Chachi Verona, un artista que oscila entre la realidad y la ficción
“En mis obras, no sé si existe una frontera entre un lugar y otro”, aclara –en entrevista de Conclusión- el ilustrador del diario La Capital, cuyos dibujos lucen las páginas del periódico desde hace veinte años.
- Ciudad
- Jun 16, 2016
Por Fabrizio Turturici
Chachi Verona recibe a Conclusión en la morada que es, al mismo tiempo, su casa y lugar de trabajo. Se trata más bien de un palacete artístico, allí donde las ideas surgen y su lápiz las ejecuta, floreciéndolas, dándoles forma. El ilustrador de 53 años que decora las páginas del diario La Capital ofrece un recorrido por los pasillos de su casa, donde enseña todas y cada una de sus obras.
En esos recovecos, nada es real; al contrario, todo parece estar inmerso en un manto de ilusiones. La realidad trastoca con la fantasía permanentemente: confluye, se mezcla y confunde. El cabello abruptamente descontrolado del personaje, su mascota (un gato que se llama “Peppino” por el ex jugador de Rosario Central) y el reloj que pende de la pared no ya en su forma natural sino dado vuelta (es decir, patas para arriba, donde el 12 es el 6 y viceversa) es una muestra clara de eso.
Chachi anticipa, antes de servirnos el café: “No sé muy bien cuál es el límite entre la realidad y la ficción. La gente me tilda de loco, pero no lo soy. En realidad soy artista, dibujante, ilustrador, escultor y muchas cosas más”, aclara.
“Naturalmente tengo mucha imaginación. Cuando era chiquito, siempre inventaba frases sin sentido o jugaba a ponerles apodos a mis compañeros de clase: así me quedó ‘Chachi’ a mí. Como te decía –retoma la línea, ésa que tan frecuentemente suele extraviar-, la capacidad de dibujar la fui desarrollando en estos treinta años de trabajo; pero siempre tuve facilidad para imaginar. Yo pienso que, de alguna manera, soy un vehículo de una idea superior que me baja”, expresa el dibujante, resuelto pero inquieto, de lado a lado como un león enjaulado.
A la hora de volver sobre los pasos recorridos, Verona comenta que hizo la secundaria en el colegio Politécnico, en pleno proceso militar: “Yo llegaba a la escuela y estaba el operativo en calle Pellegrini, frente a la facultad de Ingeniería, pero no tenía ni idea lo que ocurría. Me acuerdo que me hacía la chupina para irme al parque Urquiza, en las frías mañanas de invierno. Un día de esos tantos, me asomé por el anfiteatro y vi que en avenida Belgrano había camiones del ejército, parando a los autos y llevando a cabo otros operativos. En ese momento estaba asustado. Pensaba que me iban a meter en cana por hacerme la chupina. Ahora pienso y digo: por suerte no tenía la mínima idea de lo que estaba pasando”, recuerda con algo de sorna.
Este joven distraído y algo loco terminó el secundario y decidió seguir su carrera en la facultad de Arte. No obstante, rápidamente advirtió que no era lo que quería y la dejó para embarcarse en su nuevo sueño: “Mis primeros dibujos pagados, en el año 94, fueron para Clarín. Es que un día toqué timbre y pedí hablar con el director de Arte, al que le gustó mi trabajo. Así empecé. Después trabajé también para Rosario/12, donde ilustraba las columnas de Osvaldo Bazán en las contratapas”, prosigue. Por último, “entré en el 96 a La Capital, también llevando la carpetita, pero ya con el antecedente de haber trabajado para diarios, lo cual influyó”.
— ¿En dónde encuentra la inspiración a la hora de hacer sus dibujos?
— La inspiración es algo que tiene que ver con el trabajo continuo. Para mí, dibujar es una especie de meditación. Me concentro en un punto y de ahí parto. No es que tengo premeditado lo que voy a hacer. ¿De dónde sale? No sé, pero yo creo que de alguna manera soy un vehículo de una idea que me baja desde arriba.
— ¿Qué otros factores influyen en su creatividad?
— La meditación y el yoga son los más importantes. Pero la música y el cine también; uno se nutre de un montón de cosas para poder crear arte.
