MIéRCOLES, 21 DE OCT.

Rosario Sin Secretos: amigos son los amigos, y Musto lo fue también de la ciudad

Sólo vivió 46 años, pero dejó un legado que cada día se acrecienta más en la cultura rosarina. Manuel Musto, el pintor “leproso” que compraba pelotas de fútbol y las hacía firmar por los jugadores de Newell´s para que las usaran los pibes del barrio, en la paleta de los recuerdos.

 

 Hasta la madrugada, prácticamente, estuvimos intercambiando mensajes virtuales con la museóloga y cronista barrial de “la República” del Saladillo, Norita Laborde, y el profesor y licenciado en Bellas Artes Arnoldo Guarino, por aquella frase que asevera: “más importante que saber es tener el teléfono del que sabe”.

Internet, sitios de arte, libros, revistas, biografías y notas especializadas, contribuyeron a juntar las piezas para armar, como en un caleidoscopio, la personalidad de Manuel Musto, un rosarino que pintó y fue pintado, y, sobre todo, trascendió más allá de su existencia dejando un lugar en el que artesanos, obreros, niños y jóvenes del siempre glorioso barrio Saladillo, encontraran la ruta mágica que los conduciría a la sublime belleza del acto artístico: La Musto.

El Consejo Ejecutor de la Municipalidad había fundado en 1873 la Aldea Saladillo. Al poco tiempo, el español nacido en La Coruña, Manuel Arijón, descubre esa bucólica postal, compra allí un campo y empieza a tomar baños en el arroyo con abundante sal y suficiente yodo como para calmar muchos de sus dolores reumáticos.

Relacionar las aguas curativas con la construcción de espléndidas mansiones dedicadas a paseos veraniegos para la más alta elite, fue un solo paso. Entonces inaugura, al poco tiempo, los balnearios que serán la base principal para amasar su incalculable fortuna.

Gesell lo hizo en el mar, Arijón en el afluente de nuestro Paraná.

Apenas habían pasado veinte años de la creación de la Aldea cuando, un día como hoy, en el Rosario, durante 1893, nació Manuel Musto y su hermano mellizo, Andrés, quien murió de neumonía cuando sólo tenía 18 años.

Musto se crió y vivió junto a sus padres y otros dos hermanos en la casa y negocio de almacén instalados en San Luis 1314. Bastante cerca le quedaba la Academia Fomento de las Bellas Artes de Entre Ríos al 1000, donde el maestro academicista italiano Ferrucio Pagni, de la misma camada de Mateo Casella, Domingo Zaino y Dante Veratti, le enseñaría a dibujar.

También iba caminando, seguramente, hasta la sucursal rosarina del Instituto de Bellas Artes “Doménico Morelli”, en Libertad (hoy Sarmiento) 548, abierta por el escenógrafo y pintor italiano Mateo Casella que decoró el Teatro Colón de Buenos Aires y los magníficos telones del teatro de San Nicolás, quien le impartió las primeras nociones de pintura.

Muchos biógrafos de Musto señalaban en él, durante su juventud, un carácter hosco, retraído, solitario. ¿Cómo no serlo, si un año antes de que muriera su hermano mellizo, había vivido otro nefasto drama familiar. Allí mismo, en la casa de San Luis al 1300, el 4 de septiembre de 1910, cuando aún no había cumplido 17 años, otra tragedia enlutó su sensible corazón. Fuertes discusiones por cuestiones de dinero entre su padre y el hermanastro (la abuela de Manuel había enviudado y vuelto a casar con el hermano de su difunto marido, con quien tuvo otro hijo), provocaron durante una infausta mañana, el asesinato de su tío Juan Agustín.

El arte lo mantenía alejado de la depresión y de fatales decisiones, pero sobre todo, recibió gran ayuda cultivando una amistad que lo acompañó toda la vida, incluso en su viaje a Florencia, Italia, la de otro talentoso genio rosarino de la pintura, Augusto Schiavoni.

Estando en Europa, en la que Musto y Schiavoni se encontraron con Emilio Petorutti y vivieron una vida de aventuras y placeres, la muerte de su padre lo hizo regresar. Luego de instalarse un tiempo en la Quinta Landó, en las inmediaciones del cementerio La Piedad, y de haberse mudado a Alberdi a vivir con su antiguo profesor y amigo, Ferrugio Pagni, con el producto de la venta de unos cuadros -ya cotizaba bien su talento-, más la parte que le correspondió de la herencia paterna, compró una casa en el barrio en el que recuperó su vida.

El paisaje, la serenidad, la purreteada que tanto lo quería, los amigos y vecinos entre los que estaban Schiavoni y Luis Ouvrard, las cosas simples, las pequeñas cosas, le devolverían sus mejores horas, y volcaría en las telas toda su creatividad pintando cuanta cosa surgiera ante sus ojos, tanto en el taller como en el barrio.

Atrás, muy atrás, había quedado el recuerdo de cuando siendo apenas un bebé, y habiendo sido confiado al cuidado de una muchacha, un chancho que deambulada por la calle, le mordió una mejilla y lo dejó sangrando.

Una réplica gigante de la obra “Con los Pintores Amigos” de Augusto Schiavoni, parte del proyecto iniciado hace casi 20 años Museo Urbano Arte a la Vista, subió a la medianera de un edificio en Mendoza al 800 las figuras del propio Schiavoni, con un pincel en la mano; Manuel Musto, con su habitual sobretodo de camello y sombrero; José Benito de Bikandi Echaniz, luciendo su clásica boinita vasca, y el muralista, grabador, ilustrador, decorador, ceramista y escenógrafo Alfredo Guido, precursor del americanismo junto a su hermano Ángel.

Es la misma imagen que ilustra nuestra portada, como un regalo para Manuel Musto en su cumpleaños Nº 132. Sólo muere lo que se olvida…

De su estilo pictórico se han ocupado suficiente y apropiadamente muchos autores. Los trabajos de Julio Chiappini, Nora Laborde, el blogspot de Arnoldo Gualino, entre otros, ofrecen excelente material para poder conocer su trayectoria y los galardones que obtuvo a lo largo de su carrera tanto en Argentina como en Europa.

Aquí, nos conformamos con invitar a nuestros lectores a reafirmar la trascendencia de su talento, no sólo en el Museo de Bellas Artes “Juan B. Castagnino”, de avenida Pellegrini y bulevar Oroño, donde se exhiben muchas de sus valiosas obras, sino y especialmente, convocamos a visitar “la Musto”, ese lugar que alguna vez fue su casa, en Sánchez de Bustamante 139, en la “República del Saladillo”.

Allí era donde acudían los pibes del barrio -que muchas veces recibían para jugar una pelota de fútbol firmada por los jugadores de N.O.B., del que Manuel Musto era simpatizante- en busca de fascinantes mundos de color, y los obreros que querían ocupar sus callosas manos en manifestaciones de belleza plena.

Esta emblemática Casa conserva, luego de una ampliación en su planta alta, una ventana inclinada que otorga un punto de fuga artístico hacia el recuerdo de su más excelso habitante, Manuel Musto. El mismo que, por testamento, la donó generosamente a la Municipalidad para ser puesta al servicio de la comunidad, con infinidad de actividades en la actualidad, al igual que una suma de dinero puesta en títulos de valor para otorgar premios a los artistas emergentes, porque el amor es más fuerte que la muerte.

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