LUNES, 06 DE JUL.

Cuando el frío entra por todas partes

Mientras Rosario baja sus persianas y se prepara para cenar, muchas personas empiezan otra rutina: encontrar un lugar donde pasar la noche sin quedar completamente a la intemperie.

A las ocho de la noche, Rosario cambia de ritmo. En los departamentos se encienden las cocinas, las ventanas se empañan, alguien pone agua a calentar para la cena. Las persianas metálicas de los comercios bajan una detrás de otra y el centro, de a poco, empieza a vaciarse.

Pero para algunas personas la noche recién comienza.

Mientras muchos vuelven a sus casas, otros recorren las cuadras buscando dónde pasar las próximas horas. No eligen una habitación ni acomodan una cama. Miran los aleros de los edificios, las entradas de una galería, una ochava protegida del viento, el hueco de una persiana o cualquier rincón bajo techo donde el frío pegue un poco menos.

No es sólo una cuestión de incomodidad. La humedad que sube desde la vereda, la ropa que no termina de secarse, el cansancio de caminar durante el día y la falta de descanso se acumulan sobre el cuerpo. El frío endurece las manos, vuelve lentos los movimientos y hace más difícil sostener una noche entera sin enfermarse, sin dolor, sin miedo.

En algunas esquinas ya no asoman bajo las frazadas solamente un par de pies. También hay adultos con chicos, mochilas apoyadas contra una pared, cartones extendidos sobre la vereda y una noche que parece no terminar nunca.

Para algunos, la calle dejó de ser un lugar de paso. Se transformó en el único sitio posible para dormir.

En esa frontera entre la ciudad que se repliega puertas adentro y la otra que queda expuesta al frío, empieza a moverse una red de asistencia.

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Detrás de una larga fila aparece el camión cocina de los ex Combatientes. El cucharón carga una vianda tras otra con guiso humeante. El vapor se recorta en el aire, visible contra el frío de la noche.

Unas manos reciben el recipiente y se aferran a él como si guardaran algo más que comida. El calor atraviesa el plástico, el olor del guiso recién servido sube entre los cuerpos y, por unos minutos, esa vianda parece una caricia que recorre el cuerpo entero.

Quienes conocen el recorrido del camión esperan su llegada con una bolsa, una mochila o las manos vacías. Algunos conversan entre ellos. Otros permanecen en silencio, mirando hacia la esquina por donde saben que aparecerá el vehículo.

No esperan solamente un plato de comida. Esperan un alivio. Un momento para detenerse, recuperar algo de calor y sentir que alguien los reconoce antes de que la noche vuelva a cerrarse sobre la ciudad.

El Centro de Ex Soldados Combatientes de Malvinas forma parte del Operativo Invierno que se despliega en Rosario. Cada noche, su camión cocina recorre distintas postas y distribuye cientos de viandas calientes en lugares donde suelen concentrarse personas que viven o pasan la noche en la calle.

Cuando el vehículo se aleja de una esquina, queda el olor del guiso y un poco de calor en las manos. Pero la pregunta vuelve enseguida: dónde pasar la noche.

Rosario cuenta con refugios que ofrecen alojamiento, higiene y comida caliente. Allí hay camas preparadas, duchas, un plato servido y un lugar donde dejar, aunque sea por unas horas, la mochila, los cartones y el peso de la calle.

El Refugio Sol de Noche volvió a abrir sus puertas este año, después de más de un año sin funcionar. La nueva sede, en Berutti 2338, en barrio República de la Sexta, cuenta con treinta camas destinadas a hombres mayores de 45 años.

Antes de que llegue la madrugada, allí se repite una rutina sencilla, aunque para quienes vienen de la calle no tiene nada de menor: una merienda, una cena caliente, una cama donde dormir y un desayuno antes de volver a salir al día siguiente.

Detrás de las puertas de un refugio no hay solamente camas. Hay voluntarios que cocinan, ordenan ropa, sirven la comida y acompañan. Hay una pausa posible para quienes pasan el día entero intentando resolver dónde comer, dónde lavarse, dónde guardar una mochila o dónde dormir sin que el frío entre por todas partes.

