Rosario sin secretos: dar fe, una cuestión trascendental desde 1910
Aunque las primeras noticias de agrupación de escribanos vienen desde 1895, en Santa Fe de la Vera Cruz, el Centenario de la Revolución de 1810 avivó la llama para su organización en el Rosario y fue pilar para que sucediera luego lo mismo en la ciudad capital recién en 1935.
- Ciudad
- Por Graciela Molina
- Abr 3, 2025
Un gobernador de la democracia solía decir que Santa Fe está dividida en dos: desde Barrancas hasta arriba y desde Barrancas hacia abajo. Y acá nos viene a la memoria, y está bueno compartir como recurso de mnemotecnia, aquella imperdible película del chileno Tito Davison “Las de Barranco”, con música de Sebastián Piana y Homero Manzi, protagonizada por la rosarina Olinda Bozán, prima de la “Negra” Sofía Bozán que hizo brillar como pocas las luces del teatro Maipo, en Buenos Aires.
Vale detenerse un segundo para recordar que esta rosarina, Olinda, está considerada como una de las mayores capocómicas argentinas y se inició con los Podestá. Fue del elenco de Florencio Parravicini, participó de 75 películas, innumerables audiciones radiales, alentó a otra rosarina, Libertad Lamarque, para que se iniciara en el canto; actuó con Carlos Gardel, Tito Lusiardo, Tita Merello, Ada Falcón, Delia Garcés, Lolita Torres, Luis Sandrini y hasta interpretó el papel de la abuela de Sandro en “Muchacho”.
La película “Las de Barranco” se basó en la obra teatral escrita por el argentino Gregorio de Lafèrrere, estrenada hasta en París, en 1921. Esta pieza maestra de la dramaturgia autóctona, del grotesco criollo, nos presenta a María, aquella dama patricia que quedó viuda del capitán Barranco y tuvo que criar y mantener sola a sus tres hijas con una mísera pensión que le había otorgado el gobierno y desarrolla toda su astucia, para “conservar las apariencias”, tratando de sobrevivir con argucias en las que no está ausente la degradación familiar. Cualquier parecido con la realidad, no es pura coincidencia…

Y ya que estamos sobre el escenario, memoremos al polifacético -que también vivió y sufrió el Rosario pretérito- Florencio Sánchez, con su obra “Barranca abajo”, esa maravillosa pieza teatral que narra las vicisitudes de don Zoilo, un campesino al que unos “hombres de negocios” le arrebatan sus tierras, con acciones ilegales. Y acá también la realidad supera a la ficción.
Por eso, volvemos al origen de la nota, y consideramos muy auspiciosa la iniciativa de los notarios que, en 1910, decidieron, un día como hoy, reunidos en asamblea, crear el Colegio de Escribanos de Rosario, para la prestación de la fe pública y evitar estafas en las transacciones.
A pesar de ese proceso entusiasta visionario de 1910, pasaron casi 40 años y recién, en 1948, se promulgó la ley 3.330 que rige el Colegio y un año después se aprobaron los estatutos y se otorgó la personería jurídica, dando origen institucional a la entidad que brega por la probidad, la independencia y la buena fe, ubicada en calle Córdoba 1852.
Y como nuestra provincia es tan grande, con oficinas de administración en el norte y producción en el centro y el sur, se dividió – al igual que todos los cuerpos de profesionales colegiados- en Primera y Segunda Circunscripción, pero hay que reconocer que, en Rosario, con los escribanos, “ganamos por primera”, como en el truco.
Instalados en la casa ubicada enfrente, al 1843, cuando la calle Córdoba tenía doble mano, estaba adoquinada y por ella pasaba el tranvía 13, fueron testigos de la época en la que se construyó la propiedad que actualmente ocupan.
La misma que albergó a la emisora de radio LT8 luego de trasladarse desde Córdoba 1825, donde anteriormente había funcionado la Academia PAADI (Primera Academia Argentina de Interpretación), del reconocido compositor de tangos Luis Rubinstein que entre muchos temas es autor de “Charlemos” y de este que compartimos ahora, haciendo un paréntesis musical: Carnaval de mi Barrio, grabado por la Dama del Tango Porteña, Mercedes Simone.
