Rosario Sin Secretos: Belgrano y López y un gran deseo de pacificar el país
Una par de firmas para terminar con las luchas entre unitarios y federales se estamparon en un documento que se suscribió en el mismo ámbito en el que José de San Martín libró su único combate en las tierras recién recuperadas del virreinato.
- Ciudad
- Por Graciela Molina
- Abr 14, 2026
Si bien muchas fuentes aseguran que el 12 de abril de 1819 Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano y el brigadier Estanislao López firmaron un armisticio en San Lorenzo para terminar con el enfrentamiento entre unitarios y federales, hay otras que mencionan que eso ocurrió el 5 de abril. Más allá de la exactitud de la fecha, está la intención que ambos tuvieron de pacificar el país.
Dice la historia que Belgrano estaba en la posta de La Candelaria cuando le informaron del armisticio del día 5, un acuerdo al que le puso todas las fichas para su inmediata aprobación. Ya había vivido en carne propia muchas de las degradantes escenas de la guerra civil fraticida que dividió al país en esa histórica y absurda pugna entre unitarios y federales.
La posibilidad que se terminaran las hostilidades de los caudillos del litoral y las invasiones de las fuerzas porteñas, entre las que se llegó a incendiar Rosario, era, sin dudas un anhelo muy esperado por el creador de la Bandera con los colores de la unión (blanco) y la libertad (azul celeste).
De la Candelaria a la Capilla del Rosario del Pago de los Arroyos, que ni siquiera era aún la Ilustre y Fiel Villa designada por el brigadier López recién en 1823 -tres años después de la muerte de Belgrano-, fue un rápido trámite. Escoltado y a todo galope, llegó al Rosario comandando el ejército del Norte proveniente del Tucumán, con el objetivo de aprobar las negociaciones para lograr la paz, firmada en San Lorenzo.
Cuenta la historia que representando a Belgrano había asistido el jefe del Estado Mayor del Ejército, Ignacio Álvarez Thomas, por el gobierno del directorio porteño, estando también Viamonte, y por parte de López, sus aliados Pedro Gómez y José Agustín Urtubey.
El acuerdo fue firmado en el refectorio, allí donde los monjes franciscanos se reunían para comer, del Convento San Carlos, en la ciudad de San Lorenzo.
En nuestra portada, graficamos el lugar con un fragmento de la pintura del alemán radicado en Rosario, Enrique Schwender, que data de 1936. El talentoso y premiado artista plástico que en 1904 instaló su atelier de dibujo y pintura en la cortada Centeno (hoy Ricardone) 82, fue padre de un reconocido médico y abuelo de una abogada casada con el profesional que dio origen a la realización del libro y la película “Un crimen argentino”, ambientada en el año 1980 y rodada íntegramente en esta ciudad.
Volviendo al armisticio, este establecía, en 7 artículos, que las fuerzas nacionales salieran de Santa Fe y Entre Ríos y que, a su vez, las tropas de Santa Fe se replegaran a su propio territorio.
También, anticipándose al presidente de la Confederación, Justo José de Urquiza, cuando en 1852 -a instancias de la población en su conjunto liderada por Nicasio Oroño-, declara Ciudad a Rosario, las provincias del interior consiguen, gracias a este armisticio, la tan ansiada libre navegación de los ríos.
Artigas, el principal promotor de la Liga de los Pueblos Libres, de 1815, miró con desconfianza el acuerdo, sosteniendo que este armisticio era un símbolo de debilidad frente a Buenos Aires.
Tampoco Francisco “Pancho” Ramírez vio con buenos ojos la movida política.
Una vez más, quienes querían la autonomía provincial, los federales, se enfrentaban a los unitarios que promovían el poder central porteño, a pesar de los pactos que reconocían la necesidad de una organización nacional.
Varios fueron “los pactos preexistentes” de los que nos habla la Constitución en 1853 y aunque hubo quienes se posicionaron como garantes de su cumplimiento e incluso se buscó la ratificación por distintos gobiernos, muchas tentativas y buenas intenciones fracasaron.
Correspondencia que pudo conservarse y aún se mantiene en los archivos nacionales, da cuenta de lealtades y traiciones que fueron cambiando el teatro de las operaciones.
Balcarce, Viamonte, Pueyrredón, Rondeau, son mucho más que los nombres de las calles de esta ciudad y han tenido un protagonismo relevante en aquellas luchas intestinas que debilitaban la propia soberanía nacional y ofrecían un “blanco fácil” para la amenaza exterior que veía, y ve aún, a nuestro país como un apetecible bocado fácilmente deglutible.
Aún José Hernández no le había hecho decir a su preclaro Martín Fierro aquella verdad universal: «los hermanos sean unidos, porque esa es la ley primera. Tengan unión verdadera, en cualquier tiempo que sea, porque si entre ellos se pelean, los devoran los de ajuera».
Ya José Francisco de San Martín se había negado a participar de esa lucha: “Mi sable nunca saldrá de la vaina por opiniones políticas”.