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Los refugios no resuelven la historia que llevó a una persona a dormir afuera. No devuelven un trabajo, no reparan una ruptura familiar, no alcanzan para responder a la falta de vivienda ni a las heridas que muchas veces se arrastran durante años. Pero atienden una urgencia que no admite espera: que nadie tenga que atravesar una noche de invierno expuesto al frío.

En esos espacios, una cama puede parecer algo simple. Para quien viene de dormir sobre una vereda, bajo un alero o en la entrada de un edificio, puede significar mucho más: la posibilidad de darse una ducha, comer sentado, descansar bajo techo y cerrar los ojos sin permanecer alerta ante cada ruido de la madrugada.

No todas las personas que viven en la calle llegan a un refugio. Los motivos son distintos y no conviene resumirlos desde afuera. Cada historia tiene sus vínculos, sus pérdidas, sus pertenencias, sus miedos y sus recorridos. Por eso, el trabajo de calle no puede limitarse a ofrecer una cama: requiere escucha, acompañamiento y tiempo.

La dimensión del problema excede a los dispositivos disponibles. En Rosario, las estimaciones oficiales hablan de entre 800 y mil personas en situación de calle. Los refugios son indispensables, pero no alcanzan para responder por sí solos a una realidad que combina pérdida de vivienda, falta de ingresos, problemas de salud, rupturas familiares y ausencia de redes de contención.

Por eso, cuando las camas están ocupadas, cuando alguien no llega hasta allí o cuando necesita permanecer cerca de sus pertenencias, otras redes empiezan a recorrer la ciudad.

Voluntarios que cargan termos, bolsas con ropa, frazadas, pan y viandas. Personas que conocen las esquinas donde suele dormir alguien, los bancos de una plaza, las entradas de los edificios y los rincones donde el viento golpea menos fuerte.

En esas recorridas no hay grandes discursos. Hay preguntas simples: si comieron, si necesitan una campera, si tienen una frazada seca, si quieren acercarse a un refugio. Hay quienes aceptan sin decir demasiado. Hay quienes agradecen con una mirada. Y hay quienes permanecen donde están, aferrados a una mochila, a un carro, a un animal o a una rutina precaria que, aun en medio de la calle, les ofrece alguna sensación de control.

Organizaciones civiles, parroquias, vecinales, clubes de barrio, grupos solidarios y voluntarios anónimos sostienen parte de esa trama. Algunos reparten comida. Otros recolectan abrigo. Otros ofrecen una ducha, una cama, un lugar donde conversar o simplemente una presencia que no pasa de largo.

Ninguna de esas acciones resuelve el problema de fondo. Nadie deja la calle por recibir una frazada o un plato de guiso. Pero sostienen algo elemental: que una persona no tenga que atravesar sola una noche de frío.

Más tarde, cuando el camión cocina ya dejó atrás la esquina y las últimas luces de los comercios se apagaron, la ciudad parece haber terminado su jornada.

En algunas casas quedan platos sobre la mesa, televisores encendidos, chicos que se preparan para dormir. Afuera, en cambio, todavía hay quienes siguen caminando. Buscan una entrada que no esté ocupada, una galería que resista el viento, un alero que corte el rocío, una vereda donde extender un cartón sin que la humedad suba desde el piso.

Para quienes viven en situación de calle, el invierno no empieza cuando baja la temperatura. Empieza cada noche, cuando hay que volver a resolver dónde dormir.

Una vianda caliente puede aliviar el cuerpo. Una frazada puede hacer más llevadera la madrugada. Una cama en un refugio puede ofrecer descanso y resguardo. Pero ninguna de esas respuestas reemplaza lo que falta: un lugar propio, una puerta que pueda cerrarse, la certeza de que al día siguiente no habrá que salir otra vez a buscar dónde pasar la noche.

Mientras el frío entra por todas partes, Rosario también se enfrenta a una pregunta que no puede seguir dejando bajo un alero: qué lugar tienen, en una ciudad que descansa, quienes no tienen dónde dormir.

 

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