DOMINGO, 19 DE JUL.

Rosario Sin Secretos: con permiso para demoler… la historia

De Ricardo Le Bas a Lionel Messi, la pasión de multitudes ha inspirado ríos de tinta con diversos matices para defender los colores de una camiseta. Esa bandera hoy lleva el nombre de Patrimonio y pareciera estar a punto de sucumbir.

En 1905, un grupo de entusiastas jugadores amateurs, que también tenían actividades destacadas en la sociedad ascendente de principios del siglo pasado, se reunieron en el Hotel Britannia, una obra arquitectónica bellísima y muy glamorosa que dio hospedaje a figuras relevantes del Reino Unido, especialmente las que llegaban a una Rosario progresista en la que los ferrocarriles estaban en su máximo esplendor.

Allí, en la antigua calle Puerto -convertida en San Martín en 1887-, los hermanos Alejandro y Pedro Máspoli, habían construido ese pedacito de Londres en Rosario, entre Tucumán y Catamarca, sobre planos del suizo Fausto Galacchi y por encargo del escocés Duncan Cameron que, sin dudas, “la vio”, al advertir el fabuloso potencial desarrollista ante la intensa actividad de los trenes (llegaron a salir cien en un solo día) y el puerto, en esta ciudad que no paraba de crecer.

En su lobby, un día como hoy, 121 años atrás, representantes de los incipientes clubes rosarinos de food ball, decidieron darle vida a la Asociación Rosarina de Fútbol, que nació siendo una liga para religar a los amantes del balón pie de manera institucional.

Mucha pelota rodó por las canchas rosarinas desde entonces, aun cuando ni siquiera existían las sedes de los clubes y los encuentros se disputaban en espacios abiertos destinados a tal fin.

Sin dudas que los rieles del ferrocarril no sólo trajeron un indiscutido progreso cuando comenzaron a trazarse a mediados del 1800 sobre los planos diseñados por Alan Campbell y llevados a la práctica por Williams (Guillermo, para nosotros) Wheelwrigth.

También, como descendencia directa del cricket (juego introducido en el país por la mancomunidad británica en el que 11 jugadores bateaban una balón), ya empezaba a practicarse en la Cuna de la Bandera, esa variante de llevar la pelota con el pie, buscando el gol, cuando ni siquiera estaban establecidas las reglas de ese deporte.

Un equipo de fútbol necesita de otro para poder jugar un partido. Sin “vosotros” no hay “nosotros”. Todos nos necesitamos, y así lo entendieron 121 años los que decidieron juntar a los clubes con espíritu de solidaridad y crecimiento mutuo.

Ya Eduardo y Carlos Jewell habían donado un gran predio por calle Rioja para su práctica en lo que hoy es el Club Atlético Rosario, en inmediaciones de la antigua Estación de Ferrocarriles Francesa, y no sólo de cricket, también de food ball, rugby y lawn tennis, por aquello de “mens sana in corpore sano”, esa clarísima frase que nos legara el poeta romano Juvenal para destacar la necesidad del equilibrio físico y mental en el desarrollo de una buena personalidad y un gran carácter.

Fue justamente la institución deportiva de los Jewell una de las que integró aquella primera comisión junto al “Central Argentine Railway Athletic Club” (hoy Rosario Central), Newells Old Boys y el Club Atlético Argentino, que el tiempo convirtió en Gimnasia y Esgrima.

Ricardo Olavarría Le Bas, que venía del grupo surgido del Colegio San Bartolomé propiciado en su momento por el inquieto Isaac Newell, fue designado primer presidente, y Juan (¿o debiéramos decir Jhon) Hudson, del incipiente GER, fue nombrado secretario.

Pero la vorágine de conformar clubes estaba fuertemente auspiciada en aquel 1905 de alrededor de 130.000 habitantes por todas las fuerzas vivas.

Así, el propio intendente, Santiago Pinasco, encumbrado comerciante que tenía un sólido y próspero negocio de importación de yerba del Brasil y de vinos de Mendoza, y que impulsó -estando en Italia en una cena con amigos-, la creación de los dos majestuosos monumentos ecuestres de Manuel Belgrano que se erigen, idénticos, uno en el parque de la Independencia y el otro en Génova-, había donado para entonces la Copa “Challenger”, que tuvo largo tiempo de exhibición para conocimiento de la ciudadanía en las céntricas y llamativas vidrieras la Gran Tienda “Gath y Chavez”, ubicada en ese entonces en el solar que hoy ocupa la Galería “Victoria Mall”, de Córdoba y San Martín.

Cosas de la Providencia, esta galería atesora en su interior los muebles que pertenecieron a la tradicional Confitería Savoy ubicada en la planta baja del Hotel del mismo nombre que también construyeran los Máspoli, aquellos que levantaron el Hotel Britannia que hoy tiene en su frente un cartel de permiso de demolición.

La Copa “Challenger” pasó a llamarse “Pinasco” en recuerdo y homenaje de aquel valorado gesto de quien fue el lord mayor de Rosario en aquella época y tanto hizo por la ciudad para dejar legado. En sólo dos años de gestión creó el Mercado Central donde hoy se levanta la plaza Montenegro, estableció la atención sanitaria en los hospitales, dotó a la ciudad de tranvías para comunicar el centro con las estaciones ferroviarias, fue concejal, diputado nacional, presidente de instituciones bancarias y un incansable colaborar de cuantas organizaciones y entidades nacieran al impulso de los ciudadanos rosarinos.

Hoy la Copa “Pinasco” se entrega al club que gana el Torneo de Segunda División.

No pasó mucho tiempo que a las cuatro instituciones deportivas, y para completar un sexteto, se le sumaron el Club Provincial y “The Córdoba and Rosario Railway Athletic Club”, que no es ni más ni menos, que el querido hoy Central Córdoba.

Prolijos, impecables, los jóvenes del Plaza Jewell posando para la posteridad.

A nivel nacional e internacional, la Asociación Rosarina de Fútbol, que hoy cumple 121 años, está considerada como la mayor organización deportiva del interior del país. Entre goles y gambetas, la pasión continúa vibrante y la historia se sigue escribiendo.

Historia que mientras considera al escocés Alejandro Watson Hutton como “el padre del fútbol argentino” al crear el 21 de febrero de 1893 la Argentine Association Food Ball League, origen de la AFA, la cuarta más antigua del mundo luego de la inglesa, la holandesa y la escocesa, aquí en Rosario ya venía rodando aceleradamente la esférica, propiciada por la oleada de inmigrantes británicos que llegaron para construir nuestro ferrocarril.

Otra buena noticia para compartir en nuestro Rosario Sin Secretos.

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