En la actualidad, tras la lamentable demolición de la imponente casona que tuvo tanta historia sonora iniciada por Juan Colón y Alberto Millelot, cuando instalaron la primitiva LT8 en 1927 detrás de la bicicletería ubicada en Salta 2133, hoy encontramos -con modernas instalaciones- una empresa líder de origen holandés dedicada a reclutar recursos humanos para las áreas laborales en todos los rubros comerciales, industriales, institucionales o profesionales.
Por gestión del entonces presidente del colegio, el escribano Antonio F. Colomar y su comisión directiva, en 1958 se toma la decisión de comprar la casa a la Compañía de Seguros Pampa S.A. que la había adquirido en la subasta de la sucesión de Adela Echesortu de Casas, y un año después, con la venta de su propia casa y un crédito hipotecario al 9% anual de interés, Córdoba 1852 pasó a ser la majestuosa sede del Colegio de Escribanos. El escribano César Antonio Duré fue el responsable de la firma de la correspondiente escritura traslativa de dominio.
Originariamente esa casa era la mansión del hogar constituido por Adela Echesortu y Casiano Casas, dos apellidos fuertemente relacionados al progreso de Rosario cuando en 1876 se funda Echesortu y Casas, una sociedad anónima dedicada a la industria y al comercio que decidió incorporarse al nicho empresarial en el ámbito de los remates, comisiones, consignaciones, inmobiliaria, compra de grandes terrenos, loteo y urbanización.
Así nacieron los barrios Echesortu, San Martín, San Francisquito, Roque Sáenz Peña, Ludueña y nuevo Alberdi, entre otros, generando para los adquirentes la posibilidad de adquirir en cuotas el terrenito propio para levantar su techo, y en los vendedores, un acceso meteórico a las clases sociales altas de nuestra progresista Rosario.
El terreno original pertenecía a Alejandro Moreno y fue en 1907 que Casas lo adquiere para levantar allí su residencia familiar. Estar sobre calle Córdoba, sin dudas era, ya en ese entonces, todo un símbolo de status.
La construcción se desarrolló entre 1911 y 1913, a “ojos vista” de los escribanos instalados enfrente, cuando en Rosario aún no llegábamos a los 200.000 habitantes.
El proyecto arquitectónico se atribuye a otro Alejandro, el arquitecto Christophersen, nacido en Cádiz, la ciudad más antigua de España y desde donde provino, en 1773, la imagen de la Virgen del Rosario que engalana el camarín de la Catedral Metropolitana y que Manuel Belgrano vio, con sus propios ojos (la historia “da fe” de ello) cuando llegó al Rosario aquel 7 de febrero de 1812 con la patriótica inspiración de crear la Bandera argentina.
Parte del poblado de entonces -no llegaban a mil almas-, salieron a recibirlo a las afueras del pueblo (hoy donde está ubicada la plaza López) y lo acompañaron hasta la Plaza Mayor (hoy 25 de Mayo) y uno de los primeros movimientos del ferviente mariano fue cruzarse a la capillita de adobe y paja, que contenía la imagen llegada desde Cádiz, donde nació el supuesto proyectista de esta hermosa propiedad que hoy es sede del Colegio de Escribanos, Segunda Circunscripción.
En 1901, Alejandro Christophersen, Paul Hary y Joaquín Mariano Belgrano, fundaron la Escuela de Arquitectura en Buenos Aires, bajo la inspiración de la École des Beaux Arts, de París.
Este Belgrano, nacido en Uruguay e instalado luego en París y en la Argentina, era sobrino nieto de Manuel (¡qué ricas tramas genealógicas proporciona la historia!), y en nuestro país vivió en San Fernando, partido de Buenos Aires, donde aún se conservan muchas de sus obras, entre ellas lo que fue su propia residencia, el aristocrático Palacio Belgrano Otamendi, hoy un centro cultural y teatro.
Realizado con materiales importados de Europa, la propiedad tenía 8 pisos, más de 20 habitaciones, una biblioteca con más de 5.000 ejemplares, y un vestíbulo con placas de azulejos de Delft, la ciudad holandesa entre Rotterdam y La Haya preferida de su esposa, Josefina Rawson, con quien tuvo siete hijos. ¡Todo sea por amor!