Y ya que mencionamos al Padre de la Patria, permítasenos compartir este video del proceso de la recreación de su rostro por el genial artista y diseñador gráfico Ramiro Ghigliazza, como un regalo para los sentidos.
El documento firmado el 5 de abril en San Lorenzo, exactamente en el primer aniversario de la gloriosa batalla que libró el Ejército Libertador de los Andes en Maipú, cuando San Martín liberó a Chile junto a Bernardo de O’Higgins, tenía que estar refrendado por el comandante general de la operación, Manuel Belgrano.
Las versiones difieren en este sentido, ya que mientras una asevera que ese acuerdo se firmó previamente en San Lorenzo por los representantes de los dos ejércitos en pugna, otra señala que fue Rosario el lugar donde López y Belgrano lo aprueban y ratifican. En realidad, se estarían complementando si sumamos que unos días después Pueyrredón aprobaría sus términos para la paz, que duró muy poco, ya que en 1820 estallaron nuevas guerras entre los caudillos federales.
¿Cómo no iban a ser las últimas palabras de Manuel Belgrano al morir aquel 20 de junio: “¡Ay, Patria mía!”?
Para recordar aquel tratado de paz firmado en abril de 1819, dos integrantes del Instituto Belgraniano de Rosario, Nora Siro y Mirta Belmonte, fueron a la parroquia Nuestra Señora de la Merced ubicada en el barrio Saladillo, lugar por el que pasó Belgrano y advocación a la que el prócer consagró “Generala y Patrona del Ejército” en agradecimiento a su Divina protección luego de obtener la victoria en la batalla de Tucumán, el 24 de septiembre de 1812, entregándole su bastón de mando.

Debido a la batalla realizada ese día no pudieron realizarse en Tucumán las fiestas patronales de Nuestra Señora de la Merced, que sí tuvieron lugar un mes después, con la presencia de Belgrano y los jefes de la tropa.
El padre José Agustín Molina diría en su sermón público: “El piadoso jefe atribuye al cielo toda la gloria… ¡Cuán grato no es figurárnoslo, cediendo voluntariamente a la Madre de Dios todo el honor de la victoria, y por un acto auténtico confesar (yo se lo he oído más de una vez) que a María y no a él debe reconocerse deudora la Patria de su salvación!”
¡Y pensar que todavía existe quienes niegan que la Bandera fue bendecida y jurada en Rosario!
La Providencia quiso que ese día llegaran -como parte de la preparación del 5º Encuentro Nacional de Grupos Misioneros, organizado por las Obras Misionales Pontificias- al hermoso templo de la zona sur, a quien Sergio José Chiana describió como la Notre Dame rosarina, las reliquias de la primera mujer argentina santificada, Santa María Antonia de San José, Mama Antula, quien recibió ocho veces a Manuel Belgrano, en su Casa de Ejercicios Espirituales inspirados en San Ignacio de Loyola y fundada en 1794, que permanece aún en pie, en la calle Independencia 1190, de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Data del 7 de abril de 1819 el oficio que Belgrano le envió a San Martín: “El 5 del corriente a las siete de la noche, se celebró un Armisticio por el Jefe de las fuerzas de Santa Fe y el General del Ejército de Observación sobre aquella ciudad, según se manifiesta de la adjunta copia y habiendo tenido la satisfacción de aprobarlo, lo aviso a V.E. con la misma, para los efectos que hubiese lugar. Dios guarde a V.E. muchos años. Campamento General en la Posta de la Candelaria, 7 de Abril de 1819. MANUEL BELGRANO. Excelentísimo Señor Dn. José de San Martín, Capitán General y en Jefe del Ejército de los Andes”.
Ese mismo día escribe a su sobrino político, quien había sido director supremo, Ignacio Álvarez Thomas, casado con María del Carmen, la hija de su hermana Juana María Nepomucena Belgrano, señalando lo oportuno del acuerdo celebrado. Encontramos un retrato de la suegra de Álvarez Thomas y, a su vez, hermana de Manuel Belgrano para entrar en “la familia de la historia” que les queremos compartir.

