LUNES, 20 DE JUL.
Entrevista

Carolina Boetti, autora de ‘Ese es tu nombre’: «Vivíamos constantemente en peligro, porque era una sociedad que nos llevaba a vivir así»

Carolina Boetti es la primera mujer trans en recibir una reparación histórica por parte del Gobierno de Santa Fe, por haber sido perseguida por su condición sexual durante la dictadura cívico militar. Tras presentar su biografía en la Feria Internacional del Libro, dialogó con Conclusión y contó parte de su historia.

«Nadie puede reparar todo el daño infligido a nuestro colectivo. Las cicatrices visibles e invisibles que nos dejaron nos marcaron para siempre».

Carolina Boetti, autora de «Ese es tu nombre»

Por una cuestión administrativa, como ella misma afirma, Carolina Boetti fue la primera mujer trans en recibir de parte del Gobierno de Santa Fe una reparación histórica por haber sido perseguida por su condición sexual durante la dictadura cívico militar. Así lo cuenta en el libro «Ese es tu nombre», presentado recientemente en la Feria Internacional del Libro de Rosario hace unos días y que tendrá otra presentación este viernes 7 de noviembre, en el Centro Cultural La Toma.

Por supuesto que Carolina no reniega en absoluto de esa reparación, todo lo contrario. «Ese día, del año 2018 éramos 12 chicas recibiendo la reparación. Y lo que significó para nuestro colectivo, para las mujeres trans adultas que hemos pasado muchas cosas en ese periodo de la dictadura, fue como un bálsamo. Más allá de la cuestión económica, que nos dio una vida más digna, porque muchas de nuestras compañeras estaban en un estado en el que ya no podían trabajar, algunas enfermas,  entonces nos dio la oportunidad de poder pagar un alquiler, de comer todos los días y de tener una obra social. Eso fue algo maravilloso para nuestra comunidad, pero el daño infligido no lo van a reparar nunca, porque las cicatrices siguen ahí».

En entrevista con Conclusión, Carolina contó parte de su historia, esa historia que relata en su autobiografía y que recorre no sólo los últimos años de la dictadura y las persecuciones contra el colectivo del que es parte, sino también, la pos dictadura y los estragos que sufrieron a partir de los edictos policiales, que tipificaban su elección sexual como un delito y que las llevaba a los calabozos día tras día, donde eran humilladas, golpeadas, maltratados y violadas y a los que sobrevivieron a duras penas

«La primera vez que caí detenida fue en 1979, cuando tenía 15 años. Estaba en la plaza Pinasco, que en la actualidad es la plaza Montenegro, estaba con un amigo en ese momento, que ahora es mi amiga, Lali Rolón. Éramos muy chiquitas, en la plaza había como una  fuente en el medio y estábamos sentadas ahí. De improviso, llegó una persona mayor con tres hombres, que nos pidieron documentos, se los dimos y nos dijeron los teníamos que acompañar. Yo había salido de la escuela porque en ese momento estudiaba de noche, y me llevaron con las carpetas del colegio a la comisaría 2ª, esa fue la primera vez que entré a una comisaría. No me lo voy a olvidar nunca, porque ese olor que se siente cuando uno entra por primera vez a un calabozo y todo lo que conlleva después, el maltrato, las risas, las humillaciones. El policía nos decía que nos iban a meter con los presos comunes. Son cosas que uno no se puede olvidar nunca, aparte tan chiquita, tenía quince años, no sabía absolutamente nada de todo eso».

Carolina recuerda que esa noche la fue a buscar su padrastro, y el policía le dijo que la habían detenido por homosexual. «Mi padrastro me dio una cachetada adelante del policía, humillación tras humillación, porque encima pasé toda la noche encarcelada. Después tuve que confrontar a mi familia, fue muy triste y muy feo, y ahí empezaron los problemas en mi casa».