— Hay una eterna discusión sobre si un artista debe trabajar para el público y así vender un producto comercial. O, al contrario, autosatisfacerse artísticamente sin importar el qué dirán. ¿Tiene postura definida?
— En principio, yo trabajo de acuerdo a lo que se me ocurra a mí. No trabajo para complacer a alguien, sino en función de mis deseos. Si bien el oficio de la ilustración implica recibir un encargo y resolverlo, siempre queda a mi criterio. Yo trabajo para mí, en el sentido de que expreso lo que tengo ganas. Pero de todas maneras, me interesa –lógicamente- que mi arte no quede encerrada en mi casa, sino que circule. También me gusta compartir mi trabajo por las redes sociales, donde puedo percibir el feedback de la gente que te va guiando.
— ¿Pensó alguna vez cómo sería su vida si nunca hubiera dibujado?
— No me lo imagino. En realidad, nunca me puse a pensarlo. Creo que no podría soportarlo. Intento imaginármelo pero no puedo, siento que no sería mi vida, sino la de otra persona.
— Hábleme del oficio de dibujante de diario, entre la problemática de estos tiempos donde la era digital avasalla sobre el papel y cada vez quedan menos. De hecho, usted es uno de los últimos ilustradores de periódicos que quedan en la ciudad.
— Con respecto a esto último, así es: en los diarios hay cada vez menos dibujantes. Los empresarios son tremendos y más en esta época [risas]. Pero por más que lo digital le gane al papel, vamos a seguir trabajando, ya que las ilustraciones se pueden digitalizar también.
— Saliendo del periodismo, ¿el arte también apunta a lo digital? Así como los vinilos fueron suplantados por los mp3, ¿se imagina un cuadro no ya en lienzo sino en la pantalla de una computadora?
— No creo que el arte, estrictamente, apunte a la digitalización. Ni yo tengo una respuesta clara sobre qué significa el arte o dónde apunta. El arte tiene futuro digitalmente y analógicamente también; no hay un solo camino. Un cuadro colgado de la pared funcionará eternamente.
— Ya que lo menciona, ¿qué significa para usted el arte?
— Muchas cosas. Para mí, es un modo de expresión, de resistencia y de libertad.
— ¿Encuentra en la ficción un lugar más cómodo que en la realidad?
— No sé muy bien cuál es el límite entre la realidad y la ficción. En lo que yo hago, no sé si existe una frontera entre un lugar y otro.
— ¿Cuál es la relación del arte y la política?
— El arte es político de alguna manera. Muchas veces influye, ya sea en poder mostrar ciertas realidades de una manera diferente a lo que es una nota periodística. Una imagen de un artista, una ilustración, una historieta, una sátira, un chiste, siempre aporta una lectura nueva y distinta.
— ¿Qué papel deben cumplir los intelectuales con respecto a la situación sociopolítica de un país?
— Los intelectuales tienen que salir de la academia para participar, de manera activa, en la construcción de una realidad social y política. Pienso que el lugar de los intelectuales es salir de la estructura académica para intervenir, ya sea a través del teatro, el cine, los chistes, el humor gráfico o la música, para construir un concepto político. Todo un bagaje intelectual debe ser volcado en su sociedad.
— Llevándolo al plano nacional, ¿ve con buenos ojos, entonces, que los denominados “artistas K” hayan tomado partido? Pregunto porque esto generó, de alguna manera, cierto malestar en gran parte de la sociedad, que dejaron de mirar una novela o escuchar un disco por el pensamiento de uno u otro.
— A mí me parece perfecto que participen, influyan, opinen y tengan la necesidad de mostrarse a favor o en contra de un gobierno. Por ejemplo, yo ahora siento la necesidad de publicar y alzar la voz con lo que está pasando con el gobierno actual, que me parece terrible. Si yo de alguna manera puedo expresarme en forma de denuncia, lo voy a hacer. Por mi lado, me sentía mucho más cercano ideológicamente al gobierno anterior, pero tampoco era “K”. Esta cosa de “K” y “anti-K” me parece horrorosa.
Producción fotográfica de Florencia Vizzi.
* El último libro de Chachi Verona, “Ilustraciones”, puede encontrarse en las librerías Homo Sapiens, Buchin Libros y Mal de Archivo.