Acá nos permitimos copiar y pegar para tener un encuentro cercano con el pensamiento y sentimiento de quien nos hizo Cuna de la Bandera:
“Mi estimado amigo y sobrino: Nada tengo que decir al Armisticio que han celebrado Vs., ni puede ser más a tiempo, ni en circunstancias más apuradas por todos estilos, ni mejor; para mí, es obra del Altísimo semejante movimiento de parte de esos hombres a una transacción aunque no sea de buena fe, por ahora, hablo de parte de ellos, debe trabajarse para concluir un tratado fraternal, aunque sea dejando las diferencias domésticas para después que concluyamos con los enemigos exteriores; a los del Perú los hago hoy en Jujuy, y tal vez en Salta, bajan en consecuencia de esa desastrosa guerra, y ha 10 días que estoy dando repetidos avisos al Gobierno, y aún no tengo contestación; mientras Güemes me confunde a avisos, de Tucumán clamores, caminos asolados, escasez de animales, hombres con 300 leguas a pie, en fin, todos son cuidados y puede U. considerar cuál estará mi espíritu; por una parte quisiera que a esos hombres se les dijera esto, pero entonces pedirán acaso desatinos, viéndonos apurados, o si hacen la parte de los Españoles, como ha mucho tiempo que lo temo, se empeñarán en dar motivos para continuar desolando y acabándolo todo, en fin, U. hará el uso dé esta noticia mientras no se propala, que lo temo mucho con el primer correo, si conoce que ellos han sido movidos por las comunicaciones que Vs. me acompañan, más que por la aproximación del Ejército, a cuya vista no han hecho más que correr; mi ánimo es no moverme de aquí y tal vez marchar a retaguardia algo más, para estar en aptitud de sostener abiertos los caminos; entre tanto, deben Vs. Proveerse de caballadas y ganados por si acaso vuelven a acometerlos. Yo no hallo ventajosa la costa, sino por la proporción de los buques, pero eso, ahora nada importa, y sí tranquilizar la campaña estando en disposición de caer sobre sus reuniones; ayer, luego que pasé por los Desmochados, las mismas partidas que saben el Armisticio y dejaron pasar a Díaz, rodearon a Calderón que viene escoltando a la Señora de San Martín, según me ha avisado él mismo por parte a las 10 de la noche: felizmente el Coronel Madrid salió con una división como a las 9 de la noche, que va a asegurar otra que tengo en la Cruz Alta con destino de escoltarme dos caballadas que espero del Río 4º y del Sauce, y además he mandado cincuenta Dragones a la madrugada para evitar que se haga algún mal a la expresada Señora y demás familia que trae; Vs. cuenten que todos se han convertido en ladrones, y que se debe estipular que se pongan prebostes a que auxiliarán los vecinos honrados para castigar y destruir el robo, de lo contrario, no habrá viviente que pase, y todo esto se convierte en País de salvajes; también debe tratarse de los indios que todo lo asolan.
“La frontera de Córdoba, ya está desierta de ellos, y lo mismo la de Santiago; mi cabeza, amigo, no está ya para nada, es mucho lo que me ocupa el horrendo aspecto que trae el año 19, pero hay constancia y decisión a morir en la demanda; habríamos estado más pronto aquí, lo menos de 5 días, pero también tuvimos que ganar una victoria en los Ranchos, porque la discordia metió la cola. Este es asunto de tratarlo a boca. Cuidado que los Americanos habíamos sido muy salvajes. Nuestro Cruz viene bastante enfermo, agradece las atenciones de U., Yo las del compañero Viamonte a quien leerá todo esto, y le dirá que siento su mal de pulmón, que lo atienda con tiempo; también me resiento algo de él y del pecho, y además el muslo derecho que necesito me ayuden a desmontar, si fuera muchacho como U., estaría haciendo chiquillos que dejarán destroncada a la pobre Carmen; me alegro que haya salido bien de ese cuidado. Basta, mi amigo, pero no de ser de U. affmo. tío. ML BELGRANO. Posta de Candelaria, 7 de Abril de 1819.
“P.S. Reflexionando con el amigo, hallo que no deben Vs. Hacer uso de la bajada del enemigo a Salta, ni con ellos ni con nadie del Ejército. BELGRANO. Va el papel suelto de aprobación. [Rúbrica] S.D. Ignacio Álvarez. Rosario”.
Tal parece, por las coordenadas que redacta, que ese mismo día escribió desde la Candelaria (hoy Casilda) y luego emprendió un viaje al Rosario, siendo esta ciudad desde donde Manuel Belgrano terminó de escribir y envió por chasqui estas líneas. Ya se advertía que estaba muy enfermo y manifestaba su preocupación por la ayuda pedida al gobierno nacional que no era escuchaba.
Donaciones solidarias de todo tipo recibió, sin embargo, a su paso por los pueblos de nuestro territorio en su lucha permanente por defender la Patria, convocando a paisanos ilusionados en alcanzar el triunfo con su incansable Ejército, y hasta especial cuidado prodigó a Remedios Escalada de San Martín para que pudiera llegar bien con su familia a destino.
Defensor de la educación, del rol de la mujer, de la economía bien entendida, de la protección de la madre tierra, de los derechos de los ciudadanos, de los principios de la libertad y de la independencia, suena injusto que muchos lo consideren sólo “el creador de la Bandera”.
Bandera que debiera recuperar su certificado de nacimiento el 27 de Febrero, recordando aquel jueves de 1812 en la alta barranca de las ceibas y celebrar en esa fecha su Día y no cuando murió quien la creó.
Tal vez estemos haciendo un injusto “dos por uno” con uno de los mayores prohombres de nuestra historia, ¿no le parece?