En su relato se cuela la nostalgia, el dolor y los rastros del rechazo permanente. «Me hecharon de la escuela, yo estaba cursando terecer año y usaba una crema para el acné, que parecía maquillaje. Y una profesora de literatura me mandó al baño a lavarme la carar y recogerme el pelo, con una forma muy fascista y autoritaria. Y yo me negué, así que me hicieron retirar del establecimiento y le mandaron una carta a mi familia explicando por qué no podía volver».»Yo igualmente era muy rebelde, con la edad que tenía, afrontaba las normas autoritarias del momento y eso tuvo su precio».

Una situación similar vivió con su trabajo, en el Club Español, de donde fue expulsada «porque según los dueños o los encargados, la gente se quejó por mi manera de ser, porque era muy amanerada y muy femenina para para estar ahí». «Y también me expulsan de mi casa, porque mi familia tampoco me aceptaba en ese momento. Mi adolescencia fue muy fea, la pasé muy mal porque tenía todo en contra, y era todo por descubrir, en ese momento no sabía absolutamente nada, creía que era la única persona en el mundo que se sentía distinta, hasta que después empecé a conocer compañeras como yo».

La persecución sufrida por el colectivo LGBTQI+ fue tan compleja en dictadura como en democracia. Gracias a los tristemente célebres «edictos policiales», ser gay, travesti o transexual era un delito peligroso y quiénes lo fueran estaban condenados a una persecución permanente. «Hasta el 2010 estuvieron vigentes los edictos policiales por los que nos detenían. No hubo democracia para nosotras. Yo pertenezco al Archivo de la Memoria a Travesti-Trans de la provincia de Santa Fe y hemos descubierto, haciendo una investigación, que la división policial que se llamaba Moralidad Pública, nació en 1929 y recién se derogó en el 2010, casi 100 años de persecución a nuestro colectivo».

«Siempre fue dictadura, no hubo democracia hasta que empezaron las leyes a cambiar después del 2010, después del Matrimonio Igualitario, la Ley de Identidad de Género, el cupo laboral trans, ahí las cosas empezaron a cambiar un poquito».

Vivir constantemente en peligro, sobrevivir en comunidad

Tal como cuenta en «Ese es tu nombre», los años que siguieron al advenimiento de la democracia no representaron ningún alivio, ni para ella, ni para sus compañeras, que eran un grupo del alrededor de 40 del cual sólo sobreviven, en la actualidad, unas 10. Sólo les quedó unirse y hacerse fuertes para sobrevivir.

«No teníamos otra alternativa que unirnos, éramos una comunidad muy fuerte en esos años, nos ayudábamos y nos contemplábamos entre nosotras mismas. Primero porque vivíamos en pensiones, no nos alquilaban casa o departamento porque no teníamos trabajo. Si nos aceptaban en una pensión, nos cobraban dos o tres veces más caro de lo que salía realmente la pieza. Llegaba una, a la semana llevaba a la amiga, a los quince días llegaba  otra y al mes, le copábamos la pensión y terminábamos viviendo en comunidad,  eso nos ayudó mucho a resistir. Cuando estábamos detenidas éramos como una familia, estábamos todo el tiempo juntas, ya sea en la calle trabajando o adentro de un calabozo».

El relato del libro, y el que hace Carolina en persona es crudo, pero sin dramatismos excesivos ni golpes bajos, una de las principales virtudes de su obra. «Salíamos a la calle y no sabíamos si íbamos a volver. Y si la poca plata que podíamos llegar a hacer, la policía te la sacaba, porque arreglábamos con ellos para que no nos lleven detenidas. «Era una sociedad muy hipócrita, porque nos mandaban a pararnos en una esquina para prostituirnos y nos consumían. Después tuve la oportunidad de ir a trabajar a Flores (Buenos Aires) y me pareció algo increíble, me paraba en una esquina donde eran autos que giraban todo el tiempo, me llamó la atención cómo se consumía y, a la vez, estábamos totalmente señaladas como lo peor de la sociedad».

En la provincia de Santa Fe correspondían hasta 120 días de arrestos por la violación de los edictos policiales, una legislación sumamente severa. En Buenos Aires, tal vez por su tamaño y densidad de población, era un poco más relajado.

«Acá sabían dónde vivíamos, nos rastreaban en todos lados, nos sacaban de los boliches, de los restaurantes, de todos lados, en cambio en Buenos Aires podías pasar más desapercibida. Después terminé trabajando en un boliche que se llamaba Confusión, ahí el dueño le pagaba a la policía para que no nos moleste. Ahí trabajábamos con Cris Miró, que hacía espectáculos todas las noches. También estaba Carmen Barbieri, Mariquita Gallego, un montón de artistas, era en la época de los años 90, al inicio, y eso era como una especie de café concert, era un boliche con un escenario donde había chicas que trabajábamos, atendíamos a los clientes, éramos mozas pero también hacíamos espectáculos», relata Boetti sobre aquellos años

Y prosigue: «Vivíamos constantemente en peligro, porque era una sociedad que nos llevaba a vivir en ese estado. En el libro cuento cómo golpearon a su amiga Marcia en la cárcel. «De la nada la llamaron por el apellido, ella se acercó a la puerta de la celda y un preso la agarró de los pelos y le empezó a dar la cabeza contra los barrotes de la cárcel y la desfiguró, porque le rompió la nariz. En la cárcel pasaban muchas cosas feas, la policía entraba a las 6 de la mañana, cuando cambiaba la guardia, y empezaban a gritar ‘Arriba los torcidos’, nos desnudaban y nos ponían contra la pared, nos hacían las famosas requisas, ya desde la mañana temprano nos humillaban. Sufríamos muchas cosas tremendas, porque teníamos que transar o con la policía o con algún preso que pisaba fuerte para conseguir un pedazo de carne, o un cigarrillo o un jabón para lavarnos. Hemos pasado muchas cosas en ese lugar que llamaban el ‘Pico H’, que era el pabellón de homosexuales».

Otro momento que refleja con claridad cómo la democracia no había llegado para las disidencias sexuales en las décadas de 1990 y 2000, es cuando, con total impunidad, una jueza las obliga a abandonar un restaurante porque «no podían estar en el mismo lugar que ella».

«Un día fuimos a almorzar con mi amiga Laura,  salimos de la pensión y nos fuimos a almorzar al restaurante del Hotel Imperio. Entramos, nos sentamos cerca de la ventana, llamamos al mozo, pedimos de comer y cuando nos trajeron la comida, a los cinco minutos, se nos apareció de repente la Jueza de Faltas, la doctora Liliana Puccio, que era una mujer muy llamativa porque era alta, rubia, y nos dijo que nos teníamos que retirar del lugar porque donde estaba ella nosotras no podíamos estar y, si no lo hacíamos, iba a llamar la fuerza pública para que nos detenga. Quedamos con la comida atragantada, era la misma jueza que nos condenaba a 120 días de arresto. Entonces tuvimos que llamar al mozo, pagar y retirarnos del lugar sin haber terminado de consumir. Esas humillaciones eran constantes».

«Creo que a la libertad la conocí cuando me autoexilié a Italia, por primera vez pude caminar tranquila, sin el temor que la policía me detenga, pude sentarme en una plaza a disfrutar el sol, pude ir a un cine. A mí Italia me dio la libertad que acá no tenía».

Sin embargo, según recuerda Carolina, eso no duró tanto como hubiera querido. Todavía estaba en Italia cuando ganó las elecciones Silvio Berlusconi en 1994. Era un magnate de los medios televisivos y empezaron a cambiar las leyes. «Antes de él, la policía no nos molestaba, solamente nos podía documentos cuando estábamos trabajando en la zona, pero era una cuestión de que si estábamos legal o ilegales. Al inicio podíamos trabajar tranquilamente, no nos perseguían tanto, pero cuando cambió el gobierno empezó a ser más severa la situación. Una noche nos agarraron a todas en una redada, nos llevaron detenidas y nos invitaron a que las que estábamos ilegales dejemos el país en 15 días y, si no lo hacíamos, quedábamos totalmente ilegales para permanecer en Italia. Yo como una estúpida no lo respeté y quedé ilegal instantáneamente».

El relato de Carolina Boetti recorre estas historias y otras, y en el mismo, muchos podrán reconocer ciertos lugares, calles, momentos de la ciudad de Rosario de aquellos tiempos. Y recorre anécdotas que sacan lágrimas, sonrisas o erizan la piel.

A veces recuerda momentos de la transición, como por ejemplo se inyectaban silicona líquida con sus compañeras, una silicona que era aceite de motor, para alcanzar el cuerpo que deseaban, el cuerpo con el que realmente se iban a sentir identificadas. «Estaba en una pensión, en una piecita de 20 metros, y ahí una amiga me puso la silicona. Muchas compañeras han sufrido por el tema de las siliconas, se le han caído a las piernas y prácticamente no pueden caminar, otras se han inyectado en los pechos y han muerto»… O cuando quedó internada con una grave hepatitis provocada por consumir hormonas y tuvo que escaparse del hospital para no terminar presa… «Me escapé del hospital porque sabía que me iban a detener en cualquier momento»…

«Nuestro nombre nos pertenece»

Esos fragmentos, entre tantos otros, son su espejo, su dolor, pero sobre todo, su resiliencia. Y esa resiliencia también es el reconocimiento de un Estado a una cantidad de derechos que para las disidencias sexuales fueron fundamentales.

«Las leyes de Matrimonio Igualitario y de Identidad de Género fueron maravillosas, nos dieron identidad, porque hasta entonces teníamos documentos con nombres que no nos representaban para nada. Hemos tenido muchas humillaciones y vergüenzas cuando presentábamos nuestros documentos. Una vez estaba en un supermercado y la cajera me dice ‘señora, trajo el documento de su marido’. Hoy lo tomo con risa, pero fueron momentos humillantes. También cuando íbamos a los médicos, que nos llamaban por el nombre y apellido. Para que nos entreguen los pasaportes nos teníamos que vestir de hombres, ponernos una camisa, antalón, porque sino, no nos daban nada».

Boetti recuerda exactamente el momento en que se enteró de la sanción de la Ley de Identidad de Género. «Estaba en el negocio que me puse cuando volví a la Argentina, arreglando la vidriera. Lo escuché en la radio, y me puse a llorar. Pensé en todas mis compañeras, imaginé lo bueno que hubiese sido que todas estén vivas para verlo. Fue muy emocionante y nos cambió la vida, porque estamos más tranquilas, viajamos a cualquier lado, podemos entrar a un hotel, les mostramos los documentos y somos lo que somos, nuestro nombre nos pertenece».

Y rememeora: «Cuando me autoexilié éramos un colectivo de 40 más o menos, cuando regresé, en el 2009, quedábamos vivas 10, que fueron las que el Gobierno de Santa Fe ha reparado en Rosario. Treinta de nuestras compañeras desaparecieron por distintos motivos, porque el Estado y la sociedad no acompañaban, porque vivían en un contexto totalmente represivo, no tuvieron acceso al trabajo, ni a la salud, ni a la familia, también la droga. Por eso reivindicamos a nuestras compañeras, porque no pudieron vivir lo que nosotras sí, no pudieron salir a la calle con sus documentos y con la frente bien alta».

Sobre el cierre de la entrevista, Carolina habló de los tiempos que corren.»Hay que tener los ojos bien abiertos, no permitir que nadie haga un discurso transfóbico u homofóbico. Nadie nos regaló nada, todo lo que hemos conseguido fue luchado, corrió mucha sangre abajo del puente. Nuestros compañeras se han encadenado, se han golpeado con la policía para conquistar estos derechos, han salido a la calle, han enfrentado un montón de cosas. Tenemos que estar bien paradas y atentas», remarcó sobre el auge de las derechas en el mundo y los renovados discursos de odio.

Pero también  demandó «que nadie deje de soñar». «No dejen de soñar, los sueños sí se cumplen. Imaginate donde estoy yo ahora, para mí esto es un honor, algo impensable años atrás nunca. De estar tirada en un calabozo, muerta de frío, sin comer, tapada con una frazada con pulgas, a estar presentando mi libro. Hay que ser tenaz, no abatirse, seguir luchando, de eso se trata».

Ese es tu nombre se presenta nuevamente este viernes 7 de noviembre, a las 19, en el Centro Cultural La Toma (Tucumán 1349) , acompañado de una muestra de arte.

 

 

 

 

 

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